PRESENTE
Diego se levantó de la banca con la elegancia de quien nunca ha dudado de su lugar en el mundo.
—Voy por el agua —dijo, besando la coronilla de Valeria—. ¿Quieres algo más, amor?
—No. Gracias.
—¿Luca? ¿Jugo o agua?
—¡Jugo! —gritó el niño, levantando el camión como trofeo.
Diego le revolvió el cabello con esa ternura estudiada que usaba cuando había público. Luego se enderezó, se acomodó el saco, y caminó hacia el puesto de bebidas que estaba exactamente del otro lado de la plaza.
Justo donde Nicolás seguía apoyado contra la pared de la iglesia.
Valeria sintió que se le cerraba la garganta. No era coincidencia. Diego nunca hacía nada por coincidencia.
—Luca, quédate aquí —le dijo al niño—. No te muevas.
—Sí, mami.
Valeria se levantó. Sus piernas temblaban, pero caminó. Despacio. Tratando de parecer casual. Como si solo quisiera estirar las piernas.
Pero sus ojos estaban fijos en Diego.
Él cruzaba la plaza con pasos largos y seguros. Saludaba con la mano a Don Augusto. Le sonreía a una señora que vendía flores. Perfectamente amable. Perfectamente normal.
Hasta que llegó al puesto de bebidas.
Que estaba a menos de tres metros de Nicolás.
Diego pidió el agua y el jugo. Sacó su billetera. Una de piel italiana que costaba más que el sueldo mensual de un mecánico. Pagó con un billete grande y le dijo al vendedor que se quedara con el cambio.
El hombre le agradeció efusivamente.
Durante todo ese intercambio, Diego no miró a Nicolás ni una sola vez.
Pero Nicolás sí lo miraba.
Había tirado el cigarrillo, pero seguía en la misma posición. Apoyado contra la piedra. Los brazos cruzados sobre el pecho. La mandíbula apretada.
Valeria llegó al otro lado de la plaza justo cuando Diego recogía las bebidas.
—¿Perdón? —dijo Diego, volteándose como si acabara de notar la presencia de Nicolás—. ¿Me puede pasar servilletas?
No había servilletas cerca de Nicolás. Estaban en el mostrador del puesto, a medio metro de Diego.
Era una mentira transparente.
Un pretexto.
Nicolás lo miró. Realmente lo miró. Como si estuviera evaluando si valía la pena el esfuerzo de responder.
—No tengo servilletas —dijo finalmente. Su voz sonó áspera. Como siempre que estaba conteniendo algo.
—Ah. —Diego sonrió—. Disculpe. Pensé que... bueno. No importa.
Agarró las servilletas del mostrador. Pero no se movió. Se quedó ahí, sosteniendo las bebidas, bloqueando el camino.
El silencio se extendió. Espeso. Peligroso.
—Lindo pueblo —dijo Diego finalmente—. Muy tradicional. Muy... auténtico.
Nicolás no respondió.
—Mi esposa creció aquí. —Diego señaló hacia Valeria con la barbilla. Ella se quedó paralizada a medio camino—. Dice que todos se conocen. Que es imposible tener secretos en un lugar tan chico.
Algo se movió en la cara de Nicolás. Un músculo en la mandíbula. Nada más.
—Supongo —dijo.
—¿Usted es de aquí?
—Toda mi vida.
—Ah. Entonces debe conocer a mi esposa. Valeria Mendoza. Bueno, ahora Valeria Vargas.
Diego pronunció su apellido como quien marca territorio. Como quien deja claro quién posee qué.
Nicolás finalmente se despegó de la pared. Se enderezó. Era más alto que Diego por unos centímetros. Más ancho de hombros. Más... presente.
—La conozco —dijo Nicolás, y en esas dos palabras había todo lo que no podía decir.
La conozco como el calor de su piel. La conozco como el sabor de sus lágrimas. La conozco como el sonido de su nombre en mi boca cuando el mundo desaparecía.
Diego inclinó la cabeza, estudiándolo. La sonrisa seguía ahí, pero algo había cambiado en sus ojos. Algo frío. Calculador.
—Qué pequeño es el mundo —murmuró.
—Bastante.
—Y qué rápido cambian las cosas. —Diego dio un paso hacia Nicolás. Uno solo. Pero fue suficiente—. Un día estás aquí, en tu pueblo, viviendo tu vida tranquila. Y al siguiente... todo es diferente. La gente se va. La gente vuelve. La gente sigue adelante.
—Supongo.
—Es importante seguir adelante. —Diego bajó la voz. Tan bajito que Valeria, a diez metros de distancia, apenas podía escuchar—. No quedarse atorado en el pasado. En cosas que ya no existen. En personas que ya no te pertenecen.
El aire se volvió plomo.
Nicolás se quedó muy quieto. Demasiado quieto. Como un animal antes de atacar.
—No sé de qué habla —dijo.
—¿No? —Diego ladeó la cabeza—. Qué raro. Pensé que como todos se conocen aquí, usted sabría exactamente de qué hablo.
Se miraron. Dos hombres en una plaza llena de gente. Uno con traje de lino y reloj suizo. El otro con jeans y camiseta manchados de grasa y manos ásperas. Uno que lo tenía todo. El otro que lo había perdido todo.
Y entre ellos, el fantasma de una mujer que había elegido la seguridad sobre el amor.
—Disfrute su estadía —dijo Nicolás finalmente. Se dio la vuelta para irse.
—Espere.
Nicolás se detuvo. No se volteó.
Diego sonrió. Esa sonrisa perfecta que había conquistado salas de juntas y juzgados. Esa sonrisa que escondía todo lo podrido debajo.
—Solo quería decirle... —Diego hizo una pausa, saboreando el momento—. Ayer usted dijo que mi hijo tiene un camión de juguete idéntico a uno suyo. Qué casualidad, ¿no? Que los dos tuvieran el mismo juguete de niños.
El mundo se detuvo.
Nicolás se volteó lentamente. Lo miró. Realmente lo miró.
Y Diego le sostuvo la mirada sin parpadear.
—Aunque supongo que no es tan raro —continuó Diego, con voz ligera, casual—. Son juguetes clásicos. Valeria me dijo que era también el favorito de su papá, que se vendían en esa juguetería de la esquina. Por eso le compré uno igual a Luca en el aeropuerto. ¿Todavía existe?
—Sí —respondió Nicolás. Su voz sonaba hueca—. Todavía existe.
—Qué bien. Las tradiciones son importantes. —Diego levantó las bebidas—. Bueno, mi familia me espera. Fue un placer.
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Editado: 26.02.2026