El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 9: El peso de las mentiras

PRESENTE - Mañana siguiente

La puerta de la casa chirrió como un lamento.

Valeria entró primero, sosteniendo la mano de Luca. El aire olía a polvo y tiempo muerto. La luz del mediodía se filtraba por las ventanas sucias, dibujando rectángulos pálidos en el piso de madera.

—¿Aquí vivía la abuela? —preguntó Luca, mirando alrededor con ojos enormes.

—Sí, mi amor. Tu bisabuela.

—Está feo.

Valeria soltó una risa corta. Amarga.

—Sí. Está feo.

Diego se había quedado en el hotel. "Tengo llamadas de trabajo", había dicho esa mañana, besándola en la frente. "Ve tú con Luca. Empiecen a revisar qué vale la pena quedarse."

Qué vale la pena quedarse.

Como si pudiera reducir los recuerdos de su abuela a una lista de inventario.

Valeria soltó la mano de Luca. El niño corrió hacia el centro de la sala, sus pasos resonando en el silencio.

—¡Eco! —gritó—. ¡Eco, eco, eco!

—Luca, no grites.

—¿Por qué?

Porque este lugar está lleno de fantasmas, pensó Valeria. Porque cada rincón guarda secretos que no quiero que descubras.

—Porque sí. Juega bajito.

Luca se encogió de hombros y se sentó en el piso. Arrojó su camión de metal al suelo. Empezó a hacerlo rodar sobre las tablas, haciendo ruidos de motor.

Valeria se quedó parada en medio de la sala.

Mirando.

Recordando.

Caminó hacia una estantería vieja llena de libros. La madera crujió bajo sus pies. Pasó los dedos por los lomos polvorientos que nadie había tocado en años. Estaba lleno de novelas románticas. Su abuela las coleccionaba. Historias de amores imposibles. De mujeres que elegían al hombre equivocado. De finales que nunca eran felices sino resignados.

Su abuela había amado esas historias porque vivía una.

Había amado a alguien que su familia no aprobó. Se había casado con quien le dijeron. Había sido infeliz toda su vida.

Valeria tocó los lomos de los libros.

El ciclo se repetía. Generación tras generación.

Pero Diego no era tan malo. No la golpeaba. No le gritaba.

Solo... controlaba.

Decidía qué ropa debía usar. Con quién podía hablar. Cuándo podían salir. Dónde vivían.

Revisaba su teléfono cada noche cuando creía que ella dormía.

Le preguntaba dónde había estado. Con quién. Por qué tardó cinco minutos extra.

Pero Diego también tenía sus ventajas.

Ventajas. La palabra apareció en su mente como en una hoja de cálculo. Como Diego le había enseñado a organizar todo. A cuantificar lo incuantificable.

Seguridad. Nunca más preocuparse por dinero. Luca en escuelas privadas. Ropa de marca. Juguetes nuevos como ese camión que ahora mismo rodaba por el piso.

Estatus social. El apellido Vargas. Las puertas que abría. Los restaurantes donde el camarero sabía qué vino servir sin preguntar. Los clubes donde Diego jugaba golf con jueces y senadores.

Protección. Legal. Social. Diego conocía a todos. Si Nicolás alguna vez...

Valeria cerró los ojos.

Si Nicolás alguna vez descubría la verdad y quería pelear, Diego lo aplastaría. Con abogados. Con contactos. Con dinero.

Y Luca tendría un padre. No el suyo. Pero uno que le daba estabilidad. Uno que nunca faltaría.

Y sobre todo: Diego no sabía la verdad.

O eso había creído hasta ayer.

Hasta que lo vio mirar a Nicolás de esa forma. Calculadora. Peligrosa.

"¿Cuánto tiempo crees que podemos quedarnos?"

Esas palabras se le habían clavado en el pecho como astillas.

Diego sospechaba.

Tal vez no sabía. Pero sospechaba.

Y Diego sospechando era casi peor que Diego sabiendo.

Abrió los ojos.

Valeria se apartó del librero.

Caminó hacia la pared del mural. La Virgen sin ojos la miraba sin ver. Valeria puso la mano sobre la pared. Sintió el frío de la pintura descascarada.

Lo que había sentido con Nicolás... nunca había vuelto a sentirlo. Ni siquiera el primer año con Diego, cuando fingía que todo funcionaba.

Amor.

Lo que había sentido con Nicolás, incluso ahora, cuatro años después... era real. Cuando la miraba, la veía. No a una esposa trofeo. No a un objeto que poseer. A ella. A Valeria. No su apellido. No su familia. No lo que podía darle.

Ella. Solo ella.

Libertad.

Nicolás nunca había revisado su teléfono. Nunca había elegido su ropa. Nunca le había dicho "no deberías juntarte con esa amiga, no me gusta cómo te influye."

Con Nicolás había sido libre.

Libre de esconderse, paradójicamente. Libre de ser ella misma en esos momentos robados.

Y Guanajuato.

Este lugar. Estas calles. Este aire que sabía a polvo y buganvilias.

Era hogar.

Y la verdad.

Con Nicolás, no habría más mentiras. Luca conocería a su padre real. Crecería sabiendo de dónde venía. Quién era.

Diego nunca entendería eso. Para él, Guanajuato era pintoresco. Decadente. Un lugar de fin de semana, no de vida.

Pero...

Valeria apartó la mano de la pared.

Pobreza.

Caminó hacia la ventana. Miró hacia el taller de enfrente. Podía ver la sombra de Nicolás moviéndose adentro. Trabajando. Siempre trabajando.

El taller apenas daba para vivir. Luca crecería sin los juguetes caros. Sin las escuelas privadas. Sin las oportunidades que Diego podía darle.

Y la gente hablaría. "La hija de los Mendoza terminó con el mecánico. Qué desperdicio."

Su padre la desheredaría. Ya lo había dicho cuatro años atrás: "Si te juntas con ese hombre, para mí estás muerta."

Inestabilidad.

¿Y si Nicolás se enfermaba? ¿Si el taller quebraba? ¿Si un mes malo se convertía en tres, en seis? ¿Cómo mantendría a un hijo?

Y la herida.

Valeria apretó los puños.

Esa herida que ella le había abierto. Cuatro años sin decirle nada. Cuatro años dejándolo creer que lo había olvidado.

Cuatro años robándole a su hijo.

"Algún día te vas a casar con alguien que tu familia apruebe. Y yo voy a seguir aquí, en este taller de mierda, acordándome de cómo era tenerte."




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