El romance del que hablan los libros

Electricidad

- ¿Mamá cómo me voy a bañar así?
- O te bañas así o no te bañas.
Ella estaba de brazos cruzados recostada en el marco de la puerta.
Yo estaba a punto de meterme a la ducha, cubierta tan solo con mi gran toallon rosado que sujetaba en un puño.
Lo único que se hacía presente entre nosotras era parpadeo continuo de la luz del baño.
Había entrado hace tan solo unos minutos para darme una ducha vespertina y con solo ingresar ya me sentía totalmente sumergida en una experiencia tecno.
- Mamaaaa - Suspiré frustrada.
- No me eches la culpa a mí, no soy electricista.
- Pero podrías haber llamado a uno.
- ¡Lo hice!
- ¿Y por qué no vino?
- Me dijo que estaba de vacaciones en Suecia, que lo llame de vuelta el mes próximo.
- ¿Qué clase de mujer que resuelve conoce solo a un electricista?
- ¿Cuántos conoces vos?
La mire con total indignación y me aferré con más fuerza a mi toallón.
Buena jugada.
Era mas que obvio que como chica de 20 años que nunca había vivido sola no conocía a ningún electricista.
Mucho menos un plomero. Ni siquiera sabía a que se dedicaban los plomeros.
De esas tareas suele encargarse papá, pero hace ya mas de un año que mi mamá y yo no vivimos con el.
A veces extraño levantarme a la mañana y tener que lidiar con su mal humor, su manera tan intensa de ser, sus chistes, como me sobreprotegía de todo.
- Yo nunca me autoproclamé "mujer que resuelve"
- ¡Yo tampoco! - Alzó las manos desentendiendose de la situación.
- ¡No! Ese título lo adquiriste gratuitamente cuando te convertiste en mamá. - la señalé con actitud defensiva mientras me aferraba con mas fuerza a mi pobre toallón.
- Es hora de que te preocupes por tus propios títulos.
La pose de mamá era ahora más irritada, muy a pesar de que la discusión careciera completamente de seriedad.
Dí la charla por terminada y paseé vagamente el diminuto baño con la mirada. No era muy lujoso pero lo consideraba bastante comodo. Giré la cabeza hacia izquierda y me di de lleno con mi reflejo en el espejo del baño, la imagen era bastante lamentable.
Mi cabello estaba revuelto y lleno de nudos.
Tenía la cara hinchada despues de dormir. Me veía pálida, tal vez debería haber desayunado algo. Mi piel estaba bastante grasa... ¿Qué?... ¿Eso era un grano?
- ¿Por qué no llamas a Bruno?
La pregunta me saco de lugar por dos razones.
La primera: Pensé que mi madre ya había dado por finalizada la discusión al igual que yo.
La segunda: No había ninguna razón para sacar el tema de Bruno en la conversación.
A pesar de que todas las personas que confío tratan de que hable de él.
- ¿Qué tiene que ver Bruno con que nuestro baño parece una disco?
Me llevo mi mano libre a la cadera y levanto las cejas.
- Seguro el sabe como arreglar esto. - Señala mi madre con evidencia.
Pongo los ojos en blanco.
- No todos los hombres saben arreglar cosas mamá.
- Si quieres puedo pedirle yo que venga.
- ¡No!
- ¿Por qué?
- No vas a arrastrar a Bruno al departamento otra vez.
- Solo dame su número.
- Mamá - Le advertí - dije que no.
La vi acomodarse el jean con un suspiro antes de irse del baño.
- No quiero ni imaginar tu cara cuando veas que la luz de la cocina esta igual.
Ahora me toco a mi suspirar. Pero mucho más fuerte. Y mucho más frustrada.
Decidí ignorar los problemas durante unos minutos y meterme a la ducha de una vez.

Bruno
Me desperté con una llamada perdida entrada la mañana.
Me senté perezosamente en la cama y me pase una mano por la cara y el pelo.
La habitación crecía de luz alguna. Tanto mi ventana como mi puerta estaban cerradas.
Respire profundamente y me restregué varias veces los ojos para despabilarme.
Tomé el teléfono que reposaba en la mesita de luz. El brillo me incendió.
Tuve un poco de miedo de desbloquear.
Abigail solía llamarme de madrugada.
Pero no se trataba de una llamada de Abi, era algo totalmente distinto.

número desconocido
- Hola Bruno ¿Estas ocupado?

Ese mensaje podría tratarse de mi mejor amigo de toda la vida invitándome a una salida nocturna o de un asesino serial.
Ninguna de las dos me gustaba.
Sin embargo opté por contestar.

