El secreto de la princesa

Capitulo 3

Capítulo 3

—Espere aquí un momento señor Rosemberg, el doctor Newman vendrá enseguida.

La enfermera en recepción a quien Andrew había acudido le había informado que Juniper se encontraba en cuidados intensivos y que solo su médico podía darle detalles de su situación.

Mientras esperaba, recordó levemente la última vez que vio a Juniper. Fue el día siguiente de su matrimonio en la casa de Maine en donde se habían refugiado mientras se suponía estarían de luna de miel por Europa. Esa mañana tomó su maleta y dio un último vistazo hacia la puerta en donde una pequeña princesa enfundada en pijama de cachorritos lo despedía con un gesto de mano y una enorme sonrisa de gratitud.

Por un segundo deseo olvidarse de todo y dejarse llevar por el destino que los había unido de la forma que hubiese sido, sin embargo, no estaba en juego únicamente su vida. No podía ser tan egoísta como para apresar una vez más a esa bella princesita dentro de una torre y cortarle las alas para que no pudiera escapar de él. Entonces fue allí que la razón pudo más y lo obligó a subir a su auto para no volver jamás.

Hasta hoy.

Mientras esperaba la sala empezó a llenarse. Decidió ir por un café a una máquina expendedora y buscó una silla libre para descansar.

Unos niños lloraban.

Algunas parejas hablaban entre sí.

Personas solas igual que él hablando por teléfono.

Una señora mayor durmiendo recargada en el hombro del que quizá fuera su esposo.

Esta última imagen le provocó un escalofrío que le llegó hasta los huesos. Durante los últimos cinco años había alcanzado el éxito que se había propuesto a inicios de su carrera y estaba seguro de que ya podría darle a su princesa todo lo que esta deseara y se merecía. Incluso lucharía por darle el mundo con sus propias manos si ella se lo pedía. Debido a esto se había acercado a la misma ciudad en donde Juniper se encontraba. Planeaba buscarla y conseguir un lugar en su vida. Pero, ¿y si no lo lograba? ¿Y si era demasiado tarde?

Para cuando devolvió su atención al café, este ya había dejado de humear quedando casi frío.

¿Por qué tardaba tanto el médico?

Al lado de él se sentó un pequeño niño abrazando una pequeña pila de peluches. Evidentemente, el pequeño tenía tanto amor para dar que no podía tener un solo juguete preferido. Cuando terminó su café ya helado, uno de los peluches de su pequeño vecino cayó al suelo. Andrew lo recorrió en modo automático y luego su vista se dirigió al primer hombre vestido de blanco que veía en la última hora.

—¿Señor Rosemberg? —preguntó el hombre, acercándose. Andrew asintió, estrechando su mano. —Soy el doctor James Newman, encargado del caso de su esposa.

—¿Cómo está Juniper? —preguntó Andrew notablemente preocupado.

—De momento hemos podido estabilizarla. Afortunadamente, todo indica que no tiene ninguna fractura y aunque ha sangrado mucho no hay signo de hemorragia interna —lo informó el médico —. Aunque el golpe que ha recibido en la cabeza es otra historia. La señora sufrió una conmoción cerebral que aún debe ser observada minuciosamente durante las próximas veinticuatro horas.

—¿Tan grave es?

—No puedo dar más detalles al respecto hasta que hagamos más pruebas las cuales se llevaran a cabo en cuanto recobre la conciencia.

—¿Cree que demore mucho en hacerlo?

—Esperemos que no sea así. Aunque las siguientes horas son cruciales para su evolución, supongo que el que usted este a su lado será positivo para la paciente.

El doctor Newman lo hizo pasar a la habitación en donde Juniper se encontraba. Nada más entrar, se quedó atónito al ver como el cuento de la bella durmiente cobraba vida dentro de una pesadilla.

—Estoy segura de que su mujer se ha dado cuenta de que usted está aquí —comentó una enfermera detrás de él—. Aunque este inconsciente, estoy segura de que si le habla ella le escuchará.

—Juniper, soy yo. Drew.

Nada.

Ni un parpadeo. Ni siquiera un leve movimiento de sus dedos.

—No te preocupes por nada. Vas a recuperarte pronto —susurró él—Lucha. No te rindas. Vuelve a mí. Te lo suplico.

Ella no respondió. Andrew la tomó de la mano entonces, dándose cuenta de cuan suave y cálida era su piel. A pesar de encontrarse postrada en esa cama, con el rostro y el cuerpo cubierto de varios golpes y atada a una máquina, estaba completamente seguro de que el espíritu de batalla de Juniper era inquebrantable. Andrew se aferró a esa idea, trató de convencerse de que ella no se rendiría tan fácilmente. Por lo que sabía de ella, nunca antes se había rendido en una batalla.

Y esta no sería la excepción.

Las diez de la noche se encontraban próximas cuando una enfermera entró en la habitación con sándwiches y chocolate caliente.

—Noté que no se ha movido de aquí en todo mi turno por lo que deduje que no ha comido nada.

—Le agradezco —contestó Andrew, recibiendo la charola con la comida.

La enfermera se acercó a la cánula de Juniper para aplicar una dosis de medicamento.




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