CUATRO AÑOS ATRÁS
La oficina olía a papel nuevo y a café caro.
Valeria se quedó parada frente al escritorio que ahora era suyo. Madera clara. Computadora de última generación. Una lámpara de escritorio que costaba más que un mes de renta en Guanajuato. Todo impecable. Todo perfectamente organizado.
Todo ajeno. Tocó sus orejas como en un acto reflejo. Los aretes discretos, pequeños. No los de oro. Esos seguían guardados en el cajón del departamento, como testigos que no quería convocar.
Había pasado una semana desde su llegada a Ciudad de México. Siete días que se sentían como siete años. El departamento vacío. Las náuseas matutinas que la obligaban a levantarse a las cinco de la mañana para vomitar en silencio. El peso del secreto creciendo dentro de ella junto con el bebé.
Seis semanas ahora. Todavía no se notaba. Pero pronto lo haría.
Necesitaba un plan.
Necesitaba un hombre que creyera que ese bebé era suyo.
Y Diego Vargas era exactamente el tipo de hombre que su padre había elegido para ese propósito.
Valeria se sentó en la silla. El cuero crujió bajo su peso. Encendió la computadora. La pantalla se iluminó con el logo de la firma. Vargas & Asociados. Soluciones legales integrales.
Soluciones. Qué palabra tan limpia para describir lo que hacían los abogados. Arreglar problemas. Esconder verdades. Negociar mentiras hasta que parecieran legales.
Tal vez Diego podría arreglar su problema también.
Aunque él no lo sabría.
La puerta de la oficina contigua se abrió. Diego salió con un expediente en la mano. Traje gris. Camisa blanca sin una arruga. Corbata azul marino perfectamente anudada. Ese look de "tengo todo bajo control" que hacía que los clientes confiaran en él.
Y que a Valeria le recordaba todo lo que Nicolás nunca sería.
—Buenos días. —Diego se detuvo junto a su escritorio—. ¿Lista para tu primer día oficial?
—Lista.
—Bien. —Dejó el expediente frente a ella—. Este es el caso Valdez. Necesito que digitalices todos estos documentos. Escanea, organiza por fecha, súbelos a la carpeta compartida. ¿Alguna pregunta?
—Ninguna.
Diego la estudió durante un segundo más de lo necesario. Como si pudiera ver a través de su blusa. A través de su piel. Hasta el secreto que ocultaba.
—Patricia te puede evacuar cualquier duda simple, y si ella no puede me consultas a mí.
—Gracias.
Se fue. Valeria soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo.
Abrió el expediente. Páginas y páginas de documentos legales. Contratos. Facturas. Correspondencia. El tipo de trabajo administrativo que había estudiado durante cuatro años.
El tipo de trabajo que podía hacer con los ojos cerrados.
El tipo de trabajo que mantendría su mente ocupada para no pensar en Nicolás.
Empezó a escanear.
Una página. Dos. Diez. Veinte.
El zumbido del escáner se volvió hipnótico. Un ritmo constante que ahogaba los pensamientos. Que la obligaba a concentrarse en lo inmediato. En lo tangible.
No en el bebé que crecía dentro de ella.
No en el padre que nunca lo sabría.
No en la mentira que estaba a punto de construir.
—¿Valeria?
Levantó la vista. Diego estaba en el umbral de su oficina otra vez. Esta vez sostenía una taza humeante.
—Te traje café. —Caminó hacia ella—. Patricia dice que lo tomas con leche.
Valeria miró la taza. El aroma le llegó antes de que él se acercara. Rico. Oscuro. Cuando levantó la taza para probarlo, notó algo. Tenía exactamente la cantidad de leche que le gustaba. La temperatura precisa. Como si Diego la hubiera observado antes. Como si ya supiera.
Ahora el solo olor le revolvía el estómago.
—Gracias. —Tomó la taza con manos que rezaban por no temblar—. Muy amable.
Diego se apoyó contra el borde de su escritorio. Demasiado cerca. Lo suficientemente cerca para que Valeria pudiera oler su colonia. Cara. Sutil. El tipo de aroma que venía en frascos de cristal y costaba más que su maleta.
—¿Cómo va todo?
—Bien. Ya casi termino con el caso Valdez.
—Eficiente. Me gusta. —Sonrió. Y fue una sonrisa extraña. Cálida pero calculadora—. Tu padre tenía razón sobre ti.
El estómago de Valeria se apretó.
—¿Tanto te ha dicho sobre mí?
—Sólo lo necesario. —Diego se enderezó—. Lo que ya te he dicho. Que eres inteligente. Trabajadora. Que necesitabas una oportunidad para demostrar lo que vales lejos de... expectativas familiares.
Las palabras sonaban ensayadas, repetidas. Como si su padre le hubiera dado un guión.
—Así es.
—Bueno, aquí la tendrás. —Diego señaló la oficina con un gesto amplio—. Este lugar funciona con meritocracia. No me importa tu apellido. Me importa tu desempeño.
Mentira. Si no le importara el apellido no la hubiera contratado. Pero Valeria solo asintió.
—Entendido.
—Y Valeria... —Se inclinó ligeramente hacia ella. Bajó la voz—. Si alguna vez necesitas algo. Lo que sea. No dudes en decírmelo. Quiero que te sientas cómoda aquí.
La forma en que lo dijo. La forma en que la miraba. Había algo debajo de las palabras. Algo que Valeria no sabía si estaba imaginando o si realmente existía.
—Gracias, Diego.
Se fue otra vez. Valeria esperó hasta que escuchó la puerta de su oficina cerrarse.
Entonces dejó la taza de café sobre el escritorio. Sin beber ni un sorbo. El olor solo ya le estaba revolviendo el estómago.
Tocó su vientre. Seis semanas. Pronto serían siete. Ocho. Y eventualmente no podría esconderlo más.
Necesitaba moverse rápido.
Necesitaba que Diego se enamorara de ella.
O al menos que creyera estar enamorado.
El pensamiento le dio náuseas peores que el café.
Porque Valeria sabía cómo seducir. Había pasado seis años seduciendo a Nicolás. Había aprendido exactamente qué decir. Qué hacer. Cómo mirarlo para que la quisiera. Cómo tocarlo para que la necesitara.
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Editado: 26.02.2026