CUATRO AÑOS ATRÁS
Valeria no bajó a desayunar.
Se quedó en su cuarto con la puerta cerrada. Escuchando los pasos de su padre en el piso de abajo. El tintineo de la taza de café. El periódico desplegándose. La rutina matutina de un hombre que acababa de abofetear a su hija y dormía como si nada hubiera pasado.
La mejilla todavía le ardía.
Se miró en el espejo. La marca estaba ahí. Roja. En forma de cinco dedos. Evidencia de que todo lo de anoche había sido real.
Tocó su vientre. Plano. Vacío en apariencia. Pero creciendo algo que cambiaría todo.
Tenía que irse. Hoy. Antes de que su padre la arrastrara a esa clínica en Querétaro.
Pero ¿a dónde?
No tenía dinero. No tenía trabajo. La universidad había terminado hacía meses y había rechazado las ofertas de empleo porque pensaba que... que Nicolás y ella encontrarían la forma. Que el amor sería suficiente.
Qué estúpida había sido.
Un golpe en la puerta la hizo saltar.
—Valeria. —La voz de su padre. Calmada. Demasiado calmada—. Necesitamos hablar.
—No tengo nada que decirte.
—Pasé una mala noche pensando en esto. —Una pausa—. En tu madre. En lo que ella hubiera querido para ti.
Valeria apretó los puños. Usar a su madre muerta como arma era típico de él.
—Mamá hubiera querido que fuera feliz.
—Tu madre hubiera querido que tuvieras opciones. —Su voz se suavizó—. Que no cometieras sus mismos errores. Por favor. Déjame entrar.
Valeria abrió la puerta.
Su padre estaba en el pasillo. Sin traje esta vez. Camisa arrugada. Pantalones de casa. Como si realmente hubiera pasado mala noche. Sostenía una taza de café en cada mano.
—Te traje café. —Le extendió una—. Como te gusta. Con leche.
Valeria tomó la taza pero no bebió. Era un gesto de paz. O de manipulación. Con su padre, nunca se sabía.
Él entró sin esperar invitación. Se sentó en la silla del escritorio. Bebió su café despacio.
—He estado pensando en lo que dijiste anoche. Sobre tu madre.
Valeria se quedó parada junto a la puerta. Lista para huir si era necesario.
—Tenías razón. —Su padre miró su taza—. Tu madre amó a alguien antes que a mí. Un músico. Sin futuro. Sin nada que ofrecer excepto canciones bonitas y promesas vacías.
Valeria nunca había escuchado esta historia. No así. No de su boca.
—Su familia lo alejó. Le presentaron pretendientes. Hombres de bien. Yo era uno de ellos. —Tomó otro sorbo—. Y ella eligió. No por amor. Por sensatez. Para darle a sus futuros hijos una vida estable.
—Y fue infeliz toda su vida.
—Fue infeliz porque nunca dejó ir al músico. —Su padre finalmente la miró—. Porque siguió amándolo en secreto. Porque se pasó veinte años preguntándose "qué hubiera pasado si."
El silencio se extendió entre ellos.
—Yo no quiero que seas como tu madre, Valeria. No quiero que pases tu vida atrapada entre lo que fuiste y lo que podrías haber sido.
Valeria sintió que algo se le aflojaba en el pecho.
—¿Entonces qué quieres?
Su padre dejó la taza sobre el escritorio.
—Quiero que tengas un nuevo comienzo. Limpio. Donde nadie te conozca como "la hija de Ernesto Mendoza que se embarazó del mecánico."
Las palabras dolieron. Pero eran verdad.
—No tengo dinero para irme.
—Lo sé. Por eso hice unas llamadas.
Ahí estaba. Valeria esperó.
—Tengo un socio de negocios en Ciudad de México, que me recomendó a un abogado, el Licenciado Diego Vargas. Está buscando una asistente para su oficina. Hablaré con él para que te elija para el puesto. De que eres inteligente. Organizada. De tu carrera. De que acabas de terminar la universidad y estás buscando oportunidades.
—¿Le dirás del bebé?
—No. —Negó con la cabeza—. Eso es tu decisión. Tu vida privada no es asunto suyo. A menos que tú decidas hacerlo asunto suyo.
Valeria procesó las palabras. Un trabajo. En la ciudad. Lejos de aquí.
—Diego es... diferente. No es como los hombres de aquí. Es joven. Exitoso. Pero solitario. Se dedica tanto a su carrera que olvidó construirse una vida.
Había algo en el tono de su padre. Algo que Valeria no podía descifrar.
—No entiendo por qué haría esto por mí. No me conoce.
—Por mí. Y por mi socio, que es su socio también. —Su padre caminó hacia la ventana—. Pero no es ningún favor. Eres exactamente el tipo de persona que necesita. Eficiente. Discreta. Que entiende que el trabajo profesional requiere cierta... distancia de las complicaciones personales.
Valeria sintió que algo no cuadraba. Pero no sabía qué.
—¿Cuándo tendría que irme?
—Cuando estés lista. Una semana. Dos. —Se volteó hacia ella—. Te ayudaré con los gastos iniciales. Departamento. Muebles básicos. Hasta que recibas tu primer sueldo.
Era demasiado perfecto. Demasiado conveniente.
—¿Y qué ganas tú con todo esto?
Su padre la miró durante largo rato.
—Gano que mi hija no cometa los mismos errores que su madre. Gano que mi nieto nazca con oportunidades. Gano no tener que ver cómo el pueblo te destruye con sus chismes.
Hizo una pausa.
—Y gano no verte casada con un hombre que no puede darte nada excepto más pobreza y más resentimiento.
Ahí estaba. La verdad bajo todas las palabras bonitas.
—Nicolás no es...
—Nicolás es un buen muchacho. —Su padre levantó la mano—. Trabajador. Honesto. Pero eso no paga las cuentas cuando tienes un hijo que alimentar.
Valeria se tocó el vientre.
Su padre se acercó. Le puso una mano en el hombro. El primer gesto de afecto en años.
—Sé que piensas que soy el villano de esta historia. Que te estoy alejando del gran amor de tu vida. —Su voz se suavizó—. Pero en veinte años, cuando tu hijo esté en la universidad, cuando tenga oportunidades que Nicolás nunca podría darle... vas a entender que hice lo correcto.
Valeria sintió las lágrimas ardiéndole en los ojos.
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Editado: 26.02.2026