El Refugio de Tu Mirada

El secuestro del corazón

La desesperación hace que los monstruos cometan errores. Victoria Miller, escondida en un motel de carretera y financiada en secreto por una Beatriz que ya no tenía nada que perder, decidió que si no podían destruir el nombre de Emma, destruirían su felicidad.

El viernes por la tarde, mientras Abbie jugaba en el jardín bajo la supervisión de un guardia que Victoria logró distraer con un pequeño incendio provocado en el ala este de la mansión, una mano enguantada cubrió la boca de la niña.

Cuando Axel y Emma llegaron al jardín, solo encontraron la muñeca favorita de Abbie tirada sobre la hierba fresca. El teléfono de Axel sonó un minuto después. Era la voz rasposa de Victoria.

—Si quieres volver a ver a tu "princesa", Axel, dile a tu amante que firme la renuncia a la herencia de Arthur Lewis y que se marche de Nueva York para siempre. Tienen dos horas. Si veo a un solo policía, la niña no volverá a sonreír.

Emma cayó de rodillas, sollozando, pero Axel la levantó con una frialdad que daba miedo. Sus ojos azules ya no tenían rastro de dulzura; eran dos cuchillas de hielo.

—Victoria ha cometido su último error —dijo Axel, llamando a Demian—. Ella cree que sigo siendo el hombre que respeta las reglas. No sabe que por mi hija y por Emma, soy capaz de quemar este mundo.

Gracias al rastreador que Axel había escondido en el zapato de Abbie (un invento de seguridad que instaló tras el primer ataque de Beatriz), Demian localizó la señal en los viejos muelles de Brooklyn.

Axel y Emma llegaron bajo la lluvia torrencial. No esperaron a la policía. Axel entró en el almacén como una tormenta, derribando a los matones a sueldo que Victoria había contratado con el último dinero de Beatriz.

En un rincón oscuro, Victoria sostenía a Abbie, con un cuchillo temblando en su mano. Estaba fuera de sí, con el maquillaje corrido y la mirada perdida.

—¡Atrás! ¡Firmad el papel o lo hago! —gritó Victoria.

Emma dio un paso adelante, ignorando los gritos de Axel. Se quitó el anillo de margaritas y lo sostuvo en alto. —Victoria, mírame. Tú no quieres a la niña. Me quieres a mí. Quieres el poder que crees que este anillo representa. Tómalo. Toma la herencia, toma todo. Pero deja a Abbie. Ella es inocente de los pecados de los Vane y de los Miller.

Victoria dudó un segundo, su codicia luchando contra su odio. Ese segundo fue suficiente. Alex, moviéndose con la rapidez de un depredador, desarmó a Victoria de un solo golpe, mientras Demian ponía a Abbie a salvo en los brazos de Emma.




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