El Refugio de Tu Mirada

Una propuesta en la penumbra

Cuando finalmente se separaron, Axel no la soltó. Mantuvo sus frentes unidas, respirando el mismo aire, compartiendo el mismo latido acelerado.

—Emma —dijo Axel, su voz resonando con una sinceridad desarmante—, no quiero que vuelvas a la mansión como mi empleada. No quiero que haya más contratos entre nosotros, excepto uno que no se puede romper.

Emma lo miró, con los ojos brillantes por la emoción. —¿De qué hablas, Axel?

Axel metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó algo pequeño. No era un anillo de diamantes ostentoso de una joyería famosa. Era una pequeña alianza de oro antiguo, grabada con delicadas margaritas, que perteneció a su abuela, la mujer que construyó el imperio desde la nada.

—Esta es la sortija de Amanda, mi abuela. Ella siempre decía que el amor de verdad se construye trabajando la tierra juntos. Emma, sé que afuera hay un escándalo. Sé que mi familia es difícil. Pero si tú aceptas estar a mi lado, no como la niñera de Abbie, sino como mi compañera, como mi esposa... te prometo que enfrentaremos a Beatriz y a quien haga falta juntos.

Emma sintió que las lágrimas rodaban por sus mejillas. Miró el anillo, el símbolo de una mujer fuerte que, como ella, empezó con poco y terminó creando un mundo.

—Axel... soy una escritora que no ha publicado nada, una chica que no sabe quiénes fueron sus padres... —comenzó ella.

—Eres la mujer que amo —la interrumpió él, con una firmeza absoluta—. Y eres la madre que Abbie eligió. ¿Aceptarías ser la reina de mi castillo de cristal, incluso si el cristal a veces se rompe?

Emma sonrió a través de las lágrimas y asintió, incapaz de articular palabras. Axel deslizó el anillo en su dedo anular, donde encajó a la perfección, como si hubiera sido forjado para ella desde siempre.

—Sí, Axel. Mil veces sí —susurró ella.

Se volvieron a besar, pero esta vez el beso tenía un sabor distinto: el sabor del compromiso y de un futuro que ya no era una fantasía escrita en una vieja máquina de escribir, sino una realidad sólida que empezaba allí mismo, entre el aroma de los pinos y el calor de un hogar que finalmente estaba completo.




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