El romance del que hablan los libros

vodka

El mensaje que decía "afuera" llevaba tan solo 30 segundos de haber sido enviado en el chat cuando Ana abrió eufóricamente la puerta.
Gritó de emoción al verme y me recorrió con la mirada unas cuantas veces, totalmente sorprendida con mi presencia, como si el encuentro no fuera algo que habíamos acordado durante toda la semana.

–¡Estás preciosa! Nunca te había visto tan radiante como hoy.

Llevaba puesta la pollera y top que habían sido protagonistas del encontronazo de la mañana con Bruno.
Luego de revolver mi ropero varias veces, decidí arriesgarme y salí con esto puesto, evitando todos los espejos de la casa.

En parte sabía que lo que decía Ana era mentira y ella solo me halagaba de esa manera porque era consciente de lo mucho que me costaba vestirme como realmente me gustaría.

Me invitó a pasar a su amplia casa, el recibidor tenía casi el tamaño de mi cuarto. Las paredes estaban pintadas de un azul marino muy moderno y muebles que ninguna de las 3 podíamos permitirnos con nuestros sueldos de la cafetería.

Lo que más amaba de la casa de Ana, a pesar de haber venido pocas veces, es que no se destacaba por ser amplia o muy bien adornada, sino por las fotos familiares en cada parte de la casa, sus mascotas yendo de un lado a otro y reclamando mimos y caricias por todos lados, el olor de la comida de su abuela.

El ambiente familiar convertía esa casa en un tesoro millonario.

Me puse a pensar en las veces que mi casa se vio así, y desearía que fueran varias, pero podía contarlas con los dedos de las manos.

Mis padres ya no se querían, nunca tuve mascotas y mi abuela había muerto cuando yo era muy joven.
Me sentí un poco mal por envidiar a Ana, quien me quería como una hermana, por anhelar su vida...

Seguimos andando hasta llegar al comedor, en el cual Emilia ya hacía presencia.

–¡Pero miren quién llegó!

La saludé con una sonrisa y ella vino corriendo a abrazarme.

–Te ves genial.

La voz de mi cerebro se hizo paso entre los buenos comentarios, advirtiendo que se trataba de otra mentira.

–¡Hora de tomar! - Dice Ana estampando una botella de vodka en la mesa.

Duró pocos segundos completamente llena antes de que Ana la destapara y vertiera una considerable cantidad en cada vaso.

Hice una mueca al sentir el olor que ahora estaba más presente en el aire. Esa bebida siempre fue la culpable de mis peores resacas.

–¡Luisa! Qué gusto tenerte por aquí.

Giró la cabeza para darme de lleno con la intersección entre el comedor y la cocina.

La madre de Ana me saludaba con una reluciente sonrisa, estaba muy cambiada respecto a la última vez que la vi por aquí.

Llevaba unos pantalones de chándal muy elegantes junto con un suéter beige que armaban un outfit perfecto.

Pero su rostro... estaba cambiado.

Nunca fui de juzgar gente por su apariencia, pero nunca había visto a esa mujer tan amable y enérgica de esa manera.

Tenía unas ojeras muy oscuras junto con una gran cantidad de nuevas arrugas, su pelo se encontraba totalmente teñido de blanco por las canas y sin duda tenía mucha menos cantidad que las veces anteriores.

Tal vez fui muy evidente con mi análisis de su apariencia. No me había dado cuenta de ello de no ser por el codazo de Emilia que me volvió a la realidad.

–Un gusto verla a usted también.

Su sonrisa se amplió, aunque algo incómoda, se acercó a mí y me abrazó cálidamente.

¿Cómo anda tu madre? Decile que voy a ir un día de estos.

Anda bien, bastante ocupada.

De mí no se va a librar con tan solo un poco de trabajo. - Dijo antes de desaparecer nuevamente en la cocina.

Me di vuelta otra vez hacia las chicas, avergonzada de que hayan notado mi inspección hacia la mamá de Ana.

La botella de vodka que se situaba en la mesa ya se encontraba a la mitad y los tres vasos plásticos llenos.

Miré a ambas. Ana cargaba con una mirada compasiva que desvió un poco antes de soltar:

–Los vasos no se van a terminar solos.

Decidí pasar totalmente por alto el tema de que había algo raro en la mamá de Ana. Tal vez solo sea cansancio. Debería meterme más en mis propios asuntos.

–Además de tomar... - Comienza Emilia - Deberíamos hablar de otros temas...

Veo cómo entrecruzan entre ellas miradas pícaras que me dejan en evidencia que el siguiente tema de conversación me deja a mí como actriz principal.

–¿Qué hay de tu novio?

–No es mi novio. –Me apresuro a decir.

–Pero te gusta - Me acusa Ana.

–Es obvio que sí - La sigue Emi.

Me rindo ante la clara verdad, debo dejar de mentirles en la cara a mis amigas.

–Puede...

Ambas abren los ojos como platos y lanzan un grito al unísono que podría haber dejado sordo a cualquiera.

–Pensamos que jamás lo admitirías.

–¿Sale hoy? - Pregunta Ana entusiasmada.

–Creo que sí.

Los ojos de ambas se abren de par en par. Otra vez ese grito.

Voy a tener que acostumbrarme.

–¡Es tu oportunidad! - Grita Ana.

–¿De qué?

–No te hagas la tonta. - Dice la segunda.

–¡De darle un beso!

–¿En una fiesta? No me parece muy romántico.

– Así es el amor moderno. – Suspira Emi.

–No me gusta.

–A mí tampoco. - Concluye Ana al mismo tiempo que se baja lo que queda de su vaso de vodka.

Le lanzo una mirada al mío, apenas está empezado.

¿Qué tan arriesgado sería que intente acercarme a Bruno esta noche?

Bruno

(UNA DISCULPA POR DESAPARECER)




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