Bruno
Luisa se sube al coche con aire divertido.
Me saluda y luego se aparta unos mechones de pelo.
Seguía estando igual de abrigada que el primer día que la llevé al trabajo, y eso que estamos a fines de agosto. Aunque convivir con un clima templado y húmedo no era para todos.
—¿Puedo elegir yo la canción?
—Qué buen humor para ser lunes.
—Yo me destaco por mi buen humor.
Suelto una risa irónica.
La veo de reojo teclear en su teléfono mientras nos adentramos en las avenidas de Buenos Aires.
Al cabo de un minuto empieza a sonar en los parlantes del auto “Déjà vu” de Gustavo Cerati.
—Buen gusto —menciono señalando la radio.
—Igualmente.
La miré bastante más sorprendido de lo que iba a admitir.
¿En qué preciso momento se había desbloqueado esta versión de Luisa?
¿Y por qué me llamaba tanto la atención?
Había algo ahí que me daban ganas de explorar.
No era nada comparado con la chica con la que me peleé y luego le supliqué por un perdón.
Qué irónico.
Su sonrisa pícara brillaba en su rostro. Le gustaba jugar a esto.
—Como sigas así voy a terminar confesando que me gustás.
—No hace falta que digas nada. Se nota.
—¿Cómo estás tan segura? Probablemente soy así con todas.
—Sí, puede ser. Debe ser agotador discutir con alguna camarera y después coquetearle. ¿Lo hacés todos los días?
—Día por medio. En realidad, después de dejarte tenía pensado discutir con alguna empleada de algún lugar de comida rápida. ¿Qué opinás?
—No me parece, esas son más listas. Te toman tu orden y listo. No hay mucho de qué discutir.
—Siempre puedo reclamar que mi hamburguesa tiene lechuga cuando la pedí simple.
—Seguro así conseguís que sus compañeras te amenacen con la escoba.
—Luego vuelvo al otro día y pierdo toda mi dignidad suplicando por ser disculpado.
—Buen plan.
—El mejor. Mucho más original que escribir por Instagram.
Ella empezó a reír a carcajadas a mi lado.
Nadie hubiera dicho que me resultaría tan divertido madrugar.
Luisa
Cuando llegué a la cafetería, las miradas estaban puestas en mí.
Los lunes eran días ocupados; sin embargo, Emilia y Ana detuvieron absolutamente cualquier actividad para cuestionarme.
Cuando se trataba de mis amigas, siempre había tiempo para interrogatorios.
—¿Estamos presenciando una reconciliación?
Dejé escapar una sonrisa pícara. Amaba a las chicas con todo mi corazón y sentía que podía contarles absolutamente todo sin ser juzgada.
Pero esto…
Se sentía íntimo. Aunque no lo era.
Solo una vez un chico se fijó en mí y no fue hasta que casi cumplí los 18. Obviamente era inmadura en el aspecto amoroso y, como no estaba acostumbrada a algo así, quedé flechada con la más mínima interacción.
Error de novata.
Ahora con Bruno era simplemente ida y vuelta de comentarios y miradas que nos ponían a prueba. Era divertido. Más que nada porque sabía que no arriesgaba nada. No se podía llegar muy lejos con algo que empezó con un enfrentamiento.
—¿Y bien?
Ana me sacó de mi ensoñación.
—Así que otra vez nos quedamos con el gusto amargo de no saber nada… —prosiguió Emilia acercándose lentamente por el mostrador.
La larga fila de clientes que estaba presente hace solo unos minutos había desaparecido rápidamente. Demasiado rápido, en realidad.
—Qué eficientes son cuando quieren saber el chisme.
—Te parecés a Ramírez —me acusó Ana con una ceja enarcada y las manos en las caderas.
—Te está consumiendo el trabajo, jefa Torres —dramatizó la segunda.
—Sí, necesito un respiro.
—Hablando de respiros… hay una fiesta el sábado.
—Ya que no podemos hablar de tu nuevo y misterioso novio —volvió a acusar Ana.
—No sé si estoy de humor —ignoré sin disimulo el comentario de Ana.
—Sí que lo estás —impuso Emilia.
—Y mucho.
—Emanás ganas de salir de fiesta.
—Y de tomar alcohol.
—Mucho.
—En cantidad.
—De manera descontrolada.
Ambas me mostraron su mejor cara de súplica.
No pude evitar soltar una carcajada, ellas sí sabían cómo hacerme el día.
—Lo voy a considerar.
—Será mejor que vayas porque ya saqué tres entradas.
Antes de que pudiera reaccionar, Ana sacó del bolsillo delantero de su delantal tres tickets muy coloridos.
Ok. No tenía escapatoria.
Bruno
—Si te seguís moviendo como un perezoso, te espera un largo torneo en el banco.
Otra vez no estaba siendo eficiente.
El entrenador estaba harto de mí; no muchos llegan a primera y son lo suficientemente buenos para mantenerse.
Supongo que volver a mis buenas épocas no era tan sencillo como había pensado.
Iván se acercó a mí como si hubiera leído mis pensamientos y me dio una palmadita en el hombro mientras recuperaba el aliento.
