El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 8: El coleccionista

PRESENTE

Diego Vargas no dormía.

Nunca había necesitado más de cinco horas. En la universidad, mientras sus compañeros trasnochaban con cerveza y fútbol, él estudiaba. Memorizaba jurisprudencia. Planificaba su futuro con la precisión de un cirujano.

El sueño era para los débiles. Para los que no tenían ambición.

Ahora, a las tres de la mañana, estaba sentado en el sillón de la habitación del hotel. El Hotel Boutique Casa del Rector. Paredes coloniales. Techos altos. Muebles antiguos que costaban más de lo que el mecánico ganaba en un año.

Valeria y Luca dormían en la habitación contigua. O al menos fingían dormir. Últimamente Valeria fingía muchas cosas.

La luz de su laptop iluminaba su rostro en la oscuridad. En la pantalla: una hoja de Excel. Columnas perfectamente organizadas. Filas de información que había recopilado durante los últimos cuatro años.

VALERIA MENDOZA - LÍNEA DE TIEMPO

Diego se recostó hacia atrás. Tomó un sorbo de whisky. Glenfiddich de veinticinco años. Lo había traído de la ciudad porque este pueblo miserable no tenía nada que valiera la pena.

Sus ojos recorrieron la pantalla.

Octubre 2021: Valeria Mendoza llega a CDMX. Fuente: Ernesto Mendoza.

Octubre 2021: Primera reunión. Despacho corporativo. Nota: tiene que ser mía. Fuente: Agenda personal.

Noviembre 2021: Primera cita. Restaurante El Lago. Fuente: Recibo American Express.

Noviembre 2021: Sexo en Hotel Casa Polanco. Fuente: Recibo American Express.

Noviembre 2021: Sexo en la oficina. Confirmación relación. Fuente: Agenda personal.

Diciembre 2021: Confirmación médica de embarazo. Nota: parte del plan. Fuente: Facturas clínica privada.

Diciembre 2021: Mudanza de Valeria en convivencia. Fuente: Agenda personal.

Enero 2022: Propuesta de matrimonio. Fuente: Recibo Tiffany & Co.

Todo documentado. Todo en su lugar.

La organización era poder. El control era amor.

Se levantó del sillón. Caminó descalzo por la habitación. El piso de madera crujía bajo sus pies. Afuera, Guanajuato dormía. Este pueblo que olía a pasado y a secretos mal enterrados.

Diego se detuvo frente a su maletín. Piel italiana. Combinación digital. Lo abrió.

Adentro, entre contratos y documentos legales, un sobre manila.

Lo sacó. Lo puso sobre el escritorio antiguo. Tomó otro sorbo de whisky.

El sobre contenía su seguro. Sus municiones. Su control.

Primero, una fotografía.

Diego la sacó con cuidado. La sostuvo contra la luz de la laptop.

Dos personas. Un hombre y una mujer. Jóvenes. Demasiado jóvenes. Abrazados frente a una puerta de madera carcomida.

La puerta de la casa que Valeria había heredado. La casa a la que quería llevar a Luca. La casa donde todo había empezado.

El hombre en la foto tenía el brazo alrededor de la cintura de la mujer. Ella se reía. La cabeza echada hacia atrás. El cabello suelto cayendo en ondas. Libre. Feliz de una forma que Diego nunca la había visto. Entrecerró los ojos rabioso de celos.

Y el hombre.

Más joven que ahora. Sin las arrugas. Sin la amargura. Pero inconfundible.

El mecánico.

Volteó la fotografía. En el reverso, con tinta azul desvanecida, una fecha escrita a mano:

Septiembre 2021

Cuatro años atrás. Nueve meses antes de que naciera Luca. Anotó en la hoja de Excel este dato en la primera fila, antes de la llegada de Valeria a la ciudad.

Diego guardó la foto. Sacó el siguiente objeto.

Un collar.

De los años setenta, probablemente. Plata oxidada con una piedra turquesa en el centro. Barato. El tipo de joyería que se vendía en los mercados de artesanías.

Lo sostuvo contra la luz. La cadena estaba enredada. Como si alguien lo hubiera arrancado con prisa. O con rabia.

Se lo había facilitado el suegro. Don Ernesto Mendoza.

El padre que había vendido a su hija por respetabilidad.

CUATRO AÑOS ATRÁS

El teléfono de Diego sonó un martes por la tarde.

Número desconocido. Área de Guanajuato.

Diego estaba en su oficina. Piso quince. Vista al Paseo de la Reforma. Escritorio de caoba. Títulos enmarcados en las paredes.

Contestó al tercer timbrazo.

—Diego Vargas.

—Licenciado Vargas. Disculpe que lo moleste. Me brindó su número el Licenciado Hernández.

Voz de hombre mayor. Educada. Pero con un filo de desesperación mal disimulado.

—¿En qué puedo ayudarlo?

—Mi nombre es Ernesto Mendoza. Necesito hablar con usted. Sobre un asunto... delicado.

Diego se recostó en su silla. Dejó el expediente que estaba revisando.

—¿Qué tipo de asunto?

—Preferiría discutirlo en persona. ¿Estaría disponible para reunirse conmigo?

—¿Cuándo?

—¿Mañana? ¿En su oficina?

Diego revisó su agenda. Tenía dos juntas. Podía moverlas.

—Las tres de la tarde. ¿Le parece bien?

—Perfecto. Muchísimas gracias, licenciado.

Colgaron.

Diego se quedó mirando el teléfono. "Asunto delicado" siempre significaba dinero. O sexo. O ambos.

A las tres de la tarde del día siguiente, Don Ernesto Mendoza entró a su oficina.

Un hombre de sesenta años. Cabello entrecano peinado hacia atrás. Traje gris que había visto mejores días. Zapatos lustrados pero viejos. Clase media alta venida a menos.

Se dieron la mano. Un apretón firme. De hombre a hombre.

—Gracias por recibirme.

—Siéntese. ¿Café? ¿Agua?

—Estoy bien.

Diego cerró la puerta de su oficina. Se sentó frente a Don Ernesto. Lo estudió en silencio.

El hombre estaba nervioso. Sus manos apretaban una carpeta sobre su regazo. Sudaba ligeramente a pesar del aire acondicionado.

—¿En qué puedo ayudarlo?

Don Ernesto respiró hondo.

—Tengo una hija. Valeria. Veinticinco años. Llegará a la ciudad en los próximos días.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.