El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 10: Armadura de oro

PRESENTE

Valeria guardó la foto de su madre en el bolsillo del vestido. El papel viejo crujió contra su muslo. Un recordatorio constante.

—Luca, vamos a seguir revisando. A ver qué más encontramos.

El niño ya estaba agachado junto a otra caja. Esta era de madera, cubierta de polvo tan espeso que parecía terciopelo gris.

—¡Mami, mira! ¡Más cosas!

Valeria se arrodilló a su lado. La caja estaba llena de objetos envueltos en papel periódico amarillento. Décadas de vida guardadas sin orden.

Desenvolvió el primero. Una taza con flores pintadas a mano. La taza favorita de su abuela. La que usaba cada mañana para el café.

El segundo. Un rosario de cuentas negras. Gastado. Las cuentas brillaban donde los dedos de su abuela las habían tocado miles de veces.

El tercero. Una peineta de carey. Antigua. Del tipo que ya no se fabricaba.

Y al fondo, envuelto en un pañuelo de seda que alguna vez fue blanco...

Una cajita de terciopelo azul.

Valeria la sacó. El terciopelo estaba desgastado en las esquinas. La caja cabía en su palma.

La abrió.

Los aretes de oro brillaron incluso en la luz tenue.

Eran antiguos. Argollas simples pero pesadas. Oro macizo. El tipo de joyería que se pasaba de madre a hija. De abuela a nieta.

La abuela de Valeria los había usado todos los días. Hasta el día que murió.

Hasta que se los quitaron para el funeral y los guardaron aquí. Esperando.

Valeria se tocó el lóbulo de la oreja. Sentía los aretes discretos que Diego le había comprado. "Van mejor con tu tono de piel, amor. Más elegantes. Más apropiados."

Más controlados.

Sin pensarlo dos veces, se quitó los aretes de Diego. Los dejó caer en la caja de madera. Pequeños. Insignificantes. Olvidables.

Y se puso los aretes de su abuela.

El peso era diferente. Mucho más pesado. Tiraba de sus lóbulos de una forma que casi dolía.

Pero también se sentían... correctos.

Se tocó uno. El metal estaba tibio contra su piel. Como si conservara el calor de todas las mujeres que lo habían usado antes.

Su abuela. Su madre.

Ahora ella.

—¿Te gustan esos, mami? —preguntó Luca.

—Sí, mi amor. Eran de mi abuela.

—¿La que vivía aquí?

—Sí. Ella me los dejó.

Mentira. Su abuela no le había dejado nada específicamente. Pero Valeria sabía que estos aretes eran para ella. Siempre lo habían sido.

Se puso de pie. Caminó hacia el espejo viejo que colgaba en la pared. El azogue estaba manchado. Su reflejo aparecía borroso. Como un fantasma.

Pero los aretes brillaban.

Y por un segundo, Valeria vio a su madre en el espejo.

Joven. Con esos mismos aretes. Mirándola con ojos tristes que decían “no cometas mis errores”.

Demasiado tarde, mamá, pensó Valeria. Ya los cometí todos.

FLASHBACK - Once años atrás

El ataúd era blanco.

Valeria no entendía por qué. Su madre había odiado el blanco. Decía que era el color de la rendición. De las banderas que se agitan cuando ya no queda nada por pelear. De cuando se casó, rendida ante el deber ser luego de no poder luchar más por su verdadero amor.

Pero ahí estaba. En un ataúd blanco. Como el vestido blanco que Valeria nunca la había visto usar. El cabello peinado hacia atrás de una forma que nunca había llevado.

Muerta y todavía no la dejaban ser ella misma.

Valeria tenía quince años. Usaba un vestido negro prestado que le quedaba grande. El único vestido negro que habían encontrado porque ni ella ni su madre usaban negro.

"Los colores son para los vivos", decía su madre. "No dejes que nadie te vista de luto mientras sigas respirando."

Pero ya no respiraba.

Y Valeria estaba vestida de negro de pies a cabeza.

La iglesia estaba llena. Gente que Valeria no conocía. Desconocidos que decían haber sido amigos de su madre. Que contaban historias de una mujer alegre, sonriente, llena de vida.

Mentiras.

Su madre casi nunca sonreía. Solo cuando estaba sola con Valeria en esta casa. En la casa de la abuela. Lejos del padre de Valeria. Lejos de las expectativas y las apariencias.

Aquí, su madre había sido real.

Y ahora estaba muerta.

—Tienes que ser fuerte.

La voz de su padre cortó sus pensamientos. Dura. Fría. Como siempre.

Valeria lo miró. Estaba a su lado con un traje negro impecable. Ni una lágrima. Ni una arruga. Ni una señal de que acababa de perder a su pareja de veinte años.

—Papá...

—La gente está mirando. Párate derecha. Deja de llorar.

Valeria sintió que algo se quebraba dentro de su pecho.

Su madre había muerto hacía dos días. Cáncer que nadie detectó a tiempo porque ella nunca se quejaba. Dolor que soportó en silencio porque eso era lo que se esperaba de ella. Tristeza que nadie nombró aunque todos la veían.

Y su padre le pedía que dejara de llorar.

—¿No estás triste? —susurró Valeria.

—Eso no importa ahora. Hay que mantener la compostura.

—¿Cómo que no importa?

—Valeria. —Su voz era una advertencia—. Contrólate.

Contrólate. Como si el dolor fuera algo que se podía guardar en un cajón. Como si treinta y cinco años de vida pudieran borrarse con buena postura y lágrimas tragadas.

Valeria miró el ataúd blanco.

Vio a su madre ahí dentro. Pálida. Fría. Con maquillaje que la hacía parecer una extraña. Con ese vestido blanco de rendición.

Y vio algo más.

Los aretes.

Los aretes de oro que su abuela le había dado a su madre. Los que su madre usaba todos los días como un recordatorio de quién había sido antes de casarse. Antes de rendirse.

Ahí estaban. En las orejas de un cadáver.

Valeria apretó los puños.

—Quiero quedarme sola con ella.

—No es apropiado.

—No me importa lo que sea apropiado.

—Valeria...

—¡Déjame en paz!

Su voz resonó en la iglesia. La gente se volteó. Escándalo. Siempre el maldito escándalo.




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