El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 3: Fantasmas en el callejón

PRESENTE

Diego se había llevado a Luca a desayunar.

—Necesitas descansar —le dijo, besándola en la frente con esa ternura calculada que usaba cuando quería controlarla—. Ve a ver la casa. Yo me encargo del niño.

Valeria no discutió. Necesitaba aire. Necesitaba espacio. Necesitaba no sentir los ojos de Diego vigilándola cada segundo.

Caminó sola por el Callejón del Beso. El sol de la mañana se filtraba entre los edificios coloniales, pintando sombras largas sobre el empedrado. Turistas tomaban fotos en el lugar exacto donde, según la leyenda, dos amantes se habían besado desde balcones opuestos.

Valeria conocía otra leyenda. Una que no salía en las guías turísticas.

La de una chica que había amado al hombre equivocado en el pueblo equivocado.

La casa de sus abuelos estaba a tres calles de distancia. Valeria sacó las llaves del bolso. Las mismas llaves que había heredado junto con el inmueble. Junto con todos los fantasmas que vivían adentro.

La puerta chirrió al abrirse. Ese mismo sonido de hace cinco años. De hace cuatro. De todas las veces que había venido a escondidas.

El olor la golpeó primero. Humedad. Polvo. Tiempo muerto. Pero debajo de todo eso, algo más. Algo que olía a recuerdos que no se podían lavar.

Entró.

La luz del día se colaba por las ventanas sucias, dibujando rectángulos pálidos en el piso de madera. Las sábanas blancas cubrían los muebles como sudarios. Nadie había vivido aquí en años. Nadie excepto los fantasmas.

Valeria caminó despacio por la sala. Sus tacones resonaban en el silencio. Cada paso levantaba nubes pequeñas de polvo que flotaban en los rayos de sol.

Se detuvo frente a la pared del fondo.

El mural.

Seguía ahí. Descascarado. Arruinado por el tiempo y la humedad. Una Virgen de Guadalupe con los ojos borrados. Un arcángel sin rostro. Santos que habían perdido sus nombres.

Valeria extendió la mano. Sus dedos rozaron la pintura agrietada. Fría. Áspera.

Y de repente ya no estaba sola.

DIEZ AÑOS ATRÁS

—¿Estás segura de que nadie viene?

La voz de Nicolás sonaba nerviosa. Tenía diecisiete años y acababa de besar a Valeria por primera vez hacía menos de una hora. Seguía temblando.

—Mis abuelos están en misa —respondió ella, jalándolo hacia adentro—. Nunca regresan antes de las dos.

—Si nos descubren...

—No nos van a descubrir.

Valeria cerró la puerta. El corazón le latía tan fuerte que pensaba que se le iba a salir del pecho. Había planeado esto toda la semana. Había ensayado qué decir, cómo actuar, dónde llevarlo.

Nicolás miraba todo con los ojos muy abiertos. La casa de los abuelos de Valeria era más grande que toda su casa. Los muebles eran antiguos pero elegantes. Las paredes tenían cuadros con marcos dorados.

—Es bonito —murmuró él.

—Es viejo.

—Para ti todo es viejo. —Nicolás sonrió. Esa sonrisa torcida que hacía que a Valeria se le aflojaran las rodillas—. Deberías ver mi cuarto. Ahí sí está todo viejo y feo.

—Algún día me lo vas a enseñar.

—Algún día.

Se miraron. El aire entre ellos cambió. Ya no era nervioso. Era otra cosa. Algo más pesado. Más peligroso.

Valeria dio un paso hacia él. Luego otro. Hasta quedar tan cerca que podía ver un brillo dorado en sus ojos oscuros.

—¿Me vas a besar otra vez? —preguntó ella—. O tengo que esperar otros seis meses.

Nicolás soltó una risa corta. Nerviosa.

—No sabía si querías. Parecías... no sé. Asustada.

—No estaba asustada. Estaba sorprendida.

—¿Sorprendida de qué?

—De que me gustaras tanto.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Valeria sintió que se le subían los colores a la cara. Nunca había sido tan directa. Las chicas de su familia no eran directas. Eran discretas. Recatadas. Esperaban a que los hombres dieran el primer paso.

Pero Valeria estaba cansada de esperar.

Nicolás la miraba como si acabara de decir algo en otro idioma.

—¿Te gusto?

—Obvio que me gustas, idiota. —Valeria se rió—. ¿Por qué crees que te pedí que vinieras?

—Pensé que... no sé. Que querías que arreglara algo. Tu familia siempre nos llama para arreglar cosas.

—No te llamé para que arregles nada.

—¿Entonces?

Valeria no respondió. En lugar de eso, se puso de puntitas y lo besó.

Esta vez fue diferente al beso anterior. Más lento. Más seguro. Nicolás puso las manos en su cintura, jalándola más cerca. Valeria sintió el calor de su cuerpo a través de la ropa. Sintió cómo temblaba. Sintió cómo el mundo desaparecía y solo quedaban ellos dos.

Cuando se separaron, los dos respiraban agitados.

—Valeria... —empezó a decir Nicolás.

—No —lo interrumpió ella—. No digas nada. No lo arruines pensando demasiado.

—Pero tu familia...

—Mi familia no está aquí.

—Pero cuando se enteren...

—No se van a enterar.

Nicolás frunció el ceño. Algo en su mirada cambió. Se endureció.

—¿Qué significa eso?

—Significa que esto es nuestro. —Valeria le agarró la cara con las dos manos—. Solo nuestro. Nadie tiene que saber.

—¿Vas a esconderme?

—No es esconderte. Es... protegernos.

—Suena a lo mismo.

—Nico...

—Está bien. —Él suspiró. Le besó la frente—. Está bien. Por ahora está bien.

Pero no estaba bien. Valeria lo vio en sus ojos. En la forma en que apretó la mandíbula. En el espacio pequeño que puso entre los dos.

Desde el principio, ya estaba roto.

Desde el primer beso, ya estaban condenados.

PRESENTE

—¿Valeria?

La voz la hizo brincar. Se volteó tan rápido que casi pierde el equilibrio.

Nicolás estaba en el umbral.

No sabía cuánto tiempo llevaba ahí. Parado. Mirándola.

La luz de afuera lo iluminaba por atrás, convirtiéndolo en una silueta oscura. Pero Valeria hubiera reconocido esa silueta en cualquier lado. La inclinación de sus hombros. La forma en que se apoyaba contra el marco de la puerta. Las manos metidas en los bolsillos.




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