CUATRO AÑOS ATRÁS
El departamento olía a productos de limpieza y a soledad.
Valeria estaba acostada en el colchón desnudo. Solo ella y la maleta sin abrir a un costado como testigo mudo de su huida.
Afuera, la Ciudad de México rugía. Coches. Sirenas. Voces que no conocía. Una sinfonía urbana que nunca dormía. Tan diferente al silencio de Guanajuato. Tan diferente a todo lo que había conocido.
Cerró los ojos. Las lágrimas corriendo por sus sienes. Mojando el colchón bajo su cabeza.
Se tocó el vientre. Cinco semanas. Todavía no se notaba. Todavía podía fingir que no era real. Que las dos líneas rosadas habían sido un error. Que su vida no acababa de romperse en pedazos.
Mañana conocería a Diego Vargas. El abogado. El salvador. El hombre que su padre había elegido para rescatarla de sus propias decisiones.
Mañana empezaría la mentira.
Pero esta noche… Esta noche todavía era solo Valeria.
Y el fantasma de Nicolás.
Aunque estuviera a trescientos kilómetros de distancia. Aunque nunca volvería a verlo. Aunque lo había dejado sin despedirse.
Los aretes de oro de su abuela pesaban en sus orejas. Se los había puesto antes de subir al autobús. Como armadura. Como recordatorio de todas las mujeres de su familia que habían amado mal. Que habían elegido la seguridad sobre el corazón.
Su madre en ese vestido de luto del funeral. Pálida. Muerta demasiado joven.
Su abuela guardando fotografías en cajones secretos. Evidencia de amores que nunca debieron terminar.
Y ahora ella.
Huyendo.
Escondiendo.
Repitiendo el ciclo.
Cerró los ojos con fuerza.
Y el sueño llegó. Turbio. Mezclado con recuerdos que dolían más que cualquier verdad.
Estaba en el taller.
No el taller real. El taller de sus recuerdos. Donde Nicolás todavía la miraba como si fuera lo único que importaba en el mundo.
Él estaba bajo un auto. Solo las piernas visibles. Jeans desgastados. Botas manchadas de grasa. Ese Nicolás que trabajaba doce horas diarias para sobrevivir. Ese Nicolás que su familia consideraba insuficiente.
—¿Nicolás?
Se deslizó de debajo del auto. La camiseta blanca pegada al pecho por el sudor. El cabello despeinado. Esas manos manchadas de grasa que conocía mejor que las suyas propias.
—Valeria. —Su voz. Dios, esa voz que la perseguiría el resto de su vida—. Pensé que te habías ido.
—Me fui.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
No lo sabía. Solo sabía que el taller se sentía más real que el departamento vacío donde su cuerpo dormía. Más real que la ciudad de millones donde nadie la conocía.
—Necesitaba verte.
Nicolás caminó hacia ella. Despacio. Como si tuviera miedo de que desapareciera si parpadeaba. Se detuvo a centímetros de distancia. Tan cerca que podía oler el aceite de motor. El sudor. Ese olor a Nicolás que se le había metido en la piel durante seis años y nunca saldría.
—¿Por qué te fuiste sin decirme?
Porque estoy embarazada. Porque tu hijo crece dentro de mí. Porque si te lo dijera, intentarías arreglarlo y arruinarías tu vida también.
Pero las palabras se le atoraron en la garganta.
—No podía quedarme.
—¿Por qué no?
Valeria se acercó más. Puso las manos en su pecho. Sintió el calor atravesando la tela sudada. El corazón de él latiendo bajo sus palmas.
Vivo.
Real.
Todo lo que acababa de perder.
—No quiero hablar.
—¿Qué quieres?
La respuesta estaba en la forma en que lo miraba. En cómo se aferraba a su camisa. En el espacio que desapareció entre ellos.
—Solo esto. Solo tenerte una última vez.
Nicolás la besó.
Y fue como volver a casa.
Sus labios sabían a tabaco y a café frío. A todas las mañanas que había despertado junto a él. A todas las noches robadas en lugares donde nadie los juzgaba. A seis años de amarlo a escondidas.
Valeria se aferró a él. Jalándolo más cerca. Como si pudiera grabar este momento en su piel y llevárselo a Ciudad de México. Como si los besos fueran suficientes para llenar el vacío que vendría.
Las manos de Nicolás bajaron por su espalda. Encontraron su cintura. La apretaron con esa mezcla de ternura y desesperación que siempre la desarma.
—Te extrañé. —Su voz contra su boca—. Cada día.
—Yo también.
No era mentira. Incluso en el sueño. Incluso sabiendo que nada de esto era real.
La empujó suavemente hacia atrás. Hasta que su espalda chocó con la pared fría. Las herramientas colgadas tintinearon con el impacto. Un sonido que conocía de memoria.
La besó más fuerte. Sus manos subiendo. Encontrando el borde de su blusa.
—¿Estás segura?
La pregunta que siempre hacía. Incluso en los sueños. Incluso cuando ambos sabían la respuesta.
—Sí.
Valeria cerró los ojos cuando él le quitó el vestido. Despacio. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Como si ella no fuera a desvanecerse con el amanecer.
—Eres tan hermosa.
Las lágrimas escaparon antes de que pudiera detenerlas.
Porque esto no era real.
Porque en el mundo real, estaba sola en un colchón en un departamento vacío que desconocía.
—Mírame. —La voz de Nicolás. Firme—. Valeria, mírame.
Abrió los ojos.
Él la miraba con esa intensidad que la quemaba. Como si pudiera ver todas sus mentiras. Todas sus defensas. Como si supiera que llevaba su hijo dentro y no se lo había dicho.
—Estás llorando.
—Lo siento.
—No. —Le limpió las lágrimas con el pulgar—. No te disculpes. Solo... quédate conmigo. Aunque sea en esto. Aunque no sea real.
Sabía. Incluso en el sueño, sabía que esto era solo un fantasma. Una ilusión. Un último adiós que ella necesitaba antes de empezar a mentir mañana.
Valeria asintió.
Y se entregó al sueño.
Se besaron con urgencia. Con desesperación. Con todo lo que no podían decirse. Las manos de él memorizando cada curva. Cada lunar. Cada centímetro de piel que pronto sería solo recuerdo.
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Editado: 26.02.2026