El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 16: La fuga

CUATRO AÑOS ATRÁS

Pasaron tres días.

Tres días encerrada en su cuarto. Tres días de escuchar a su padre bajar las escaleras cada mañana. Tres días de fingir que dormía cuando su abuela tocaba la puerta con platos de comida que apenas probaba.

Tres días mirando por la ventana esperando ver a Nicolás.

Nunca lo vio.

Como si él también se estuviera escondiendo del mundo.

O como si el mundo se hubiera acabado y ninguno de los dos se había dado cuenta.

Al tercer día, Valeria se miró en el espejo.

La marca de la bofetada había desaparecido. Pero algo en sus ojos se veía diferente. Más viejo. Más cansado.

Tocó su vientre. Todavía plano. Todavía guardando el secreto.

Respiró hondo.

Y bajó las escaleras.

Su padre estaba en su estudio. Revisando documentos. Como siempre. Como si no hubiera pasado nada. Como si su hija no estuviera a punto de tomar la decisión más importante de su vida.

Valeria tocó la puerta abierta.

Su padre levantó la vista.

—Acepto.

Las palabras salieron firmes. Más firmes de lo que se sentía.

Su padre asintió. Sin sonreír. Sin celebrar.

—Haré los arreglos.

Eso fue todo.

No hubo abrazos. No hubo “tomaste la decisión correcta”. No hubo nada excepto un hombre que acababa de ganar y una hija que acababa de perder.

Valeria subió de vuelta a su cuarto.

Y empezó a empacar su vida.

Una semana después, Valeria estaba parada en la terminal de autobuses.

La maleta a sus pies. La mochila en sus hombros. Y un nudo en la garganta que no la dejaba respirar.

Su abuela estaba a su lado.

Lloraba en silencio. Las lágrimas corriendo por sus mejillas arrugadas. Sostenía las manos de Valeria entre las suyas. Manos viejas. Manos que habían amasado pan toda su vida. Manos que olían a canela y a casa.

—No tienes que irte —susurró su abuela—. Puedes quedarte conmigo. En mi casa. Tu abuelo y yo te ayudaríamos...

—Abuela...

—Tu padre está equivocado. El amor sí importa. El amor sí es suficiente.

Valeria sintió que se le quebraba algo en el pecho.

—No en este caso.

—Ese muchacho te ama. Lo he visto. La forma en que te mira...

—Ya no me mira. —Valeria se limpió una lágrima—. Terminamos, abuela. Hace días. Ya no hay nada entre nosotros.

No era completamente mentira. Pero tampoco era toda la verdad.

Su abuela apretó sus manos.

—Si algún día necesitas volver... —Su voz se quebró—. Si algún día todo se vuelve demasiado pesado... mi casa siempre será tu hogar. ¿Me oyes? Siempre.

Valeria asintió. No confiaba en su voz.

—Y esto. —Su abuela le extendió un sobre—. Guárdalo. No lo abras hasta que realmente lo necesites.

Valeria tomó el sobre. Pesaba. Como si contuviera algo más que papel.

—¿Qué es?

—Dinero. No mucho. Pero suficiente para un boleto de regreso. Por si acaso.

—Abuela, no puedo...

—Tómalo. —Su abuela cerró los dedos de Valeria alrededor del sobre—. Por favor. Para mi tranquilidad.

El altavoz crepitó. “Último llamado, destino Ciudad de México, Terminal del Norte, puerta tres. Favor de presentar su boleto e identificación oficial”.

Era hora.

Valeria abrazó a su abuela. Fuerte. Como si pudiera llevarse ese olor a canela y a seguridad dentro de la maleta.

—Te amo —susurró.

—Y yo a ti, mija. —Su abuela le besó la frente—. Cuídate.

Valeria se apartó. Agarró su maleta.

Y sin mirar atrás, caminó hacia el autobús.

El asiento olía a desinfectante barato y a desesperación.

Valeria se sentó junto a la ventana. Puso la mochila en su regazo. La maleta en el compartimento superior.

El autobús empezó a llenarse. Una señora con tres niños. Un hombre con overol manchado de pintura. Una pareja joven que se besaba como si el mundo fuera a acabarse.

Valeria miró por la ventana.

Su abuela seguía ahí. Parada en la terminal. Llorando. Una mano levantada en despedida.

Valeria levantó la suya.

El motor del autobús rugió. Las puertas se cerraron con un silbido neumático.

Y empezaron a moverse.

Valeria vio a su abuela hacerse más pequeña. Luego desaparecer.

El autobús salió de la terminal y se internó en la garganta de piedra de los túneles.

A través de la ventana, Guanajuato desfilaba en fragmentos de luz. Cruzaron por debajo de la plaza principal. Valeria vio como pasaban cerca del mercado donde su madre solía comprar, con su olor a fruta y piedra húmeda.

Y entonces, el autobús redujo la marcha al pasar por la entrada de aquel callejón. El Callejón del Beso.

Visto desde ahí abajo, parecía más estrecho y más triste de lo que recordaba.

Valeria cerró los ojos.

No quería ver los escalones. El primero. El segundo. El tercero que nunca alcanzaron.

Siete años de mala suerte para quienes rompían la tradición.

Abrió los ojos cuando el autobús aceleró.

Siguió adelante. Hacia la carretera. Hacia la salida del pueblo.

Pasaron el letrero. "Feliz viaje. Guanajuato agradece su visita”.

Y Valeria lloró.

Lloró en silencio. Con la cara contra la ventana. Viendo cómo su pueblo se hacía más pequeño. Más lejano. Más imposible de alcanzar.

Y en Guanajuato, en un taller cerrado, Nicolás se despertó sin saber que Valeria se había ido, sin decirle adiós, ni buscarlo, sin explicarle. Solo se fue como un fantasma que desaparece en la niebla.

Sin decirle que llevaba a su hijo.

Ninguno de los dos sabía que pasarían cuatro años sin verse.

Y que cuando se vieran, ella llevaría el apellido de otro hombre.

Y su hijo también.




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