CINCO AÑOS ATRÁS
La música de la banda se ahogaba entre las risas y el tequila. Valeria bailaba con el hijo del notario, un tipo con camisa planchada y zapatos ingleses que olía a loción importada y a futuro aprobado por su madre. Sonreía. Asentía. Fingía escuchar sus historias sobre la universidad en Monterrey.
Pero sus ojos buscaban a Nicolás.
Lo encontró recargado en la pared del otro lado de la plaza, un cigarrillo colgando de sus labios, la mirada clavada en ella. Ni siquiera intentaba disimular. La miraba con ese hambre que le quemaba la piel a través de la ropa.
El hijo del notario seguía hablando. Algo sobre su internado en un despacho prestigioso. Valeria asintió sin escuchar. Nicolás se despegó de la pared. Caminó hacia la salida de la plaza. Se detuvo. La miró. Una invitación.
—Disculpa —interrumpió Valeria al notario—. Necesito ir al baño.
No esperó respuesta. Caminó entre la gente, el corazón golpeándole las costillas. Nicolás ya había desaparecido en la oscuridad del callejón.
Lo siguió. Y lo siguió.
La agarró de la muñeca apenas dobló la esquina sin que ella lo viera. La jaló hacia él con una urgencia que le cortó el aliento. Sus labios encontraron los de ella antes de que pudiera decir palabra.
Valeria lo empujó. Suave. Sólo para romper el beso.
—Alguien nos puede ver.
—Que nos vean.
—Nicolás...
—¿Qué? ¿Te da miedo que te vean besando al mecánico? —Había una sonrisa venenosa en su voz—. ¿O te da miedo que te guste demasiado? Mejor vuelve con el hijo del notario. Seguro ya te está buscando.
—Cállate.
—Hazme callar.
Lo besó otra vez. Con culpa. Con ganas. Con todo lo que no podía decirle en la plaza, rodeada de gente que juzgaba cada movimiento.
—Ven —murmuró él contra su boca—. Conozco un lugar.
La llevó por callejones que olían a basura, a secretos y a flores muertas. Se detuvieron frente a una puerta de madera carcomida.
Nicolás empujó la puerta. Las bisagras gimieron como heridas. Olía a humedad y a años olvidados.
—¿Aquí? —preguntó Valeria.
—Nadie nos va a encontrar.
“Nadie nos va a juzgar”, pensó ella.
Entraron. La luna se colaba por los huecos del techo, dibujando sombras en las paredes. Había murales antiguos. Vírgenes con los ojos borrados por el tiempo. Santos sin rostro.
Nicolás cerró la puerta. Se recargó contra ella, mirándola.
—¿Qué? —preguntó Valeria.
—Nada. Sólo... te ves hermosa cuando finges que no te importa lo que piensen.
—No finjo nada.
Ella soltó una risa nerviosa.
—Mentirosa. —Dio un paso hacia ella—. Llevas toda la noche fingiendo que ese tipo te interesa.
—Tal vez me interesa.
—¿Sí? —Nicolás se acercó más—. ¿Entonces por qué estás aquí conmigo?
Valeria levantó la barbilla, desafiante.
—Porque eres más divertido.
—¿Solo divertido?
—¿Qué más quieres que sea?
Nicolás sonrió. Esa sonrisa torcida que la desarmaba cada vez.
—Todo.
La besó entonces. Suave. Lento. Nada que ver con el beso desesperado del callejón. Este beso era distinto. Era una promesa. Era peligroso.
Valeria le devolvió el beso, sus manos subiendo por el pecho de él. Nicolás olía a jabón barato y a cigarro. Olía a rebeldía y a libertad. Olía a todo lo que no debería querer. A todo lo que necesitaba. A todo lo que su vida perfectamente planeada no incluía.
—Sabes que me vuelves loco, ¿verdad? —murmuró él contra su cuello.
—Y tú a mí… —susurró ella, porque era verdad.
—Entonces quédate conmigo esta noche.
—Nico...
Sus manos encontraron la curva de su cintura. La apretó contra él. Valeria sintió el calor atravesando sus ropas.
—¿Te arrepientes? —preguntó ella.
—¿De estar aquí contigo? —Nicolás se apartó lo suficiente para mirarla—. No podría.
—¿Y mañana? —preguntó ella, aunque no quería pensar en mañana.
—Mañana tampoco. Y pasado mañana. —Nicolás se apartó lo suficiente para mirarla—. Algún día, Valeria, vas a tener que dejar de huir.
—No estoy huyendo.
—¿No? Entonces dile a tu mamá dónde estás.
Ahí estaba. La grieta que siempre aparecía entre ellos. Pero esta noche se sentía más pequeña. Más manejable.
—Algún día —dijo ella, y casi se lo creía—. Algún día se lo voy a decir.
—¿Cuándo?
—Cuando sea el momento correcto.
—¿Y cuándo va a ser eso?
Valeria no tenía respuesta. En cambio, lo besó. Puso todas las palabras que no podía decir en ese beso. Todas las promesas que no sabía si podría cumplir.
Pero esta noche no quería pensar en eso.
—No pienses —susurró, besándolo otra vez—. Sólo... quédate aquí. Conmigo. Ahora.
—Siempre contigo —dijo él, y sonaba como una condena más que una promesa.
Nicolás la alzó. Ella enredó las piernas en su cintura, riéndose contra su boca. Él caminó hasta la pared del mural, apoyándola contra la virgen sin ojos.
—¿Crees que nos está juzgando? —preguntó Valeria, señalando el mural.
—Si existe un Dios, ya nos juzgó hace rato.
—Qué romántico…
—No vine aquí a ser romántico.
—¿Ah no? ¿Entonces a qué viniste?
Nicolás sonrió. Esa sonrisa torcida que la desarmaba cada vez.
—A recordarte por qué sigues volviendo.
Y se quemaron.
No había dulzura en esto. Solo necesidad. Hambre. La ropa se rasgaba, se empujaba, se olvidaba. Nicolás la presionó contra la pared del mural, la virgen sin ojos observándolos sin ver.
Valeria jadeó cuando las manos de él subieron por sus muslos. Clavó las uñas en sus hombros, dejando marcas que durarían días. Marcas que él llevaría con orgullo bajo la camiseta de trabajo.
—Mírame —ordenó Nicolás.
Valeria abrió los ojos. Lo miró. Esos ojos oscuros que conocía mejor que los suyos. Se entregaron el uno al otro contra esa pared de santos mutilados. En esa casa fantasma que algún día heredaría. Sin saber que ya no había vuelta atrás. Valeria enterró la cara en el cuello de él. Aspiró su olor. Gasolina. Sudor. Tabaco. El olor de todo lo que su familia odiaba. El olor de todo lo que ella amaba. El olor que se volvería adicción y condena.
#5839 en Novela romántica
#1366 en Novela contemporánea
embarazo no planeado, segundas oportunidades para amar, matrimonio arreglado celos y tóxico
Editado: 06.02.2026