El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 7: El peso de las certezas

PRESENTE

Nicolás cerró la puerta del taller con más fuerza de la necesaria. El metal vibró, el sonido rebotó en las paredes de lámina. Afuera, la plaza seguía llena de gente. Familias. Parejas. Turistas. El pueblo entero fingiendo que todo era perfecto.

Se quitó la camiseta empapada de sudor y la aventó al rincón. El calor era insoportable. O tal vez era la rabia lo que lo quemaba por dentro.

Caminó hacia el lavabo. Abrió el grifo. El agua salió turbia los primeros segundos antes de aclararse. Se lavó la cara. Se lavó las manos. Frotó fuerte, tratando de quitar la grasa que nunca salía del todo.

En el reflejo del espejo roto que colgaba sobre el lavabo, se vio.

Veintisiete años. Pero se sentía de cincuenta. Arrugas que no debería tener. Las manos de un hombre que trabajaba doce horas al día para sobrevivir. Y para no pensar.

Y los ojos.

Los mismos ojos que había visto en la cara de ese niño.

Nicolás cerró el grifo. Se apoyó contra el lavabo, respirando hondo.

"Tres años y tres meses, para ser exactos", había dicho el abogado. Con esa sonrisa de mierda. Con ese tono que decía "es mío y no hay nada que puedas hacer al respecto".

Nicolás sacó el teléfono del bolsillo. Lo desbloqueó. Entró al calendario.

Octubre. Cuatro años atrás. La última vez que la había visto antes de que desapareciera.

Contó los meses en su cabeza. Una vez. Dos veces. Tres.

Nueve meses.

Nueve meses exactos desde esa noche en el taller bajo la lluvia. Desde la última vez que la había tenido entre sus brazos. Desde la última vez que...

"No", pensó. "No fue esa noche".

Porque Valeria ya estaba rara esa noche. Cansada. Con náuseas. Sensible de formas que no eran normales en ella. Y esa vez no llegó a suceder.

Retrocedió un mes más en el calendario.

Y ahí estaba.

El festival de septiembre. Cuatro años atrás. Una de esas tantas noches que se escaparon a escondidas del pueblo, a los callejones.

Diez meses antes del nacimiento del niño.

Nicolás sintió que algo se le retorcía en el pecho. Algo entre la esperanza y el terror. La mentira de Valeria y de Diego empezaba a presentarse ante sus ojos.

Guardó el teléfono. Caminó hasta el Datsun a medio desarmar. Se sentó en el piso de concreto, la espalda contra el auto. Sacó un cigarrillo. Lo encendió con manos que temblaban.

El humo llenó sus pulmones. No ayudó.

Nada ayudaba.

Pensó en el niño. En Luca.

Los rizos castaños que se veían dorados bajo el sol. Los ojos oscuros que lo habían mirado con curiosidad inocente. La forma en que inclinaba la cabeza cuando algo le llamaba la atención.

Y los hoyuelos.

Esos hoyuelos que Nicolás veía cada mañana en el espejo. Que su mamá decía que había heredado de su abuelo. Que Valeria solía besar cuando creía que él dormía.

El niño los tenía. Idénticos.

¿Cuánta gente más lo pensaría? ¿Cuántos chismes circulaban ya por el pueblo?

¿Lo sabría Diego?

Nicolás dio otra calada al cigarrillo, pensando en el abogado. En su traje caro. Su sonrisa perfecta. Su forma de tocar a Valeria como quien verifica que una posesión siga en su lugar.

"Personas que ya no te pertenecen", había dicho hacía menos de una hora.

Como si Valeria fuera un objeto. Como si pudiera poseerse a una persona.

Aunque, siendo justos, Nicolás había perdido ese derecho hacía cuatro años. Cuando la dejó irse. Cuando no corrió detrás de ella. Cuando eligió su orgullo sobre su amor.

Ahora ella era Valeria Vargas. Esposa de Diego. Madre de Luca.

Y el niño...

El niño llevaba el apellido de otro hombre.

Nicolás apagó el cigarrillo contra el suelo. Lo aplastó con más fuerza de la necesaria.

Necesitaba saber.

Necesitaba confirmación. No solo sospechas y cálculos mentales. No solo los ojos y los hoyuelos. Necesitaba algo concreto.

Pero ¿cómo?

No podía simplemente acercarse a Valeria y preguntarle. No con el esposo vigilando cada movimiento. No con el pueblo entero mirando.

Y aunque lo hiciera, ¿le diría la verdad? La Valeria de antes, tal vez. Pero esta Valeria, con su vestido caro y su máscara de esposa perfecta, ¿era capaz de ser honesta?

Se había ido sin decirle nada. Sin explicaciones. Sin despedidas.

Había huido como si él fuera una enfermedad que necesitaba curar.

Y ahora volvía con un niño que tenía su cara.

Nicolás se levantó del suelo. Caminó hacia la repisa donde guardaba sus cosas personales. Entre facturas viejas y manuales de mecánica, había una caja de lata oxidada.

La abrió.

Adentro: boletos de cine arrugados. Una servilleta con un número que nunca marcó. Una pulsera barata que le había regalado a Valeria cuando tenían diecisiete años y que ella le devolvió la noche luego de una discusión. Una de las tantas discusiones.

Y una fotografía.

Borrosa. Vieja. Él y Valeria, bailando en medio de una muchedumbre. No recordaba quién la había tomado ni cuándo exactamente. Sólo que era de antes. Cuando todavía había esperanza.

Nicolás observó la foto. La forma en que Valeria lo miraba. Como si él fuera lo único que importaba en el mundo.

Esa mirada ya no existía.

Guardó la foto en el bolsillo trasero de sus jeans. No sabía por qué. Tal vez como recordatorio de que alguna vez había sido real. O para usarla en algún momento oportuno. Con Valeria o con Diego.

Su teléfono vibró. Un mensaje de su madre.

"¿Vas a venir a cenar? Hice mole". Sabía que estaba intentando animarlo con esa comida.

Nicolás miró la hora. Siete de la tarde. El taller estaba vacío. Sin trabajos pendientes. Sin excusas para quedarse.

"Ya voy", respondió.

Apagó las luces del taller. Pero antes de salir, se detuvo en el umbral.

Miró hacia la calle. Hacia la casa de enfrente con las persianas turquesas peladas.

Las luces estaban encendidas. Podía ver la sombra de ella moviéndose, como ordenando el lugar abandonado. Llegaba a verse la silueta de los rulos castaños de Luca.




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