El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 17: Ciudad de humo

CUATRO AÑOS ATRÁS

Mientras el autobús se alejaba de Guanajuato, y las calles empedradas y las casas coloniales se hacían más pequeñas en la distancia, Valeria lloró.

Lloró por Nicolás. Por lo que habían tenido. Por lo que nunca serían.

Lloró por su hijo. Por el padre que nunca conocería. Por las mentiras que tendría que sostener.

Lloró por ella misma. Por la cobarde en la que se había convertido.

Pero no se bajó del autobús.

Solo siguió adelante.

Hacia la Ciudad de México. Hacia Diego Vargas. Hacia un plan que su padre había tejido con palabras de preocupación paterna pero que olía a algo más oscuro.

Algo que Valeria no alcanzaba a ver todavía.

Pero que cambiaría su vida para siempre.

El autobús se detuvo primero en la Central de Querétaro. Valeria observó desde su ventana el desfile de rostros nuevos que buscaban su asiento en el pasillo, deseando que nadie ocupara el lugar vacío a su lado.

Valeria bajó tambaleándose y empujando a los pasajeros que entraban. El mareo había empezado hacía media hora. Olas de náusea que subían y bajaban como mareas.

Corrió al baño.

Llegó justo a tiempo.

Vomitó todo lo que no había desayunado. El estómago vacío expulsando bilis amarga. El cuerpo rechazando lo que crecía dentro.

O rechazando la decisión que había tomado.

Se lavó la cara con agua fría. Se miró en el espejo sucio.

Pálida. Sudada. Rota.

Esto es lo correcto, se dijo. Por el bebé. Por su futuro.

Vomitó otra vez.

La siguiente parada fue después de una hora.

El autobús se detuvo en el Parador San Pedro en Palmillas. Se escuchó el suspiro de los frenos de aire y la voz del chofer anunciando diez minutos de descanso.

Otro baño en la ruta.

Más vómito.

Una señora con tres niños le ofreció galletas saladas.

—Para el mareo —dijo con una sonrisa conocedora—. ¿De cuánto?

Valeria parpadeó.

—¿Qué?

—De cuántos meses. —La señora señaló su vientre—. Se te nota en la cara. Ese brillo. Y las náuseas.

Valeria sintió que el mundo se inclinaba.

—Un mes. Tal vez.

—Ah, lo peor. —La señora le dio unas palmaditas en la mano—. Ya pasará. Para el tercer mes te sentirás mejor.

Valeria tomó las galletas. No porque tuviera hambre. Sino porque necesitaba hacer algo con las manos.

—¿Vas sola?

Valeria asintió.

—A Ciudad de México. Tengo trabajo allá.

—¿Y el papá?

Las palabras se le atoraron en la garganta.

—No... no está en el panorama.

La señora la miró con lástima. Del tipo que Valeria odiaría el resto de su vida.

—Ay, mija. Qué difícil. Pero vas a ver que sales adelante. Todas salimos adelante.

Valeria mordió una galleta. Sabía a cartón y a mentiras.

—Gracias.

Volvieron al autobús.

Cuando el autobús cruzó la caseta de Tepotzotlán, Valeria supo que no había vuelta atrás. Las luces de la Ciudad de México se extendían como un mar de fuego frente a ella. Ya no eran los faroles tenues de Guanajuato; era un resplandor eléctrico que lo devoraba todo.

El mareo había disminuido. O se había acostumbrado. O simplemente no le quedaba nada que vomitar.

Afuera, el cielo se teñía de naranja y morado. El tipo de atardecer que Nicolás hubiera fotografiado. Que le hubiera mostrado. Que hubieran visto juntos desde el mirador.

Valeria sacó su teléfono.

Tenía tres mensajes sin leer.

Todos de números que no conocía.

No los abrió.

Y tampoco le escribió a Nicolás.

Era mejor el silencio.

El silencio era más amable que la verdad.

Guardó el teléfono.

Y mientras el autobús seguía por la carretera, mientras la oscuridad tragaba el paisaje, Valeria se tocó el vientre.

—Te voy a dar una buena vida —susurró—. Aunque me cueste todo.

Llegaron a Ciudad de México a las nueve de la noche.

La Terminal del Norte era un monstruo de concreto y luces fluorescentes. Un túnel infinito de gente corriendo, gritando y viviendo vidas que no incluían a Valeria. Ella bajó del autobús con las piernas temblorosas, sintiendo todavía el zumbido del motor en los huesos.

Agarró su maleta. Su mochila. El sobre que su abuela le dio, guardado todavía en el bolsillo interior.

Caminó por el pasillo larguísimo siguiendo el flujo de la multitud, como un pez muerto arrastrado por la corriente. Cruzó las puertas de cristal y, de repente, la ciudad la golpeó como una bofetada.

Afuera, en la parada de taxis, el aire era distinto. El ruido de las bocinas, el tráfico del Eje Central, el humo de los camiones y ese olor denso a gasolina, a comida frita y a millones de personas viviendo encima de otras millones de personas.

Valeria se quedó parada en la acera, la maleta a sus pies. El frío de la ciudad era diferente al de los cerros; era un frío sucio, cargado de hollín.

Su padre le había dicho que le conseguiría un lugar. "Los primeros meses, hasta que te establezcas". Pero no había dicho dónde. Ni cuándo. Ni cómo.

Sacó su teléfono. Lo desbloqueó con dedos torpes. Tenía un mensaje nuevo de él: "Departamento en la Roma. Dirección adjunta. Llave con el portero. Te deposité para el primer mes. Mañana te llamo".

Eso fue todo.

No "llegaste bien." No "cuídate." No "te quiero."

Solo información. Fría. Eficiente. Como todo lo que su padre hacía.

Valeria copió la dirección. Abrió la aplicación del mapa.

Nueve kilómetros. Dos horas caminando. Imposible.

Media hora en taxi.

Miró su billetera. Tenía el efectivo que su padre le había dado "para emergencias", había dicho. Esto contaba como emergencia.

Fue directo al puesto de taxis autorizados, pagó el viaje al barrio de la Roma y se entregó al movimiento del automóvil. El conductor, un hombre mayor de uniforme impecable, guardó su equipaje en el maletero sin decir una palabra.

El taxi olía a ambientador de pino y a cigarrillos viejos. El taxista prendió la radio. Una estación de noticias hablando sobre el tráfico, sobre la política, sobre cosas que a Valeria no le importaban.




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