Esa pequeña niña llegó a mi vida de una manera inesperada y hermosa, un viernes a fines de abril, un año después de que Pedro naciera, fue el único nombre que se me ocurrió ponerle, cuando mi madre me dijo: Escoge tú, a mí no me interesa.
A esa niña, la conocí ese viernes, que me tocó ir de compras al mercado. Había recibido una cierta cantidad de dinero por parte de aquel hombre blanco, que llegaba cada mes a nuestra vieja casa para cargar y hablar al pequeño. Así que ese viernes, salí bastante temprano de casa, llevando a Pedro conmigo, mamá trabajaba como ama de casa para una señora blanca, por una miseria de pago, por lo que, no tenía tiempo de cuidar al bebé y, para ser sincero, tampoco le importaba.
Si cargar la bolsa de las compras, me era pasado, hacerlo con Pedro en mis brazos, lo era aún más.Ya no era un bebé frágil, ni delgaducho, se había convertido en un hermoso niño blanco, regordete, de cabello rizado castaño, que me llamaba papá, cada vez que quería hacerlo.
El mercado era mi lugar menos favorito de las polvorosas calles de la ciudad de Lima, a las 10 de la mañana, hora en que yo me encontraba allí, el lugar se inundaba de gente, por lo que me tocaba estar con los ojos bien abiertos y atento a todo, para no perder de vista mis compras y por supuesto, a Pedro. Sin embargo, ese día, ni siquiera mis precauciones tomadas, me impidieron vivir el peor susto de mi vida. Me hallaba comprando las verduras en el puesto de siempre y dejé a mi hermanito en el suelo por un momento, para pagar la compra, fue solo por un minuto y cuando me gire para volver a tomarle en mis brazos, ya no estaba, mi corazón se aceleró, caminé unos pasos, llamando y preguntando a la gente, nadie me daba razón, las lágrimas invadieron mis ojos y la desesperación se apoderó de mí, corría de un lado a otro, empujando a la gente, a nadie le importaba mucho lo que me estaba pasando, escuché a alguien decir "Los negros siempre hacen escándalo". Iba a volver a llamarlo, cuando vi sobresalir entre la gente, su pequeña cabeza rizada, era él, en brazos de alguien, o mejor dicho, en brazos de una niña blanca y rubia.
_ Pedro, grité corriendo hacia mi hermano.
La niña, al verme, retrocedió asustada.
_ Es mi hermano, le dije para calmarla.
Me observó abriendo mucho los ojos, bastante sorprendida.
_ Eso no es cierto, eres...
_ ¿Negro? Lo sé, pero no miento, es mi hermano, hijo de mi madre con un hombre blanco. Dámelo por favor, le supliqué.
Ella dudó un momento, pero después de insistirle mucho, me lo entregó.
_ Muchas gracias ¿Dónde lo encontraste? Le pregunté.
_ Cerca del puesto de dulces. ¿De verdad es tu hermano? ¿O es hijo de tus patrones?
A pesar de que, los negros ya no éramos esclavos, todavía seguimos perteneciendo al grupo de sirvientes de los blancos, así que, su pregunta no me ofendió.
_ No, es mi hermano. Yo lo cuido. Gracias por cuidarlo, me lo tengo que llevar a casa.
Aquella noche, en lo único que pensé fue en ella, en sus hermosos ojos verdes y su cabello rubio suelto. Por supuesto que la volví a ver, aunque, no por casualidad, sino porque me propuse a hacerlo, acercarme no fue difícil, Pedro era una buena carnada, si lo decimos de manera vulgar. Empezamos con pequeñas conversaciones, que luego de algunos meses, se volvieron profundas y diarias.
El tiempo pasó, mi pequeño Pedro, cada vez estaba más vivaracho, alegre, era mi mundo entero, bueno, solo mi mundo, porque a mi madre no le importa ese pequeño que había salido de su vientre. Hasta que, un día, llegó Alto, blanco, gordo, tenía un rostro muy parecido al de mi niño y, como no soy tonto, me di cuenta rápidamente que, ese era el amo, por lo menos, así lo llamó mi madre. Conversaron afuera de la casa, mejor dicho, gritaron. Entonces, en un momento que no me esperaba, ese hombre, completamente desconocido para mí, entró, me miró y luego a Pedro. Lo tomó entre sus brazos y caminó con él hasta la calle. Un mal presentimiento invadió mi alma. Intenté seguirlo, pero ni madre me detuvo.
_ Lo siento hijo, tiene que ser así, él es el amo y, ese niño le pertenece.
No la escuché, corrí como pude, grité todo lo que daba mi garganta, suplicando que me devolviera a mi bebé, pero ese hombre no me escuchó. Se llevó a mi hermanito y con él, se llevó mi alma. Un conocido me encontró tendido en el frío suelo de la calle, me había quedado dormido de tanto llorar y, me regresó a casa.
Desde ese momento, toda la bondad que había en mi cuerpo de 12 años, llegó a su fin o, por lo menos, eso pensaba yo. Odiaba a mi madre, la odiaba por ser tan malvada, por haber permitido que se lo llevaran.
_ ¿Qué querías que hiciera? Me preguntó cuando se lo reclamé, - Ese hombre es su padre, tiene derecho a llevárselo. Por cierto, dijo sin mirarme, - también es el tuyo. Solo que, no saliste como él quería que salieras, ya sabes a lo que me refiero, blanco. Ese niño sí, por eso lo eligió a él.
No dije nada, porqué enojarme o sorprenderme por algo que yo ya sabía. Había visto a ese hombre, muchas veces, rondando nuestra casa, había escuchado las conversaciones que tenía con mi madre, conversaciones sobre mí. Pero, eso no me importaba, solo quería de vuelta a mi bebé. Aunque, sabía que, eso era algo imposible de poder tener.
El tiempo voló como un avión al momento de despegar, tan rápido que, hasta yo me sorprendí cuando la vi con esa pequeña caja en sus manos..
_ Feliz cumpleaños número 13, me dijo sonriendo, - te traje un regalo.
No supe que decir en ese momento, nunca me habían dado un regalo, ni siquiera mi madre, en casa, los días eran muy normales en fechas que, otros consideran especiales, solo dejé que se sentara junto a mí y la abracé, apoyando mi cabeza sobre su hombro. Ella nunca me había dejado solo en ningún momento, después de que Pedro se fue, se volvió una rutina su compañía silenciosa en mi momento más destructivo.
_ Eres mi mejor amiga, - le dije, después unos largos segundos, - la persona que más quiero en el mundo o, la única, porque no tengo a nadie más.
Editado: 11.06.2026