El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 12: Dos líneas rosadas

CUATRO AÑOS ATRÁS

El baño olía a lavanda y a miedo.

Valeria estaba sentada en el borde de la bañera. La cerámica fría contra sus muslos. Las manos temblando tanto que apenas podía sostener la prueba de embarazo.

Dos líneas.

Rosadas.

Inequívocas.

El mundo se inclinó. Valeria tuvo que agarrarse del lavabo para no caer. El mármol estaba helado bajo sus dedos. Todo estaba helado. El aire. El piso. Su sangre.

Dos líneas rosadas que cambiaban todo.

Miró la prueba otra vez. Como si mirarla pudiera borrar lo que ya sabía. Como si la realidad fuera negociable.

No lo era.

Estaba embarazada.

De Nicolás.

Y no había estado con nadie más.

Solo Nicolás.

Siempre Nicolás.

Durante seis años, solo él.

Tenía que ser de Nicolás.

Valeria cerró los ojos. Contó hacia atrás. Fecha de su última regla. Cuatro semanas. Cinco. No, seis. Había perdido la cuenta entre las mentiras y los encuentros a escondidas y las noches que se colaban en la casa abandonada como ladrones robando tiempo que no les pertenecía.

Septiembre.

La noche del festival.

La música de la banda se ahogaba entre las risas y el tequila. Nicolás arrastrándola hacia el callejón. Sus manos bajo su falda. La pared fría contra su espalda. El Callejón del Beso donde la leyenda decía que los amantes tenían siete años de felicidad si se besaban en el tercer escalón.

Pero ellos no habían llegado al tercer escalón.

Se habían quedado en el primero. Impacientes. Como si el mundo fuera a acabarse si no se tenían en ese preciso momento.

Siete años de mala suerte para quienes no cumplían la tradición.

No había tiempo para escaleras. No había tiempo para leyendas. No había tiempo para nada excepto para la necesidad que los consumía cada vez que estaban cerca.

Valeria enredó las piernas en su cintura. Él la sostuvo contra la pared. Se movieron juntos. Rápido. Desesperado. Arriba, los cohetes del festival explotaban y ahogaban sus gemidos.

No pensaron en las consecuencias.

No pensaron en protección.

Solo pensaron en el ahora. En el fuego que los quemaba. En el amor que era suficiente hasta que dejaba de serlo.

Terminaron jadeando. Sudados. Temblando.

Se separaron sin mirar atrás.

Habrían visto los escalones.

El primero. El segundo. El tercero.

El que nunca alcanzaron.

Siete años de mala suerte para quienes rompían la tradición.

Mala suerte. Qué forma tan suave de llamarlo.

Nueve meses de consecuencias. Y toda una vida después de los nueve meses.

Valeria abrió los ojos de vuelta en su baño, con la memoria del Callejón del Beso quemándola por dentro.

Soltó una risa que se mezcló con un sollozo.

Miró su reflejo en el espejo del baño. Una chica de veintidós años. Cabello despeinado. Ojos hinchados. Pálida como si toda la sangre se le hubiera ido a otra parte. A formar algo nuevo. Algo que no había pedido. Algo que no podía tener.

Un bebé.

De Nicolás.

El hijo del hombre que su padre odiaba. El hijo del mecánico sin futuro. El hijo del amor prohibido que había terminado hacía... ¿cuánto? ¿Dos días? ¿Tres?

La pelea en el taller. La lluvia. Las palabras que dolían porque eran verdad.

"Algún día te vas a casar con alguien que tu familia apruebe".

Nicolás tenía razón.

Valeria se puso de pie. Las piernas le temblaban. Caminó hacia la puerta del baño. Se encerró con cerrojo aunque estaba sola en la casa. Su padre trabajando. Como siempre. Desde que su madre murió, su padre solo trabajaba. Como si pudiera llenar el vacío con dinero y contratos y cenas de negocios.

Se miró en el espejo otra vez.

Tocó su vientre. Plano. Todavía plano. Nada indicaba que algo crecía ahí dentro. Algo con los ojos de Nicolás. Con sus manos. Con ese temperamento que hervía bajo la superficie como agua a punto de desbordarse.

—No —susurró—. No, no, no.

Pero decirlo no lo hacía menos real.

Valeria se sentó en el piso. Las baldosas frías contra sus piernas desnudas. Abrazó sus rodillas. La prueba de embarazo todavía en su mano. Esas dos líneas rosadas que se burlaban de ella.

Porque Valeria no podía tener este bebé. No podía ser madre soltera a los veintidós años. No podía criar al hijo de un mecánico mientras su padre la miraba con esa decepción fría que era peor que cualquier grito.

No podía.

Pero tampoco podía no tenerlo.

Valeria presionó la frente contra sus rodillas. El llanto llegó en oleadas. Silencioso. Violento. El tipo de llanto que duele en el pecho. Que te deja sin aire. Que te recuerda que estás viva aunque quisieras no estarlo.

¿Cuánto tiempo lloró?

No lo sabía.

Cuando levantó la cabeza, el baño estaba oscuro. El sol se había puesto sin que se diera cuenta. La casa entera estaba en sombras.

Se puso de pie. Las piernas entumecidas. Abrió el grifo del lavabo. Se lavó la cara con agua fría. El reflejo en el espejo seguía siendo el mismo. Ojos rojos. Cara hinchada. Pero algo había cambiado.

Tenía que decidir.

Y tenía que hacerlo ahora.

Dos opciones.

Decirle a Nicolás. Enfrentar esto juntos. Criar a este bebé en un taller mugriento con amor pero sin dinero.

¿Qué haría Nicolás? ¿Se pondría feliz? ¿Le pediría que se quedara con él? ¿Le prometería que todo estaría bien aunque los dos supieran que era mentira?

Y ver la decepción en los ojos de su padre. Ser la vergüenza de la familia.

O no decirle. Resolver esto sola. Abortar. Esconder. Fingir que nunca pasó.

¿Podía hacerlo?

¿Podía terminar con lo que crecía dentro de ella? ¿Lo que era mitad ella y mitad Nicolás? ¿Lo único real que había salido de seis años de amor a escondidas?

No sabía.

No sabía nada.

Solo sabía que tenía miedo.

Miedo de decirle a Nicolás y verlo intentar arreglar algo que no tenía arreglo.




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