—Dos años no se recuperan en un día, hermano.
—Ya sé —exclamé con el poco aire que me quedaba.
Y sí que lo sabía.
Me esforcé en volver a concentrarme en mi entrenamiento; no podía perder la marca otra vez, no podía errar otra vez, no podía rendirme en lo único que era bueno.
No podía, no podía, no podía.
Dupliqué mi velocidad y encerré a Benjamín en una cortina. Recuperar la pelota fue más fácil de lo que había imaginado. Sin dejar de avanzar, me dirigí al aro contrario; vi a Iván pedirme la pelota desde una esquina de la cancha, era un pase seguro.
¿Hace cuánto no tiraba al aro?
¿Hace cuánto no hacía un triple?
Mucho.
Di un paso hacia atrás justo para estar en el área de triple. Nadie había sido tan rápido como para taparme o prever que iba a tirar. Después de todo, no era algo que solía hacer.
La pelota se direccionó hacia el aro formando una curva casi perfecta, casi perfecta. Un tiro así te deja una sensación muy engañosa. Vi cómo la bola recorrió la circunferencia del aro.
Una. Dos. Tres.
Tres veces.
Tres malditas veces antes de desviarse hacia afuera.
Cómo no.
De la nada, toda la confianza que había adquirido se disipó; el cerebro se me nubló y hasta pude escuchar a mi padre.
“No estás siendo eficiente con los triples.”
“Estás llegando tarde a tu marca.”
“No voy a volver a ver un partido tuyo hasta que abandones el banco.”
De la nada, todas esas cosas que me atormentaban se esfumaron de un golpe.
—¡Ferrer!
No fui el único que se dio vuelta ante el airado grito del entrenador. Eso iba dirigido particularmente hacia mí.
Bajé la cabeza y dejé a mis compañeros atrás.
Me acerqué a él practicando mi discurso de disculpa, en el cual admitiría que tenía que ser un poco menos egoísta, pasar el balón y pensar como equipo. Sin embargo, no tuve tiempo de seguir maquinando, ya que en cuestión de segundos estaba plantado a su lado.
Yo, aceptando con anticipación el reproche.
Él, con una expresión indescifrable.
Toda una historia de amor. Irónicamente hablando.
Con su brazo izquierdo mantenía sujeta la pizarra con la cual nos indicaba las posiciones y su otra mano reposaba en el bolsillo de su pantalón del club, a juego con su campera que lucía una estampa: “Entrenador Moreno”.
Todo el mundo se dirige hacia él de esa manera, por su apellido. Lo hice cuando tenía 8 años y él fue el primero que me puso una pelota de básquet en la mano. Lo sigo haciendo ahora con 23.
Hasta el día de hoy voy por la vida sin saber su nombre.
Él suspiró antes de comenzar.
—Velocidad, reacción, buen salto vertical, resistencia, fuerza, buen manejo de pelota.
Me quedé pasmado al oír esa enumeración; sin duda se había confundido de jugador.
—Estoy muy orgulloso.
Sí, se había confundido.
No tuve oportunidad de responder cuando ya había vuelto a hablar.
—Eso que hiciste recién…
Fue terrible. Fue vergonzoso. Fue poco inteligente.
Ya sabía lo que se venía.
—Fue genial.
¿Qué? ¿Se había vuelto loco?
—¿Qué?
—Esa rápida toma de decisión. Una jugada clara que estuvo a punto de definirse… —frunció los labios; algo en su mirada había cambiado—. Eso es propio del Bruno que entrenaba conmigo de adolescente.
Ok, tocó una fibra sensible.
—Del Bruno que no tenía miedo a ningún oponente, a arriesgarse y, sobre todo, a equivocarse.
Sentí un nudo en la garganta cuando intenté tragar mis emociones que amenazaban con brotar.
—Hoy siento que vi un destello de ese chico. Me gustaría que lo traigas de vuelta.
Carraspeé, bastante más afectado de lo que quería admitir. Él también se había dado cuenta de lo perdido que había estado dentro de la cancha durante este tiempo.
Me pasé una mano por la nuca y busqué mi voz para poder responder.
—Lo voy a intentar.
Una sonrisa le iluminó el rostro. Estaba tan cambiado desde el día que lo conocí, cuando yo tenía 8 y él 20, cuando todavía no sabía la clase de jugador que le esperaba.
—Sé que sí, siempre fuiste muy perseverante.
Tenía que devolvérselo, por él.
Lo vi echar una mirada rápida alrededor mientras el resto del equipo se acercaba a nuestro lugar para juntar sus cosas.
El entrenamiento había terminado.
Su expresión cambió casi de manera imperceptible y me dio unas palmaditas en el hombro antes de agregar:
—La próxima quiero un tiro más preciso.
Luego se fue de ahí, dejando nuestra conversación flotando en el aire.
No había sido consciente de lo cansado que estaba hasta que me senté en el banco y me quité las zapatillas. El cansancio muscular empezó a hacerse presente mientras me enfriaba en aquella esquina del club.
Iván me miró con bastante indiferencia, tampoco comentó nada.
Editado: 01.02.2026