Con Victoria bajo custodia policial y enfrentando una cadena perpetua por secuestro, la atención se centró en Beatriz. Axel no tuvo piedad. Usó las pruebas de la auditoría de Emma para demostrar que Beatriz había malversado fondos para pagar a Victoria y para sus propios lujos.
Beatriz Vane, la gran matriarca, fue escoltada fuera de su penthouse por agentes federales. No hubo elegancia en su caída; solo el grito de una mujer que se dio cuenta de que su linaje se había acabado por su propia ambición.
Días después, la mansión volvió a estar en paz. Abbie dormía profundamente, sabiéndose protegida por sus "dos papás", como ahora llamaba a Axel y Emma.
Axel y Emma salieron al balcón. El cielo de Nueva York estaba limpio tras la tormenta.
—Arthur Lewis estaría orgulloso de ti, Emma —dijo Axel, abrazándola por la cintura—. No por la herencia, sino por cómo defendiste a Abbie. Eres la verdadera fuerza de esta familia.
—Ya no hay secretos, Axel. Por primera vez en mi vida, sé quién soy y a dónde pertenezco —Emma miró el anillo, que Axel le había vuelto a poner en el dedo—. Ya no soy la niñera humilde, ni la heredera perdida. Soy simplemente la mujer que te ama.
Axel la besó con una pasión renovada, sabiendo que el camino había sido tortuoso, pero que finalmente, su castillo de cristal era inquebrantable porque ya no estaba hecho de apariencias, sino de una verdad que los hacía libres.