En pocos minutos, Aineria se acomodó en el carruaje y colocó un cojín bajo la espalda. Anvar se unió a ella y se sentó a su lado. Le tomó la mano con ternura y besó su mejilla. Una oleada de fuego recorrió el cuerpo de la joven, despertando en ella un hambre profundo. Hambre de él. Deseaba besarlo sin medida, perderse en su cercanía, abrazarlo y derretirse bajo sus caricias ardientes. En los ojos oscuros del hombre brillaba un destello de deseo, y Aineria comprendió que sus anhelos eran mutuos.
Elizar subió al carruaje y tomó asiento frente a ellos. Su mirada, fija en los dedos entrelazados, destilaba furia. Aineria vio cómo contenía la rabia. Para no provocar más celos, retiró su mano de la de Anvar y se apartó un poco, dándole a entender que debía comportarse con corrección. Al fin y al cabo, ella seguía casada con otro, y aquello era inaceptable.
Durante un rato viajaron en silencio. En el aire flotaba una tensión palpable, una mezcla de hostilidad y resentimiento. Al caer la tarde, decidieron detenerse y montar el campamento. Aineria quiso dar un paseo: tras un día entero de viaje, tenía las piernas entumecidas.
El campamento se extendía por un campo cubierto de hierbas y flores silvestres. Mientras todos andaban de un lado a otro levantando las tiendas, la joven se alejó del bullicio. Con cada paso se sentía más libre. Aquella constante vigilancia la asfixiaba, le robaba el aire. Se detuvo junto al río y se arrodilló. Sumergió las manos en el agua fresca y sintió alivio. Después del calor del día, aquella sensación de frescura era pura dicha. Se lavó el rostro, y unas manos cálidas se posaron en su cintura, justo cuando una voz familiar susurró a su oído:
—No vayas sola. El peligro puede acechar en cualquier parte.
Los labios húmedos de Anvar le rozaron la mejilla con un beso. Aineria se giró y se encontró con sus ojos oscuros.
—No me beses en público. Elizar se enfada por eso. Al fin y al cabo, oficialmente sigo siendo su esposa.
—No por mucho tiempo.
—Anvar, ¿no has pensado qué haremos si no logran divorciarnos? —sus palabras le supieron amargas. Aquello era lo que más temía. Se arrepentía de haberse dejado convencer para casarse, por miedo al juicio de la corte. La irritaban aquellas absurdas leyes que habrían convertido a su hijo en un bastardo. En momentos así, deseaba regresar a su tierra, donde una mujer era libre e independiente, capaz de criar sola a su hijo.
Anvar negó con la cabeza.
—Nos divorciarán, haré todo lo necesario. Además, llevas a mi hijo en tu vientre, así que no debería haber problema. Vamos al campamento, cenemos juntos.
Él le tomó la mano con firmeza, y Aineria sintió cómo su presencia la llenaba de seguridad. En la tienda, se sentó sobre un lecho cubierto con pieles y mantas. Un sirviente le ofreció un cuenco de gachas, y ella lo tomó con desgana. En la hierba había un plato grande con carne ahumada y queso. Anvar asintió al sirviente para que se retirara.
—Perdona, amor, la comida de campaña no se parece mucho a la del palacio.
—Lo sé, no te preocupes, no me quejo.
El rey se sentó a su lado y la abrazó suavemente.
—A pesar del peligro, me alegra que estés aquí —sus labios rozaron su mejilla—, a mi lado —repitió, volviendo a besarla—, y que pueda besarte.
Aineria giró el rostro hacia él, buscando su boca, y dibujó sobre sus labios invisibles trazos con los suyos. Ansiosa, hambrienta, insaciable. A su lado, el mundo desaparecía; solo quería disfrutarlo, perderse en él.
De pronto, se abrió la entrada de la tienda y la luz del sol se filtró dentro. La joven se apartó de su amante, interrumpiendo el beso. Elizar entró, con el rostro endurecido por la rabia. No cabía duda de que los había visto. En sus ojos grises relampagueaban chispas, y sus pómulos tensos parecían tallados en piedra.
Anvar gruñó con fastidio:
—Tendré que decirle a los guardias que no te dejen entrar sin avisar.
—¿Y no sería mejor que dejaras de comportarte de forma indecente con mi esposa? Así no haría falta —replicó Elizar, avanzando con paso firme y cerrando la entrada tras de sí.
Anvar se encogió de hombros.
—Sabes bien que Aine es tu esposa solo de nombre. ¿Para qué repetirlo una y otra vez? ¿Te unes a la cena?
—Sí, incluso tu presencia no arruinará mi apetito.
Elizar se sentó junto a la joven. Aineria, atrapada de nuevo entre los dos hermanos, llevó una cucharada de gachas a la boca. Elizar se inclinó y tomó el cuenco destinado a Anvar. Sin pudor, empezó a comer las gachas tibias que poco tenían de un manjar real. Notó la mirada desaprobadora de su hermano y se encogió de hombros.
—Oh, ¿era tu porción? No importa, te vendrá bien una ligera dieta.
—Quédate con ella, no me importa. Al fin y al cabo, voy a quitarte algo más valioso que la cena: tu esposa —dijo Anvar con ironía.
Elizar frunció el ceño y perdió el apetito de golpe. Dejó de comer y empezó a remover lentamente la comida con la cuchara.
—¡Tráiganle otra porción de gachas! —ordenó Anvar hacia la entrada.
Editado: 06.11.2025