El Refugio de Tu Mirada

Preparativos bajo un cielo de cristal

La Mansión Vane ya no era el mausoleo frío que Emma encontró al llegar. Ahora, cada rincón vibraba con preparativos. Axel había insistido en que la boda se celebrara en el lugar donde todo comenzó: el invernadero. Pero no sería una ceremonia pequeña; tras la caída de Beatriz, Axel quería que el mundo entero presenciara cómo la verdad y el amor se imponían sobre el linaje y el odio.

Emma pasaba las mañanas con Silvia y un equipo de floristas, transformando el jardín de cristal en un bosque encantado de margaritas blancas, peonías y hiedra fresca. No había rastro de la opulencia pretenciosa que Beatriz habría exigido.

—Señorita Emma... perdón, señora Lewis —corrigió Silvia con una sonrisa amplia mientras le entregaba una taza de té—, nunca vi este invernadero tan lleno de luz. Ni siquiera cuando estaba la señora Florencia. Usted ha traído algo que el dinero no puede comprar: alma.

Emma le agradeció con un abrazo. Esa misma tarde, recibió un paquete especial. No era de una tienda de lujo, sino de San Judas. Los niños del orfanato habían confeccionado a mano cientos de pequeñas figuras de papel con mensajes de agradecimiento para colgar de las ramas de los árboles del invernadero. Era el "toque real" que Emma necesitaba.

Llegó el gran día. El cielo de Nueva York amaneció de un azul impecable, como si la ciudad misma celebrara el fin de la era de las sombras. En su habitación, Emma se miraba al espejo.

Su vestido era una obra de arte creada por ella y un joven diseñador que ella misma había becado a través de la Fundación. Era de seda salvaje, con una caída fluida que recordaba al agua del río donde encontró su piedra, y el escote estaba bordado con hilos de plata formando pequeñas flores de margarita. En su cuello, la piedra de río original, ahora engarzada en oro blanco, brillaba con orgullo.

Abbie entró corriendo, vestida como una pequeña hada del bosque, con una corona de flores naturales y una cesta llena de pétalos.

—¡Emma! ¡Pareces un ángel de los que salen en tus libros! —exclamó la niña, abrazándola por las piernas—. Papá está en el jardín y dice que tiene hormigas en el estómago de los nervios.

Emma se rió, sintiendo que sus propios nervios desaparecían. Al final del pasillo, Demian la esperaba para acompañarla al altar. El jefe de seguridad, que había sido su protector silencioso en los momentos más oscuros, tenía los ojos empañados.

—Es un honor, señorita Emma —susurró Demian, ofreciéndole su brazo—. Arthur Lewis estaría muy orgulloso de ver que su legado ha caído en manos de una mujer con tanta luz.




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