El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 1: El eco en la piedra

El aire en Guanajuato no circula. Se queda atrapado entre las paredes de adobe y los balcones que parecen querer besarse sobre las calles. Es un aire que sabe a polvo antiguo, a flores secas y a la humedad de las minas. Este calor no era como el de la ciudad; no olía a asfalto y prisa, sino a piedra vieja, buganvilias y secretos enterrados. Valeria bajó del auto y sintió que ese aire la reconocía. La envolvía como una mortaja que ella misma había tejido cuatro años atrás.

Cerró los ojos un segundo sintiendo que sus tacones se hundían en el empedrado irregular del Callejón del Beso. El silencio del callejón fue interrumpido por el eco metálico del Audi de él al cerrarse. Un sonido alemán, preciso y frío, que no pertenecía a ese lugar de sombras y leyendas. Diego, con su traje de lino impecable y su reloj que valía más que toda la calle, cerró la puerta con un golpe seco que sonó como un disparo en el silencio de la tarde.

—Es pintoresco —dijo Diego. La palabra salió de su boca con un tono de condescendencia que hizo que a Valeria le escocieran los oídos—. Aunque "decadente" sería más exacto. ¿Estás segura de esto, Val? —preguntó, ajustándose las gafas de sol—. La casa está en ruinas. No tienes que hacer esto.

—Es mi casa, Diego —respondió ella, aunque su voz flaqueó. En realidad, era su jaula—. Luca necesita espacio para correr.

Miró la fachada de la casa que sus abuelos le habían dejado: una estructura que parecía sostenerse solo por la fuerza de la costumbre. Las persianas turquesas estaban peladas, revelando la madera grisácea como hueso expuesto. El hierro de la cerradura estaba comido por el óxido, y una mancha naranja que parecía sangre seca se extendía bajo el sol de la tarde.

En el asiento trasero, Luca forcejeaba con el cinturón de seguridad. Diego, con un suspiro de resignación, abrió la puerta y el niño saltó al empedrado. Luca era una explosión de vida en aquel escenario de ruinas. Sus rizos castaños brillaban bajo el sol y sus mejillas estaban encendidas por el viaje. Llevaba en el puño un camión de metal pesado, un juguete que Diego le había comprado en el aeropuerto para mantenerlo callado.

—¡Mami ¡Piedras! —gritó Luca, arrodillándose en el suelo sin importarle que sus pantalones de marca se mancharan de tierra.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Luca se movía con una libertad que ella había perdido hacía mucho tiempo. Cada vez que el niño reía, Valeria veía un fantasma. Veía la inclinación de una cabeza que no era la de Diego. Veía un brillo salvaje en los ojos que Diego, con su lógica de abogado y su mundo de contratos, nunca podría poseer.

De repente, el mundo se detuvo.

—¡Hey! ¡Cuidado con el camión, campeón! —dijo una voz grave, áspera como la lija.

Valeria se congeló. Conocía esa voz. La había escuchado en sus pesadillas y en sus deseos más oscuros. A menos de diez metros, la sombra de un taller mecánico escupió una figura. El sonido de un trapo sucio azotando un metal oxidado marcó el ritmo. De la penumbra del taller salió un hombre. Nicolás.

No había cambiado. O quizá sí. El tiempo lo había tallado con más crueldad. Tenía los brazos cubiertos de una mezcla de grasa y sudor que brillaba bajo la luz filtrada de las jacarandas. Su camiseta blanca ajustada estaba rota en sus anchos hombros, revelando una piel curtida por el sol y el trabajo físico. Una cadena de oro como único brillo colgaba de su cuello que enmarcaba su rostro destacado por su mandíbula que parecía tallada en la misma piedra del callejón. No tenía la elegancia de Diego, pero tenía una gravedad que parecía atraer todo hacia su centro.

Se detuvo en seco al verla. Sus ojos, dos pozos de petróleo ardiendo, se clavaron en los de ella con una intensidad que casi la hizo retroceder.

—Valeria —dijo él. La palabra no fue un nombre. No fue un saludo. Fue una acusación.

—Nicolás —logró articular ella, sintiendo que el aire se volvía espeso y el nombre le raspaba la garganta.

Diego, detectando la repentina tensión en el aire, dio un paso al frente. Se colocó al lado de Valeria, no como un apoyo sino como un dueño. Su mano se posó en la cintura de ella, un gesto de propiedad que Nicolás no pasó por alto. El abogado sonrió, esa sonrisa de "todo bajo control" que usaba en los juzgados.

—¿Un conocido, cariño? —dijo Diego con voz impostada—. Buenas tardes. ¿Es usted el vecino? Mi esposa heredó la casa de enfrente. Soy Diego Vargas.

Nicolás ni siquiera lo miró. Sus ojos estaban fijos en Luca. El niño se había levantado y, con la curiosidad intrépida de quien no conoce el miedo, caminaba hacia Nicolás, atraído por el brillo de las herramientas que colgaban en la entrada del taller.

—¡Camiónnn! —dijo Luca, extendiendo su juguete hacia el desconocido.

Nicolás se agachó. El movimiento fue fluido, animal. Se puso a la altura del niño. Sus manos sucias contrastaban con la piel inmaculada de Luca. El niño levantó la vista y sonrió, revelando dos hoyuelos profundos en sus mejillas. El silencio en el callejón se volvió insoportable. Valeria podía oír los latidos de su propio corazón golpeando contra sus costillas como un animal enjaulado. Él observó el juguete. Era un modelo de camión de bomberos antiguo, de metal pesado. Sus dedos rozaron el juguete y, por un segundo, sus ojos se cerraron.

—Yo tenía uno igual —murmuró Nicolás, y su voz, por primera vez, sonó rota—. Exactamente igual diría.

Nicolás levantó la vista hacia Valeria. En ese momento, la máscara de la mujer perfecta de ciudad se hizo pedazos. Se puso de pie lentamente, sin dejar de mirarla. Diego permanecía al margen de la escena, parado allí con su traje caro, de una manera casi insultante.

—¿Cuántos años tiene? Me imagino que puede estar rondando los tres… —preguntó Nicolás. Sus palabras salieron lentas, cargadas de una furia que hervía bajo la superficie de su calma aparente.

—Tres años y tres meses, para ser exactos. Se parece a su madre, ¿verdad? —respondió Diego mirándolo directo— Tiene sus ojos.




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