El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 14: La presión

CUATRO AÑOS ATRÁS

Valeria entró a su casa a las dos de la mañana.

Esperaba encontrarla a oscuras. Pero todas las luces estaban encendidas.

Y su padre estaba sentado en la sala. Esperándola.

El estómago se le cayó al piso.

—Siéntate.

No era una sugerencia. Era una orden. Del tipo que su padre había perfeccionado en treinta años de ser el hombre más temido en todas las juntas directivas de Guanajuato.

Valeria se quedó parada en el umbral. Los zapatos embarrados de la caminata. El maquillaje corrido por las lágrimas. El bolso apretado contra su pecho como si pudiera proteger lo que llevaba dentro.

—Dije que te sientes.

Valeria se sentó. En el borde del sofá. Lista para salir corriendo si era necesario.

Su padre no la miraba. Tenía la vista fija en un vaso de whisky. El hielo se había derretido completamente. El líquido tibio y amargo como todo en esta casa.

—¿Dónde estabas?

—Salí a caminar.

—No me mientas. —Ahora sí la miró. Y sus ojos grises eran de piedra—. Te vi salir hace tres horas. No sales a caminar tres horas a las once de la noche.

Valeria apretó el bolso.

—Necesitaba pensar.

—¿Pensar en qué?

—En nada. En... cosas.

Su padre tomó un sorbo del whisky aguado. Hizo una mueca. Lo dejó sobre la mesa con un golpe seco que hizo saltar a Valeria.

—¿Sigues viéndolo?

El aire se volvió plomo.

—¿A quién?

—No finjas que no sabes de quién hablo. —Se recostó en el sillón. Cruzó las piernas. La imagen perfecta del hombre que controlaba todo—. Al mecánico. Nicolás.

Escuchar ese nombre en la boca de su padre fue como un bofetada.

—No...

—Te dije que lo dejaras. Te lo dije hace dos años. Cuando descubrí que te escapabas con él como una cualquiera.

Las palabras la golpearon. Valeria sintió que la cara se le calentaba.

—No soy una cualquiera.

—¿No? —Su padre se inclinó hacia adelante—. Entonces dime. ¿Qué clase de mujer se arrastra por los callejones con un hombre que no tiene nada? ¿Que no es nada?

—Él no es...

—¡Él no es nada! —El grito resonó en las paredes—. No tiene educación. No tiene futuro. No tiene un apellido que valga la pena. Es un mecánico de pueblo que se va a quedar en este pueblo mugriento hasta que se muera.

Valeria apretó los puños. Las uñas clavándose en las palmas.

—Eso no significa que sea una mala persona.

—No dije que fuera mala persona. Dije que no es suficiente para ti.

—¿Y quién decide eso? ¿Tú?

—¡Yo! —Su padre se puso de pie. Alto. Imponente. Ocupando todo el espacio—. Yo que trabajé treinta años para darte todo lo que tienes. Yo que te mandé a la mejor universidad. Yo que te di un apellido que significa algo en este estado.

—Yo nunca pedí...

—No importa lo que pidieras. Importa lo que tienes. Y lo que tienes es una responsabilidad. Con esta familia. Con este apellido.

Valeria se puso de pie también. Aunque le temblaban las piernas.

—Ya terminé con él. ¿Está contento? Ya no lo veo.

—Lo sé.

Valeria parpadeó.

—¿Qué?

—Sé que terminaron. —Su padre caminó hacia el mueble bar. Se sirvió otro whisky. Este sin hielo—. Hablé con la madre de él hoy en su panadería. Doña Rosa. Me confirmó que su hijo está destruido. Que lleva días emborrachándose. Peleándose en bares.

El mundo se inclinó.

—¿Hablaste con su madre?

—Tuve que asegurarme de que realmente hubiera terminado. —Tomó un sorbo—. Y lo confirmé. Así que felicidades. Al menos tuviste algo de dignidad al final.

Valeria sintió que se le cerraba la garganta.

—No puedes... no puedes meterte en mi vida así...

—Puedo y lo haré. Mientras vivas bajo mi techo. Mientras lleves mi apellido. Mientras seas mi hija.

Las palabras cayeron como losas.

Valeria se quedó parada ahí. Temblando. Con el bolso todavía apretado contra su pecho.

Y su padre la miró. Realmente la miró.

Algo cambió en su expresión.

—¿Qué escondes?

—Nada.

—Valeria. ¿Qué llevas en ese bolso que lo aprietas como si fuera tu vida?

—Nada. Solo... cosas.

Su padre dejó el vaso. Caminó hacia ella. Valeria retrocedió.

—Dame el bolso.

—No.

—Dije que me des el bolso.

—¡Es mío!

Su padre se lo arrebató. Valeria intentó agarrarlo pero él era más fuerte. Siempre había sido más fuerte.

Abrió el bolso. Volcó el contenido sobre la mesa.

Llaves. Billetera. Celular. Chicles. Lápiz labial.

Y la prueba de embarazo.

Con sus dos líneas rosadas brillando bajo la luz de la lámpara.

El silencio fue absoluto.

Su padre la miró. La caja. Esas dos líneas que lo decían todo.

Cuando habló, su voz era peligrosamente baja.

—¿Cuánto tiempo?

Valeria no podía respirar.

—Papá...

—¿Cuánto tiempo tienes embarazada?

—No sé. Semanas. Un mes tal vez...

—¿Es de él?

Valeria cerró los ojos.

—Sí.

El golpe no llegó. Pero el silencio fue peor.

Cuando Valeria abrió los ojos, su padre estaba sentado otra vez. La cabeza entre las manos. Como si acabara de recibir la peor noticia de su vida.

—¿Lo sabe él?

—No.

—¿Le vas a decir?

—Yo... no sé...

—No le vas a decir. —Su padre levantó la cabeza—. No le vas a decir nada.

—Pero es su hijo...

—¡No es nada! —El grito hizo que Valeria diera un salto—. No es nada hasta que nazca. Y no va a nacer.

El aire desapareció.

—¿Qué?

—Vas a abortar. Mañana. Yo conozco una clínica en Querétaro. Discreta. Profesional. Nadie se va a enterar.

—No...

—O te vas. —Su padre se puso de pie—. Te vas a la Ciudad de México. Lejos de aquí. Lejos de él. Lejos de todo este desastre.

Valeria retrocedió hasta que su espalda chocó con la pared.

—No puedes obligarme...

—¿No puedo? —Su padre caminó hacia ella—. Mira alrededor, Valeria. Esta casa. Tu cuarto. Tu ropa. Tu comida. Todo es mío. Todo lo que tienes es mío. Y si te quedas aquí. Si tienes ese bebé. Si arruinas tu vida y mi apellido por ese mecánico...




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