Beatriz no se quedó de brazos cruzados. Sus abogados inundaron los juzgados con impugnaciones, alegando que el testamento era una falsificación y que Emma era una estafadora profesional. La prensa se dividió: unos la llamaban la "Princesa Perdida" y otros, azuzados por los restos de la fortuna de Beatriz, la llamaban "La Usurpadora".
Pero Emma ya no era la niñera que agachaba la cabeza. Animada por Axel, decidió que la mejor defensa era un buen ataque.
—Axel, no voy a esperar a que un juez decida quién soy —dijo Emma una tarde, vistiéndose con un traje de seda color esmeralda que gritaba autoridad—. Arthur Lewis ayudó a construir los cimientos de este imperio. Yo soy su hija, y voy a ocupar mi oficina en la Torre Vane hoy mismo.
Cuando Emma entró en la sede del holding, el silencio fue sepulcral. Se dirigió directamente a la sala de juntas donde Beatriz estaba reunida con los directivos, intentando convencerlos de que Axel estaba bajo un hechizo.
Emma abrió las puertas de par en par. —Buenos días, caballeros. Tía Beatriz... espero que no le importe que me una. Como dueña legítima del 45% de las acciones que mi padre, Arthur, dejó en fideicomiso, creo que mi voto cuenta un poco más que el suyo en esta mesa.
Beatriz se puso de pie, su rostro lívido. —¡No tienes derecho! ¡Eres una bastarda sin nombre!
—Tengo un nombre, Beatriz. Me llamo Emma Lewis Williams —respondió Emma, dejando su identificación legal sobre la mesa—. Y mi primera orden como accionista mayoritaria es auditar los gastos personales que usted ha cargado a la Fundación durante los últimos diez años. Creo que la justicia estará muy interesada en saber a dónde fue a parar el dinero de los huérfanos.