CUATRO AÑOS ATRÁS
Valeria encontró a Nicolás afuera de la cantina La Selva.
No era casualidad. Sabía que estaría ahí. Siempre estaba ahí los viernes por la noche. Con los otros mecánicos del taller de don Roberto. Con los albañiles de la obra de la calle Juárez. Con los hombres que olían a trabajo honesto y cerveza barata.
Pero esta noche, Nicolás estaba solo.
Y estaba sangrando.
Valeria lo vio desde la fuente. Apoyado contra la pared del bar. La camisa rasgada. El labio partido. Sangre seca bajo su nariz. Un ojo hinchado que mañana sería negro y morado.
Tenía una botella de tequila en la mano. Casi vacía.
El corazón de Valeria se detuvo.
Había pasado todo el día decidiendo si venía. Mirando su teléfono. Escribiendo mensajes que nunca enviaba. Sintiendo cómo algo crecía dentro de ella mientras el mundo seguía girando como si nada hubiera cambiado.
Pero todo había cambiado.
Y necesitaba decírselo.
Necesitaba que Nicolás supiera.
Aunque no sabía qué pasaría después.
Caminó hacia él. Sus pasos resonaban en el empedrado mojado. Había llovido más temprano. El aire olía a tierra húmeda y a alcohol derramado.
Nicolás levantó la vista cuando la escuchó acercarse. Sus ojos tardaron un segundo en enfocar. Otro en reconocerla.
Cuando lo hizo, algo se endureció en su expresión.
—No —dijo. Su voz salió pastosa. Borracha—. No, no, no. Tú no.
Valeria se detuvo a dos metros de distancia.
—Nicolás...
—¿Qué haces aquí? —Se empujó de la pared. Tambaleó. Se agarró del muro para no caer—. ¿Qué mierda haces aquí?
—Necesito hablar contigo.
Nicolás soltó una risa. Amarga. Sin humor.
—¿Ahora? —Dio un paso hacia ella. Valeria retrocedió instintivamente—. ¿Ahora sí me buscas? ¿Ahora sí existo?
—Por favor, estás borracho...
—¡Claro que estoy borracho! —Nicolás levantó la botella como evidencia salpicando el suelo con tequila—. ¿Qué esperabas? ¿Que estuviera esperándote sobrio? ¿Que estuviera bien?
La voz se le quebró en la última palabra.
Valeria sintió que algo se le apretaba en el pecho.
—¿Qué te pasó? —preguntó, señalando su cara golpeada—. ¿Quién te hizo esto?
—¿Qué más da? —Nicolás se limpió la sangre de la nariz con el dorso de la mano. Solo la corrió—. Un tipo en el bar. Dijo algo. Yo dije algo. Terminamos afuera.
—Nicolás...
—Ganó él, por si te interesa. —Otra risa amarga—. Aunque yo lo golpeé primero. Así que supongo que empate.
Se dejó caer contra la pared otra vez. La botella colgando de su mano cayó al suelo estallando. La cabeza echada hacia atrás. Los ojos cerrados.
Valeria se acercó despacio. Como si se aproximara a un animal herido.
—¿Por qué peleaste?
—Porque quería sentir algo. —Abrió los ojos. La miró y se tomó el pecho a la altura del corazón—. Algo que no fuera esto. Esta mierda que siento cada vez que pienso en ti.
Las palabras la golpearon como puños.
—Lo siento...
—No. —Nicolás se enderezó. Tambaleó otra vez pero no cayó—. No digas que lo sientes. No tienes derecho.
—Sé que no tengo derecho...
—¡Entonces por qué estás aquí! —Gritó. Su voz rebotó en las paredes del callejón—. ¿Por qué viniste? ¿Para qué? ¿Para terminar de destrozarme?
Valeria sintió las lágrimas ardiéndole en los ojos.
La prueba de embarazo pesaba en su bolso como una piedra. Las palabras le quemaban la garganta. "Estoy embarazada. Es tuyo."
Pero al verlo así. Borracho. Sangrando. Roto.
Al escucharlo gritar que ya no quedaba nada entre ellos.
Las palabras se le congelaron en la boca.
—Vine porque... —La voz se le quebró—. Porque quería saber si estabas bien.
—¿Bien? —Nicolás soltó una risa que sonó como un sollozo—. ¿Crees que estoy bien? Mira. Mírame, Valeria.
Se señaló la cara golpeada. La camisa rasgada. La botella en el piso, hecha añicos.
—Esto es lo que queda de mí. Esto es lo que soy sin ti. Un borracho peleándose en callejones porque no sabe cómo dejar de quererte.
Valeria sintió que se le quebraba algo en el pecho.
—Nicolás...
—Vete. —Nicolás cerró los ojos—. Por favor. Si alguna vez me quisiste aunque sea un poco, vete y déjame en paz.
—Pero...
—No queda nada, Valeria. —Abrió los ojos. Y estaban rojos. Vacíos—. Ya no queda nada entre nosotros. Se acabó. Entonces vete y déjame morir en paz.
—No digas eso...
—¿Por qué? ¿Te importa? —Dio un paso hacia ella. Tambaleó. Se sostuvo de la pared—. Si te importara, no habrías venido a buscarme solo para recordarme que te perdí.
Valeria retrocedió. Las lágrimas corriendo por su cara.
No podía decírselo. No así. No cuando estaba destruido. No cuando cada palabra era un cuchillo.
¿Qué ganaría diciéndole ahora? ¿Verlo intentar ser un padre cuando apenas podía tenerse en pie? ¿Atarlo a ella con un bebé cuando acababa de decir que no quedaba nada?
No.
No podía hacerle eso.
—Tienes razón —susurró—. No debí venir.
Nicolás soltó una risa amarga.
—Por fin algo en lo que estamos de acuerdo.
Se dio la vuelta. Se deslizó por la pared hasta quedar sentado en el suelo. Entre los vidrios rotos y el tequila derramado.
Valeria dio un paso atrás. Luego otro.
—Cuídate, Nicolás.
Él no respondió. No la miró.
Valeria se dio la vuelta.
Y se fue.
Caminó por el callejón. Cada paso dolía más que el anterior. La mano apretando su bolso. La prueba de embarazo ahí dentro. El secreto que nunca le diría.
Porque Nicolás tenía razón.
Ya no quedaba nada entre ellos.
Y un bebé no cambiaría eso.
Solo lo haría peor.
Miró hacia atrás una última vez.
Nicolás seguía ahí. Sentado en el suelo. La cabeza entre las manos. Roto.
Y ella se alejó.
Dejándolo en ese callejón.
Sin saber que en días ella estaría huyendo a Ciudad de México.
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Editado: 26.02.2026