El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 5: El hombre perfecto

PRESENTE

La plaza estaba llena de gente. Domingo por la tarde, cuando todo Guanajuato salía a pasear. Familias con niños. Parejas de novios. Turistas tomando fotos. Y en el centro de todo, como si el mundo girara a su alrededor, estaba Diego.

Valeria lo observaba desde una banca al otro lado de la plaza. Luca jugaba a sus pies con su camión de metal, ajeno a todo. Ella había querido quedarse en la casa, encerrarse y no ver a nadie. Pero Diego había insistido.

—Necesitamos socializar, amor. Es tu pueblo. Tu gente. No podemos escondernos.

“Tu pueblo”, había dicho. Como si alguna vez hubiera sido suyo.

Diego estaba rodeado de un grupo de hombres. Don Augusto, el dueño de la farmacia. El licenciado Méndez, que llevaba treinta años en el ayuntamiento. Dos comerciantes que Valeria reconocía vagamente. Todos escuchaban a Diego como si fuera el mesías.

—La ley fiscal del 2025 cambió todo el panorama para pequeñas empresas —decía Diego, gesticulando con las manos—. Pero hay maneras legales de optimizar. Estrategias que los grandes corporativos usan y que ustedes también pueden implementar.

Los hombres asentían, fascinados. Don Augusto incluso sacó una libreta para tomar notas.

Valeria sintió náuseas. No por lo que decía Diego. Sus palabras eran impecables, como siempre. Era la forma en que lo decía. Esa sonrisa que no llegaba a los ojos. Esa calidez calculada. Esa perfección ensayada que engañaba a todos.

Todos menos a ella.

—Qué suerte tienes, mija.

Valeria se sobresaltó. Una mujer se había sentado a su lado en la banca. Doña Carmen, la que vendía tamales en la esquina de su casa. Debía tener setenta años, pero seguía fuerte como roble.

—¿Perdón?

—Tu esposo. —Doña Carmen señaló a Diego con la barbilla—. Qué hombre tan educado. Tan caballeroso. Ayer me ayudó a cargar una caja de maíz hasta mi puesto. Y no quiso que le pagara el café.

—Ah. Sí. Es muy... amable.

—Amable y guapo. —La mujer se rió—. ¿Y abogado? Híjole, mija. Te sacaste la lotería. No como otras. —Bajó la voz, conspiradora—. ¿Recuerdas a la hija de los Sánchez? Se juntó con un mecánico. Puro vago. La dejó con tres criaturas y se largó a Estados Unidos.

Valeria sintió que algo se le clavaba en el pecho. Apretó las manos sobre su regazo.

—No todos los mecánicos son iguales —murmuró.

—Ay, mija, no te ofendas. Solo digo que hiciste bien. Un hombre como Diego, con estudios, con dinero... —Doña Carmen le dio unas palmaditas en la mano—. Ese sí te va a cuidar bien.

La mujer se levantó y se alejó, dejando a Valeria con sus palabras envenenadas.

“Ese sí te va a cuidar bien”.

¿Cuidar? ¿Así se llamaba? ¿Cuidar era revisar su teléfono cada noche? ¿Cuidar era decidir qué ropa podía usar? ¿Cuidar era esa forma en que la tocaba, como quien verifica que una posesión valiosa siga en su lugar?

Valeria levantó la vista. Diego seguía hablando, pero ahora su atención estaba en otro lado. En alguien al otro lado de la plaza.

Nicolás.

Estaba apoyado contra la pared de la iglesia. Una pierna doblada, el pie apoyado contra la piedra. Un cigarrillo entre los dedos. Ni siquiera intentaba disimular que los observaba.

La luz del sol le daba de lado, iluminando el perfil de su cara. La mandíbula apretada. Los ojos entrecerrados por el humo. Las manos que Valeria conocía mejor que las suyas propias.

Y la miraba. No a Diego. A ella.

Valeria sintió que el aire se le atoraba en la garganta. Cuatro años. Habían pasado cuatro años y todavía la miraba así. Como si pudiera ver a través de toda la mentira. A través del vestido caro y el maquillaje perfecto. A través de la esposa que fingía ser.

Nicolás dio una calada larga al cigarro. El humo subió lento, enroscándose en el aire. No apartaba la mirada. Valeria tampoco.

Fue como regresar a esa casa abandonada. A ese taller bajo la lluvia. A todos los lugares donde habían sido reales.

—Mami, tengo sed.

La voz de Luca la sacó del trance. Valeria parpadeó, mirando a su hijo. El niño la veía con esos ojos que eran de Nicolás. Ese mismo tono oscuro. Esa misma intensidad, aunque todavía inocente.

— Ya te compro agua, mi amor.

Cuando levantó la vista otra vez, algo había cambiado.

Diego ya no hablaba con los hombres. Los veía, pero no los escuchaba. Su atención estaba fija en Nicolás. Y en la forma en que Nicolás miraba a Valeria.

La sonrisa de Diego no había cambiado. Seguía siendo perfecta. Pero algo en sus ojos se había endurecido.

Valeria lo conocía. Conocía esa mirada. La había visto antes. Cuando un mesero la había mirado demasiado tiempo en un restaurante. Cuando un compañero de trabajo le había preguntado si quería tomar un café. Cuando cualquier hombre se atrevía a recordarle que ella era hermosa.

Diego se disculpó con los señores. Caminó hacia ella con esa elegancia estudiada. Los zapatos italianos resonando en el empedrado. El traje de lino impecable a pesar del calor. El reloj suizo brillando en su muñeca.

El hombre perfecto.

Se sentó a su lado. Le pasó el brazo por los hombros. Un gesto posesivo disfrazado de ternura.

—¿Están bien? —preguntó, besándola en la sien.

—Sí. Luca quiere agua.

—Le compro. —Diego miró a Luca, luego a ella. Luego, por una fracción de segundo, a Nicolás—. Linda plaza, ¿no? Muy pintoresca.

—Sí.

—La gente es amable. Ya hice varios contactos. Don Augusto me invitó a un asado en su casa el próximo fin de semana.

—Ah.

Diego le apretó el hombro. Suave. Casi imperceptible. Pero Valeria sintió la advertencia.

—¿Cuánto tiempo crees que tenemos que quedarnos? —susurró él, y su voz sonó distinta. Más baja. Más peligrosa.

Valeria se congeló.

—¿Qué?

—Aquí. En Guanajuato. —Diego sonrió, pero no era una sonrisa real—. ¿Cuánto tiempo crees que podemos quedarnos antes de que todo se vuelva... incómodo?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.