El Refugio de Tu Mirada

La calma antes de la tormenta

En la mansión, la atmósfera era de una felicidad frágil. Abbie no paraba de saltar, llamando a Emma "mamá" de vez en cuando y luego corrigiéndose con una risita nerviosa. Axel parecía haber rejuvenecido diez años; se permitía bromear con el servicio y pasaba las tardes en el invernadero ayudando a Emma con las nuevas plantaciones.

Sin embargo, Emma no podía quitarse de encima una sensación de mal presagio. Estaba en la biblioteca, escribiendo en su máquina de escribir, cuando Demian entró con una expresión sombría.

—Señorita Emma... —dijo el jefe de seguridad, cerrando la puerta—. Mis informantes me dicen que la señora Beatriz ha estado visitando los barrios bajos. Y no lo hizo para hacer caridad. Alguien vio a Victoria Miller saliendo de un hotel barato financiado por una cuenta fantasma de los Vane.

Emma dejó de teclear. El frío volvió a sus huesos. —Victoria... pensé que ya no podía hacernos daño. Axel le quitó todo.

—El hambre y el odio son motivaciones poderosas, señorita —respondió Demian—. Están buscando algo. Beatriz sabe que no puede vencer al señor Axel en el campo de los negocios ni de la opinión pública. Están buscando algo personal. Algo enterrado en San Judas.

Emma tocó instintivamente la cadena de su cuello. —No hay nada que encontrar, Demian. Fui una niña abandonada en un portal con una cinta azul. Esa es toda mi historia.

—Eso es lo que usted cree —murmuró Demian—. Pero en este mundo, el pasado siempre tiene una versión que no conocemos. Tenga cuidado. No salga de la mansión sin mí o sin uno de mis hombres.

Esa misma noche, Victoria Miller, vestida con ropa oscura para pasar desapercibida, se reunió con un hombre decrépito en un callejón tras un bar de mala muerte. El hombre, con los pulmones castigados por el alcohol, le entregó una carpeta vieja y manchada de moho.

—Aquí está —dijo el hombre con voz rasposa—. Me la llevé el día que me echaron. Sabía que algún día valdría oro. La niña de la cinta azul no fue dejada por una madre desesperada, señorita Miller.

Victoria abrió la carpeta y leyó los documentos amarillentos. Sus ojos se abrieron de par en par y una sonrisa triunfal, casi maníaca, iluminó su rostro.

—Oh, esto es mejor de lo que imaginé —susurró Victoria—. Axel no solo la va a odiar... se va a sentir el hombre más estúpido del mundo por haberla metido en su cama.

Victoria cerró la carpeta con fuerza. Tenía el arma definitiva. No era solo un escándalo de clase social; era un secreto que golpeaba directamente el origen de la fortuna Vane y la muerte de Florencia.

—Llama a la señora Beatriz —le ordenó a su chofer—. Dile que tenemos el clavo para el ataúd de la niñera. Y que prepare la prensa para el próximo baile benéfico. Vamos a darles un espectáculo que nunca olvidarán.




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