El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 21: La primera cena

CUATRO AÑOS ATRÁS

El restaurante se llamaba El Lago.

Llegaron en el Mercedes Benz negro de Diego conducido por su chofer. Por supuesto que tenía chofer.

Una estructura imponente de concreto y cristal que parecía flotar sobre el agua negra del lago. El techo se elevaba en curvas blancas, perdiéndose en las sombras, mientras que los ventanales gigantes de piso a techo permitían que las luces de la ciudad se mezclaran con el reflejo de las velas en las mesas.

No había la calidez del ladrillo o la madera; todo era mármol, vidrio y ese silencio denso que sólo el dinero puede comprar. Era el tipo de lugar donde la gente celebraba aniversarios y promesas que creían que durarían para siempre, mientras afuera, el agua del lago permanecía inmóvil, guardando los secretos de todos los que habían cenado allí antes que ellos.

Diego conocía al maître. Por supuesto que lo conocía.

—Licenciado Vargas —el hombre sonrió como si Diego fuera su cliente favorito—. Su mesa está lista.

Los guió hacia el fondo. Una mesa junto al ventanal. Vista al lago que se extendía como una mancha oscura bajo las luces de la ciudad. Privacidad sin ser obvio.

Diego le apartó la silla a Valeria. Un gesto de caballerosidad que ella reconoció como una performance. Porque Diego hacía todo como si alguien lo estuviera calificando. Como si su vida fuera un examen de perfección que siempre aprobaba.

—Gracias. —Se sentó.

Diego tomó su lugar frente a ella. Se quitó el saco. Lo colgó en el respaldo de la silla con cuidado de no arrugarlo. Se arremangó la camisa hasta los codos. Un gesto casual estudiado para parecer relajado.

—¿Vienes seguido? —preguntó Valeria.

—De vez en cuando. Cuando quiero impresionar a alguien. —Diego sonrió. Y fue esa sonrisa que ya Valeria estaba aprendiendo a reconocer. Cálida en la superficie. Calculadora debajo.

El mesero apareció con dos menús y una botella de agua mineral.

—¿Les gustaría empezar con algo de tomar?

—Una botella Antinori, el Chianti Classico Riserva —Diego ni siquiera miró el menú—. Y ella…

—Agua está bien. —Valeria interrumpió antes de que él decidiera por ella.

Diego la miró. Algo brilló en sus ojos. ¿Sorpresa? ¿Molestia? Desapareció tan rápido que Valeria no estaba segura de haberlo visto.

—¿Segura? Tienen un Pinot Grigio excelente.

—No bebo mucho.

Mentira. Había pasado seis años bebiendo cerveza barata con Nicolás en cantinas que olían a piso mojado y sueños rotos. Pero Diego no necesitaba saber eso.

—Muy sensato. —Diego cerró el menú—. Yo tampoco debería. Mañana tengo reuniones temprano. Pero... —Se inclinó hacia adelante—. A veces hay que hacer excepciones.

El mesero se fue. Valeria abrió su menú. Los precios no estaban listados. Nunca era buena señal cuando los precios no estaban listados.

—¿Qué recomiendas? —preguntó, aunque todo resonaba como palabras en otro idioma de cenas caras con su padre cuando todavía la llevaba con ella. Pappardelle al ragù di cinghiale. Risotto ai funghi porcini.

—El ossobuco es excelente. O si prefieres algo más ligero, la branzino.

Valeria no estaba segura de qué eran ninguna de esas cosas. Pero asintió como si lo supiera.

—Suena bien.

Diego estudió su cara. Como si pudiera leer su inseguridad. Como si lo disfrutara.

—¿Primera vez en un restaurante italiano de verdad?

La pregunta sonó inocente. Pero había un filo debajo. Un recordatorio de que ella venía de Guanajuato. De un mundo más pequeño. Más simple.

—Sí. —hacía años que no pisaba uno. Las cenas con su padre habían terminado cuando su madre murió—. En Guanajuato solía ir a una pizzería. Pero no era... esto.

—Entonces tendremos que educarte. —Diego sonrió—. El mundo es más grande de lo que Guanajuato te enseñó.

Las palabras resonaron en el estómago de Valeria. Porque eran ciertas. Y porque sonaban a promesa y a amenaza al mismo tiempo.

El mesero regresó con el vino. Sirvió una pequeña cantidad en la copa de Diego. Él lo probó. Asintió. El mesero llenó su copa.

—¿Ya saben qué ordenar?

—Para la señorita, la branzino. Y para mí, el ossobuco. —Diego cerró su menú y el de Valeria sin preguntarle.

Ella debió objetar. Debió decir que podía ordenar por sí misma. Pero no lo hizo. Porque esta noche no era sobre ser ella misma. Era sobre ser lo que Diego esperaba.

Sumisa. Agradecida. Moldeable.

El mesero se fue. Diego levantó su copa.

—Un brindis.

Valeria levantó su agua.

—Por nuevos comienzos. —Diego sostuvo su mirada—. Por oportunidades. Por... posibilidades.

Sus copas se tocaron. El cristal tintineó como una campana. O como una sentencia.

Diego bebió. Valeria mojó sus labios con el agua. El estómago le daba vueltas. Las náuseas amenazaban con regresar.

—Cuéntame de ti. —Diego se recostó en su silla—. Tu padre me dijo lo básico. Pero quiero saber más. ¿Qué te gusta hacer? ¿Qué te hace feliz?

La pregunta la tomó desprevenida. Porque nadie le había preguntado eso en mucho tiempo. Y porque la respuesta verdadera era: Nicolás. Nicolás me hacía feliz.

—No sé. —Valeria jugueteó con su servilleta—. Leer. Caminar. Cosas simples.

—¿Qué lees?

—Novelas. Nada especial.

—Todo es especial si te importa. —Diego se inclinó hacia adelante—. A mí me gusta el jazz. La gente dice que es pretencioso. Tal vez lo sea. Pero hay algo en la improvisación. En crear algo en el momento que nunca volverá a existir exactamente igual.

Valeria asintió aunque no le interesaba de qué hablaba. Nicolás escuchaba rock en español. Canciones sobre trabajadores y amores perdidos y carreteras que no llevaban a ningún lado.

—Suena interesante.

—Te llevaré a un club alguna vez. Si te interesa.

No era una pregunta. Era un plan.

Llegó la comida. El pescado de Valeria venía en un plato blanco perfecto. Tres vegetales dispuestos como arte. Una salsa que olía a limón y a cosas caras.




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