CUATRO AÑOS ATRÁS
Valeria despertó con el sabor del sueño todavía pegado a la garganta.
Por un segundo horrible, no supo dónde estaba. El techo era blanco. Plano. Sin las manchas de humedad que conocía de memoria. Sin las grietas que había trazado con los ojos mil veces mientras Nicolás dormía a su lado.
Entonces recordó.
Ciudad de México.
El departamento vacío.
La fuga.
Se incorporó demasiado rápido. El mareo llegó en oleadas. Tuvo que agarrarse del colchón para no caer. Respiró hondo. Una vez. Dos. Tres.
Las náuseas empezaban temprano ahora.
Miró el reloj en su teléfono. 7:23 AM.
Tenía menos de dos horas para conocer a Diego Vargas.
Se levantó. El piso estaba frío bajo sus pies descalzos. Caminó hacia el baño. Era diminuto. Apenas cabía la taza del inodoro, un lavabo manchado y una regadera con cortina de plástico que olía a moho.
Abrió la llave de la regadera. El agua salió helada. Esperó. No se calentó.
Por supuesto que no.
Se duchó de todas formas. El agua fría la despertó de golpe. La obligó a estar presente. A dejar de pensar en el sueño. En Nicolás. En las manos que todavía sentía fantasmas sobre su piel.
Salió temblando. Se envolvió en la toalla más delgada del mundo. Se miró en el espejo del lavabo.
Pálida. Ojeras moradas. Los labios agrietados. Los aretes de oro recién puestos, lo primero que se colocó al vestirse, brillando como único rastro de quien había sido.
Tenía que verse bien. Profesional. Como la clase de mujer que Diego Vargas contrataría sin hacer preguntas incómodas.
Abrió su maleta. La había dejado en medio de la sala. Sin desempacar. Como si todavía pudiera arrepentirse. Como si todavía pudiera volver.
No podía.
Sacó su mejor atuendo. Lo plancharía con las manos. No tenía plancha. No tenía nada excepto la ropa que había empacado a las carreras y el peso de un secreto que crecía cada día.
Se vistió despacio. Blusa blanca. Falda azabache a la rodilla. Los zapatos de tacón bajo que le había regalado su madre antes de morir. “Para cuando necesites verte seria”.
Se maquilló. Poco. Solo lo suficiente para esconder las ojeras. Para parecer alguien que no había pasado la noche llorando.
Se quitó los aretes de oro.
Los miró en la palma de su mano. Pesados. Cargados de historia. De todas las mujeres que los habían usado antes. Que habían amado mal. Que habían elegido la seguridad sobre el corazón.
Los guardó en el cajón de la mesa de noche.
Decidió que hoy no los necesitaba.
O tal vez no quería que vieran lo que iba a hacer. Que la familia de su mamá no se entere de la mentira a la que se iba a embarcar.
Se puso unos aretes pequeños. Discretos. Del tipo que no llamaban la atención.
Se miró en el espejo una última vez.
Valeria Mendoza. Veinticinco años. Licenciada en Administración. Buscando oportunidades en la gran ciudad.
No: Valeria Mendoza. Embarazada de cinco semanas. Huyendo del padre de su hijo. A punto de mentirle a un completo extraño para sobrevivir.
Respiró hondo.
Salió del departamento a las 8:15.
La oficina de Diego Vargas se ubicaba en Polanco. Una torre de cristal de quince pisos. La recepción tenía un suelo de mármol tan pulido que reflejaba las luces del techo como un espejo.
Valeria entró sintiendo que todos la miraban. Que todos sabían que no pertenecía ahí. Que su blusa estaba arrugada. Que sus zapatos estaban viejos. Que ella era una impostora jugando a ser profesional.
—¿La puedo ayudar?
La recepcionista la miraba desde detrás de un escritorio que costaba más que todo el departamento de Valeria. Perfectamente maquillada. Perfectamente vestida. Perfectamente falsa.
—Tengo cita con el Licenciado Vargas. A las nueve.
—¿Nombre?
—Valeria Mendoza.
La recepcionista revisó su computadora. Tecleó. Frunció el ceño. Tecleó otra vez.
—Aquí está. Entrevista de trabajo. Piso quince. El elevador está a la derecha.
—Gracias.
Valeria caminó hacia los elevadores sintiendo las piernas de gelatina. Apretó el botón. Esperó.
Las puertas se abrieron. Entró. Apretó el 15.
Se miró en el reflejo de las puertas del ascensor. Trataba de arreglarse el cabello, pero sus manos todavía temblaban.
Las puertas se cerraron.
Y mientras el elevador subía, Valeria cerró los ojos.
No pienses en Nicolás. No pienses en el bebé. No pienses en nada excepto sobrevivir los próximos treinta minutos.
El elevador se detuvo.
Cuando las puertas se abrieron en el piso quince, el aire acondicionado la recibió con una ráfaga helada. Ya no olía a gasolina ni a comida frita; olía a perfume caro y a decisiones tomadas a puerta cerrada.
La asistente que la recibió era mayor. Cuarenta y tantos. Cabello gris perfectamente peinado. Traje sastre azul marino. Sonrisa profesional que no llegaba a los ojos.
—Valeria Mendoza, supongo.
—Sí.
—Soy Patricia. Asistente ejecutiva del Licenciado Vargas. Él la recibirá en un momento. ¿Gusta café? ¿Agua?
—Agua, por favor.
Patricia le trajo un vaso de cristal con agua mineral. Valeria lo tomó con manos que temblaban ligeramente. Bebió. El agua estaba fría. Perfecta.
—El Licenciado terminará su llamada en breve. Por favor, tome asiento.
Valeria se sentó en uno de los sillones de la sala de espera. Cuero negro. Cómodo. Revistas de negocios en la mesa de centro. Todo impecable. Todo controlado.
Esperó.
Cinco minutos se sintieron como una hora.
Y entonces, una puerta se abrió.
—Señorita Mendoza, puede pasar.
Valeria se puso de pie. Alisó su falda. Respiró hondo.
Y entró.
Diego Vargas estaba de pie junto a la ventana.
De espaldas. Mirando la ciudad que se extendía quince pisos abajo. Las manos en los bolsillos. Traje gris perfectamente cortado. Zapatos italianos que brillaban incluso desde la distancia.
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Editado: 26.02.2026