El romance del que hablan los libros

Amor no tan a primera vista

Luisa
Ese solo había sido otro de los días en los que no me quedaba energía ni para respirar. Papá solía quejarse de lo dramática que podía llegar a ser y, aunque muchas veces me cuestionaba si no tenía algo de razón, yo jamás estaría dispuesta a admitirlo.
Preparar los finales me estaba matando -ese era uno de mis dramatismos-, junto con los turnos en la pequeña cafetería de la zona, en la que Ramírez me daba trabajo. Lo hacía para sentirme independiente, para experimentar lo que era recibir un sueldo, pero obviamente no fue como lo había imaginado.
Ir al gimnasio me tomaba más tiempo del que quería admitir y cada día me dejaba más agotada que el anterior. Aun así dentro de mí había una adolescente que no me dejaba faltar ni un solo día con tal de no volver a sentirme insegura como antes. Era la única actividad física que me quedaba después de haber dejado hockey, aparentemente nunca fui tan buena como creía.
Por suerte siempre estarán los libros y novelas románticas que consumía hasta la madrugada, de esas que uno sabe que nunca le pasará algo similar, pero mantiene la esperanza.
Mi vida no era mucho más interesante que la de cualquier universitario, estudiar, trabajar, entrenar, salir con amigos. Un ciclo aburrido que poco a poco se transformó en mi nueva vida, y por lo tanto, en mi rutina.
El sonido de la alarma me despertó de mis divagaciones y luego de rodar por la cama enredándome en las sábanas mientras murmuraba quejidos, apague mi dichosa alarma para iniciar con mi día. Cómo extrañaba la secundaria.

Bruno
El aire fresco de la mañana me golpeó apenas abrí la puerta, me enaminé hacia mi cafetería de siempre, la de las mejores medialunas. No me importaba que hubiera otras más próximas a mi departamento, o más baratas.
Cuando algo realmente se ganaba mi atención me empecinaba en conseguirlo. Mi madre hubiera dicho que soy un caprichoso, pero jamás iba a admitir algo así, prefiero decir que soy alguien perseverante.
Faltaba tan solo media cuadra para mi desayuno del día cuando me di cuenta de que algo no encajaba, no era la larga fila esperando el transporte, ni los bocinazos y gritos de trabajadores malhumorados, tampoco el silbido del viento golpeando las hojas.
Me detuve en medio de la vereda y levanté tan solo un poco la cabeza para identificarlo, se trataba de otra cosa, un olor. Un olor que conocía bien porque me qrecibía cada mañana, no estaba, no se olían bizcochos recién horneados y panes calentitos.
Retomé el paso de manera más apresuraday enfrenté de cara la terrible noticia.
“CERRADO POR VACACIONES”
-¡¿Qué?!
El grito sobresalto a algunos niños que se dirigían a la escuela con sus mochilas de dibujitos y una señora mayor que los acompañaba me dedico una mirada de reproche.
¿Qué clase negocio se toma vacaciones en Julio?
Me sentí ofendido y traicionado. Me sobraba tiempo antes de ir a cursar así que opte por una opción que nunca consideraba, y esperaba que no fuese tan terrible como me la imaginaba.

Luisa
Los lunes eran los peores días, o como solía bromear con mis compañeras “El día de la muerte” tal vez era porque a todos les gustaba empezar su mañana con un café, o por las promociones de inicio de semana que convocaban a decenas de clientes a nuestro puesto de trabajo de 40m2.
Ramírez hacía mucho tiempo había colocado 4 mesas y pares de sillas para los clientes, pero la realidad es que solo la ocupaban de vez en cuando las personas mayores que iban ocasionalmente a tomar algo caliente mientras leían el diario. Debía admitir que yo tampoco me fiaba mucho de esas mesas color pastel.
El ruido me hubiera parecido insoportable de no ser porque el tiempo me había acostumbrado, entre muchas cosas, a soportar quejidos y gritos de clientes apurados.
Los turnos eran mucho más sencillos en compañía de Emilia y Ana. Los mejores chismes los contábamos nosotras detrás de la barra comiendo las facturas del día anterior.
También nos divertíamos las veces que Emilia hacía algo gracioso para alegrarnos los turnos y terminábamos riendo de eso el resto del día.
La preparación de mi capuccino para el cliente de camisa de cuadros se vio interrumpida de repente por un ruido muy diferente al de los gritos o resoplidos impacientes.
Bruno
El olor de esta cafetería no era tan agradable como el de mi favorita, pero estaba más cerca de mi edificio y vendía café a mitad de precio -de menor calidad seguramente-
Sin embargo el aspecto no era tan terrible, un lugar pequeño con un par de mesas y sillas de colores pasteles. Los ventanales gigantes le daban buen aspecto al lugar y lo lucía como una vidriera, las paredes estaban llenas de frases autoadhesivas que citaban “Hoy es un buen día para sonreir” o “Vive, ríe, sueña y toma café”.
Había dos empleadas atendiendo y una reponiendo facturas en el exhibidor. La música que se reproducía detrás de ellas se mezclaba con los gritos y conversaciones del lugar y alguna que otra charla que se colaba de afuera por la puerta que permanecía abierta.
El ruido empezaba a impacientarme y de pronto ya no estaba tan antojado de café ni ninguna media luna pero prácticamente era mi turno cuando escuche el estallido de la cerámica contra el piso.
-Que chica tan descuidada.
Gruñó el señor que estaba detrás de mí.
Entonces la curiosidad pudo conmigo, me incliné sobre la barra y giré la cabeza para divisar a una empleada juntando los restos de la taza a toda velocidad.

Luisa
La tercera taza rota del mes, nuestro jefe iba a enojarse.
Emilia estaba agachada junto al desastre juntando restos de cerámica, insultando por lo bajo. La levanté por los hombros antes de que en su desesperación pudiera lastimarse, luego le tendí un trapo húmedo y dejé mi capuccino a medias mientras iba por una escoba.
Llegué al cuarto de limpieza –que, como el resto del lugar no se destacaba por ser muy amplio- Tomé la escoba que estaba junto al trapeador y la cantidad infinita de desinfectantes que nuestro jefe había comprado por mayor. Luché durante un minuto entero para volver a cerrar la puerta truncada del cuarto y al terminar esquive a Ana que llevaba una docena de facturas recién hechas al exhibidor.
Volví tras la barra con la escoba y la pala dispuesta a ayudar a Emilia y terminar con esa fila de clientes que se extendía hasta la puerta.
Solo que mi amiga ya no se encontraba en el piso limpiando, estaba parada frente a la barra, tensa, apretando el trapo entre sus manos con timidez mientras un cliente la reprendía y la apuntaba con el dedo.
Con mi amiga no.
Deje la escoba y la pala caer al suelo y llegue junto a Emilia en tiempo record, la hice a un lado y esta vez era yo quien estaba frente al <<Señorito poca paciencia>>
-¿Qué se le ofrece?- Otra vez con mi falsa dulzura, la segunda en el día.
-¿Se puede saber por qué llevo media hora esperando a ser atendido?- Tenía un evidente enfado.
-¿Tal vez por qué somos 3 personas tratando de atender a una multitud?- A Rodríguez no le gustaría esa respuesta.




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