PRESENTE
Valeria cerró la caja de madera donde habían estado los aretes. Todavía los sentía pesados en sus orejas. Anclas de oro que la ataban al pasado.
—¿Seguimos buscando, mami?
Luca ya estaba frente a otro mueble. Un escritorio antiguo con cajones que no habían sido abiertos en años. Era un escritorio de esos que pesan más que la historia que guardan. Madera maciza. Cajones hinchados por décadas de humedad.
—Sí, mi amor. A ver qué más encontramos.
Valeria se acercó. Uno de los cajones estaba entreabierto, como si alguien lo hubiera forzado y dejado así. Tiró del primer cajón. Resistió. Tiró más fuerte. Cedió con un chirrido.
Papeles. Montones de papeles amarillentos. Recibos de luz de hacía veinte años. Facturas de una ferretería que ya no existía. Cartas en sobre sin abrir. Estampillas viejas. Toda una vida archivada y olvidada como si los documentos pudieran preservar lo que ya no existe.
—¿Hay algo bueno? —preguntó Luca, poniéndose de puntitas para ver.
—Solo papeles viejos.
Más papeles. Cartas escritas a mano en una letra cursiva que tuvo que descifrar, en un español un poco antiguo que tardó en reconocer. Remitentes de Sigüenza, España.Los parientes de su abuela que nunca conoció porque su padre decía que eran “gente rara que vive en el pasado”.
Cerró ese cajón. Abrió el segundo.
Más de lo mismo. Documentos de la casa. Escrituras. Testamentos. Cosas que tendría que revisar con calma. Algún día. Cuando tuviera estómago para enfrentar la burocracia de heredar fantasmas.
El tercer cajón estaba atascado.
Valeria tiró. No se movió. Tiró más fuerte. Nada.
—¡Te ayudo!—dijo Luca.
—No, mi amor. Está muy duro.
Pero Luca ya había metido sus dedos pequeños en la rendija. Jalaba con toda la fuerza de sus tres años.
—¡Uno, dos, tres!
Tiraron juntos.
El cajón se abrió de golpe. Valeria casi cae hacia atrás.
Y entonces lo vio.
El cajón no estaba lleno de papeles.
Estaba lleno de fotografías.
—¡Mami, mira! ¡Más fotos!
La caja estaba llena de fotografías sueltas. Apiladas sin orden, como revueltas. Algunas boca arriba. Otras boca abajo ocultando secretos. Papel fotográfico amarillento. Esquinas dobladas. Décadas de vida congelada en químicos y luz.
Valeria se arrodilló a su lado. El piso de madera crujió bajo su peso. Empezó a revisar las fotos con manos temblorosas que ya presentían lo que iban a encontrar.
Su abuela joven con su vestido de lunares. La casa cuando las paredes eran blancas y las persianas turquesas brillaban.Su madre de bebé envuelta en la manta que todavía colgaba en algún clóset. Su madre de niña con trenzas y rodillas raspadas.
Y más fotos de su madre.
Adolescente. Con uniforme de secundaria. Sonriendo junto a amigas que Valeria nunca conoció.
Joven. Quizás veinte años. En un jardín que ya no existía. Con un vestido que Valeria había visto en otro álbum.
Y una más.
Valeria extrajo la fotografía despacio.
Su madre. Embarazada. La mano sobre el vientre hinchado. Mirando a la cámara con una mezcla de felicidad y terror que Valeria reconoció porque la había sentido.
Embarazada de ella.
—¿Esa también es la abuela? —preguntó Luca.
—Sí.
—¿Por qué tiene la panza grande?
—Porque iba a tener un bebé.
—¿Quién es?
Valeria tragó saliva.
—Yo.
Luca la miró con ojos enormes. Procesando. Tratando de entender cómo su mamá había estado alguna vez dentro de otra persona.
—¿Y dónde está ella ahora?
El aire se volvió pesado.
—Se fue al cielo, mi amor. Hace mucho tiempo.
—¿Como la bisabuela?
—Sí. Como ella.
Luca asintió satisfecho con la respuesta.
Valeria no podía apartar los ojos de la fotografía.
Su madre embarazada. Joven. Asustada pero tratando de parecer feliz.
Igual que ella cuatro años atrás.
El ciclo. Siempre el maldito ciclo.
Luego de un momento siguió sacando fotos. Ella misma. Bebé. Niña. Adolescente. Y entonces.
Valeria se quedó sin aire.
Una fotografía de ella con dieciséis años.
Con Nicolás.
Estaban en la plaza. Él tenía el brazo sobre sus hombros. Ella se reía de algo que él había dicho. Los dos tan jóvenes que dolía mirarlos. Tan llenos de futuro que no sabían que no tenían ninguno.
Valeria dejó esa foto a un lado. Siguió buscando.
Otra.
Nicolás y ella sentados en una banca. Comiendo elotes. Las manos de ambos manchadas de mayonesa y chile. Nicolás diciéndole algo al oído. Ella con los ojos cerrados riéndose.
Otra.
Nicolás arreglando algo en el taller. Ella sentada en el capó de un auto viejo, viéndolo trabajar con esa sonrisa que reservaba solo para él.
Otra.
Los dos en un festival. Bailando entre la multitud. Borrosos por el movimiento pero inconfundiblemente ellos. Felices de esa forma específica en que solo pueden ser felices los que todavía no saben que el amor no siempre es suficiente.
¿Quién había tomado estas fotos? ¿Su abuela?
Valeria revisó los reversos. Algunos tenían fechas escritas a lápiz. Letra temblorosa pero legible. 2018. 2019. 2020..
Y entonces entendió.
Su abuela sabía.
Siempre había sabido.
Sobre Nicolás. Sobre el amor prohibido. Sobre la relación que Valeria le escondía a su padre pero no a ella.
Y en lugar de juzgarla, su abuela había documentado. Había tomado fotos a escondidas desde la ventana de esta casa. Desde la plaza cuando fingía comprar verduras. Desde esquinas donde nadie la veía.
Había guardado fotos a escondidas. La evidencia de que su nieta había amado de verdad. Aunque fuera al hombre equivocado. Aunque fuera condenado desde el principio.
Las lágrimas cayeron sobre las fotografías antes de que Valeria pudiera detenerlas.
—Abuela… —susurró—. ¿Por qué guardaste esto?
Porque quería que triunfara el amor verdadero.
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Editado: 26.02.2026