La mañana en la cabaña amaneció con un silencio sepulcral, solo roto por el crujir de la madera vieja y el canto lejano de un ave de bosque. Emma se despertó con una sensación de calidez que no provenía de las mantas de lana, sino del anillo de oro antiguo que brillaba en su dedo anular. Lo observó durante largos minutos, trazando con la yema del pulgar las pequeñas margaritas grabadas en el metal.
Axel entró en la habitación con dos tazas de café humeante. Se veía relajado, con un jersey de punto grueso y el cabello algo revuelto, una imagen que Nueva York nunca llegaría a ver. Se sentó en el borde de la cama y le tendió el café, besándole la frente con una ternura que hizo que a Emma se le encogiera el corazón.
—Buenos días, futura señora Vane —susurró él, su voz todavía ronca por el sueño.
Emma sonrió, pero luego miró el anillo y su expresión se tornó seria. —Axel... sobre el anillo. No podemos volver a la ciudad con él puesto. No todavía. Si Beatriz se entera ahora, usará toda su artillería antes de que podamos preparar una defensa legal para San Judas y para mi propia imagen.
Axel suspiró, dejando la taza en la mesita de noche. Sabía que ella tenía razón. Beatriz era como una jugadora de ajedrez experimentada; si veía el movimiento final antes de tiempo, derribaría el tablero.
—Me duele que tengas que esconderlo, Emma —dijo Axel, tomando su mano y besando el anillo—. Después de todo lo que has pasado, mereces que lo gritemos desde la azotea de la Torre Vane.
—Lo gritaremos, Axel. Pero cuando estemos listos —respondió ella, quitándose la sortija con una punzada de tristeza—. Por ahora, será nuestro secreto. Un tesoro que solo nosotros conocemos. Lo llevaré colgado del cuello, cerca del corazón, escondido bajo mi ropa. Así, cada vez que Beatriz intente hacerme sentir pequeña, recordaré que ya gané la batalla más importante.
El regreso a Nueva York fue como entrar en una zona de guerra. En cuanto el coche de Axel cruzó el túnel Lincoln, los flashes de los paparazzi empezaron a destellar. Axel tuvo que maniobrar con una pericia asombrosa para llegar a las puertas de la mansión sin que los reporteros bloquearan el paso.
Dentro, la casa se sentía fría. Silvia, el ama de llaves, los recibió con una mirada de preocupación. —Señor Vane, la señora Beatriz ha estado llamando cada hora. Dice que mañana vendrá a tomar el té. Quiere "discutir los términos del empleo de la señorita Williams".
Axel apretó los puños, pero sintió la mano de Emma rozando sutilmente la suya. Ella le envió un mensaje mudo: "Paciencia".
—Dile que la esperaremos, Silvia —respondió Axel con una voz gélida—. Y prepara el salón azul. Si quiere una actuación digna de Broadway, se la daremos.
Esa noche, Emma se encerró en su habitación. Sacó su nueva máquina de escribir, el regalo de Axel, y empezó a teclear. Pero no escribía su novela. Escribía un diario de guerra. Cada palabra era un escudo. Debajo de su sencilla camiseta de algodón, sentía el frío del anillo de oro colgado de una cadena de plata. Era su ancla.