Mientras Nueva York celebraba o criticaba la noticia, Beatriz Vane se encontraba en un barrio marginal del Bronx, un lugar que sus zapatos de seda nunca habían pisado. Entró en un apartamento pequeño y húmedo, donde el olor a tabaco barato y humedad impregnaba las paredes descascaradas.
Allí, sentada en un sofá de muelles rotos, estaba Victoria Sterling. Su cabello rubio, antes perfecto, estaba descuidado, y sus ojos tenían el brillo febril de quien lo ha perdido todo.
—Mírate, Victoria. Quién diría que la reina de las galas terminaría en este agujero —dijo Beatriz, tapándose la nariz con un pañuelo de seda—. Axel te destruyó por completo, ¿no es así?
Victoria soltó una carcajada amarga, una sombra de su antigua arrogancia. —Vienes a burlarte, vieja bruja. Lárgate antes de que use lo poco que me queda para echarte de aquí.
—Vengo a ofrecerte un trato —respondió Beatriz, dejando un sobre grueso lleno de billetes sobre la mesa coja—. Axel acaba de anunciar su compromiso con esa muerta de hambre del orfanato. Va a poner el apellido Vane en manos de una bastarda. Sé que tú tienes información que yo no puedo conseguir legalmente. Sé que en tus días de "gloria" investigaste cada rincón del pasado de esa chica buscando algo para chantajearla.
Victoria miró el dinero. Sus dedos temblaron. El odio que sentía por Emma era lo único que la mantenía viva. —Investigué, sí. Pero Axel borró los registros de San Judas. Sin embargo... hay una persona. Un viejo celador del orfanato que fue despedido por conducta inapropiada. Él sabe algo sobre la noche en que dejaron a Emma. Algo que no está en los papeles oficiales.
Beatriz sonrió, una mueca depredadora. —Encuéntralo. Tráeme algo que haga que Axel la eche de la casa por asco, no por presión social. Si lo logras, te devolveré tu estatus. Te daré una identidad nueva y una cuenta bancaria en Suiza. Destruye a esa chica, Victoria, y yo te rescataré de este infierno.