Luisa
Una de las mejores duchas que me dí en mucho tiempo.
Descubrí que el hecho de que tu baño parezca una discoteca de mala muerte no cambia en nada tu experiencia bajo el agua calentita.
Cerre la canilla luego de unos largos 15 minutos.
Me escurrí un poco el pelo y me envolví nuevamente en mi toallón.
El vapor del agua caliente empañó totalmente el espejo y los azulejos.
La temperatura cambiaba notablemente al salir al pasillo.
Camino a mi habitación pensé que seria buen momento para probarme lo que pensaba usar esa misma noche.
Encendí la luz de mi habitación (por suerte esta no estaba defectuosa) y cerré la puerta detrás de mí.
Mi armario estaba bastante desordenado comparado con el cajón de "ropa de noche"
Estaba lleno de esas prendas que había comprado hace mucho tiempo con la esperanza de tener el autoestima suficiente para usarlas. Ese día nunca llego.
Metí la mano en el cajón decidida, revolví tan solo un poco.
Ahí estaba.
Esa pollera de volados color uva.
Era preciosa. Recordaba habérsela prestado a Ana alguna que otra vez y me sorprendí de lo fabulosa que se veía.
No me la volví a poner desde entonces.
No estaba preparada para castigarme a mi misma al demostrarme que nunca se me vería ni la mitad de bien que a ella.
Sacudí mi cabeza para alejar esos pensamientos. Si realmente quería probarmela debería pensar en positivo.
me aleje del espejo y remplace el toallon por aquella pollera.
Volví al cajón y encontré una blusa negra bastante básica que pegaría bien.
Una vez cambiada me volví hacia el espejo.
La chica que se reflejaba me resultaba desconocida.
No me quedaba tan mal.
El gimnasio sin duda había servido. Los músculos en mis brazos se veían bastante definidos.
¿Por qué mis piernas se veían tan flacas? Me puse de costado y pude comprobar que sí, desde cualquier ángulo parecía que tuviera tan solo dos palitos.
Me puse otra vez de frente al espejo.
Mi torso era muy corto en comparación con mis piernas.
No recordaba ser tan plana.
Para usar esto tengo que cambiar mi postura.
No.
No es una buena idea.
Cada segundo que pasaba frente al espejo me encontraba un nuevo defecto, sentía como mi cuerpo se iba deformando. Si tan solo pasara 5 minutos más viéndome juraría que vería un monstruo.
- No, no, no. - Dije mientras me alejaba del espejo. - Definitivamente no puedo salir así.
Desvié mi mirada del espejo lo más rápido posible.
- ¡Luisa vení rápido!
- Ahora voy mamá.
Tomé mi toallon del piso y decidí ir a colgarlo y ver que quería mi madre antes de sumergirme en un pijama xxxl.
¿Cómo pude si quiera pensar que me quedaría bien?
- ¡Luisa!
Abrí la puerta de un tirón tan fuerte que pude sentir como vibraba al chocar con la pared.
¿En serio pensé que seria capaz de salir con eso?
- ¡Luisa! ¡No tardes!
Esta mujer me estaba poniendo a prueba.
Empecé a pisar fuerte por el pasillo a medida que mi corazón galopaba acelerador de furia.
- ¡DIJE QUE ESTOY YENDO!
Mi entrada triunfal a la cocina se ve totalmente ridícula cuando descubro la razón por la que mi mamá quería que me presentara.
- Va a ayudarnos con las luces.
La sonrisa de mi mamá era amplia y cargada de ternura obviamente fingida. Yo no había aprendido la falsa dulzura sola.
Bruno se encontraba parado completamente inmovil junto a mi mamá, llevaba un buzo azul y unos jeans negros con algunos detalles plateados. En su mano tan solo tenía una caja de herramientas amarilla.
Me quedé completamente paralizada.
¿Cómo consiguió mi mamá que Bruno nos ayude con las luces?
Y algo todavia más importante. ¿Por qué estaba dejando que me viera con la ropa que detestaba como me quedaba?
Estaba siendo totalmente humillada.
- Hola Luisa.
No respondí. Juré que vi como me recorría con la mirada y un destello de diversión brillaba en sus ojos.
Fue tan rápido que se desvaneció en seguida. Pero yo me di cuenta.
Sentí como el calor se apoderada de mis mejillas.
Me tape con mi bochornoso toallón rosado las piernas.
- Hola.
- ¿Dónde es el fallo? - Giró la cabeza hacia mi mamá como si de un electricista profesional se tratase.
- Ah, por aca, vení.
- Aproveche el momento de distracción para correr a mi habitación.
Me cambié rápidamente las prendas de salir que tanto me avergonzaba y las hundí en el fondo del cajón.
Mi mamá iba a pagar por esta humillación.
Unos minutos después me acerqué al baño con un aspecto mucho más presentable y casí solté una carcajada cuando vi a Bruno examinando los cables que salían del techo con nuestra luz led en la mano.




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