El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 22: El cortejo

CUATRO AÑOS ATRÁS

Las flores llegaron a las nueve de la mañana.

Valeria estaba revisando correos cuando Patricia entró con el arreglo. Un ramo enorme de peonías blancas y rosas en un jarrón de cristal que debía costar más que su renta semanal.

—Para ti, querida. —Patricia lo dejó sobre su escritorio con una sonrisa cómplice—. Alguien causó buena impresión.

Valeria sintió que la cara se le calentaba. Abrió la tarjeta con dedos torpes.

"Gracias por una velada inolvidable. Espero que sea la primera de muchas. — D."

Elegante. Medido. Ni muy efusivo ni muy frío. Como todo lo que Diego hacía.

Valeria tocó un pétalo. Suave. Perfecto. Probablemente importado. El tipo de flores que Nicolás nunca podría permitirse.

No pienses en él.

Pero era imposible no hacerlo. Porque Nicolás le había regalado flores exactamente una vez. Buganvilias arrancadas del árbol de su abuela. Toscas. Despeinadas. Reales.

Las había puesto en un vaso de agua y se habían marchitado en dos días.

Pero las había amado más que este ramo perfecto que nunca se marchitaría porque estaban tratadas con químicos para durar eternamente. Como todo lo que tocaba Diego.

La puerta de la oficina contigua se abrió.

—Buenos días.

Diego estaba en el umbral. Traje negro hoy. Camisa blanca sin corbata. El primer botón desabrochado. Un gesto calculado de casualidad.

—Buenos días. —Valeria señaló las flores—. Son hermosas. Gracias.

—Me alegra que te gusten. —Diego se acercó a su escritorio. Se apoyó en el borde. Demasiado cerca—. ¿Dormiste bien?

No. Soñé otra vez con Nicolás. Me desperté llorando.

—Sí. Muy bien.

—Bien. —Sus ojos grises la estudiaron—. Porque tengo mucho trabajo para ti hoy. El caso Villalobos necesita revisión completa. ¿Puedes quedarte hasta tarde?

La forma en que lo dijo. La forma en que la miraba. No era realmente una pregunta.

—Por supuesto.

—Perfecto. —Diego se enderezó. Pero antes de irse, se inclinó. Le quitó una pestaña de la mejilla con el pulgar. El toque fue breve. Casi inocente—. Tenías algo aquí.

El roce de su piel la hizo estremecerse. No de placer. De algo más complicado.

Diego sonrió como si supiera exactamente qué había causado.

Se fue. Valeria soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo.

Tres días.

Pasaron tres días de flores diarias. Peonías. Rosas. Lirios. Cada arreglo más elaborado que el anterior. Cada uno con una nota que decía lo mínimo necesario pero lo suficiente para mantenerla pensando.

"Hoy pensé en ti."

"¿Cuándo podemos repetir?"

"Extraño tu sonrisa."

Patricia las ponía en su escritorio con sonrisas cada vez más amplias. Los otros empleados empezaron a notar. A murmurar. A mirarla diferente.

La asistente del Licenciado Vargas. La nueva. La que en dos semanas ya tenía flores todos los días.

Valeria quería hundirse en el piso.

Pero también... también era halagador. Ser vista. Ser cortejada. Después de semanas de sentirse invisible. De sentirse como una fugitiva. De sentirse sola.

Diego no la presionó. No la invitó a salir otra vez. Solo... existía. En su órbita. Cerca pero no demasiado.

La saludaba cada mañana. Le traía café que ella fingía beber. Le preguntaba cómo estaba con genuino interés. O al menos parecía ser genuino.

Y Valeria empezó a bajar la guardia.

Porque Diego era fácil. No exigía. No cuestionaba. No la miraba como si pudiera ver todas sus mentiras.

La trataba como si fuera de cristal. Frágil. Valiosa. Algo que proteger.

Todo lo contrario a Nicolás, que la había tratado como igual. Que la había retado. Que había exigido que fuera valiente.

Y miren dónde había terminado esa valentía.

En un departamento vacío en una ciudad que no era la suya, embarazada de un hombre que nunca lo sabría.

Al cuarto día, Diego tocó su puerta a las seis de la tarde.

—¿Lista para irte?

Valeria levantó la vista de su computadora. La oficina estaba vacía. Patricia se había ido hacía una hora. Los otros empleados también.

Solo quedaban ellos dos.

—Casi. Dame cinco minutos.

—Tómate los que necesites. —Diego se apoyó en el marco de la puerta—. Pero después... ¿te gustaría cenar otra vez? Conozco un lugar. Japonés. A menos que prefieras otra cosa.

La invitación colgó en el aire entre ellos.

Valeria sabía que debía decir sí. Que ese era el plan. Acercarse. Seducir. Preparar el terreno para la mentira.

Pero también...

También estaba cansada. De fingir. De actuar. De ser alguien que no era.

—¿Puedo... pensarlo?

Algo brilló en los ojos de Diego. ¿Decepción? ¿Molestia? Se fue tan rápido que Valeria no estuvo segura.

—Por supuesto. —Sonrió—. No hay prisa. Cuando estés lista.

Se fue.

Valeria se quedó mirando la pantalla de su computadora. Las palabras se difuminaban. Parpadeó. Lágrimas. Otra vez.

Se limpió los ojos con rabia. No podía seguir llorando. No servía de nada.

Nicolás no estaba aquí. Nicolás no vendría. Nicolás había seguido con su vida.

Y ella tenía que seguir con la suya.

Aunque significara mentir. Aunque significara traicionarse a sí misma.

Se puso de pie. Guardó sus cosas. Apagó la computadora.

Caminó hacia la oficina de Diego. La puerta estaba abierta. Él estaba junto a la ventana. De espaldas. Mirando la ciudad que se extendía quince pisos abajo.

—Diego.

Se volteó. Levantó las cejas.

—Acepto. —Las palabras salieron antes de que pudiera arrepentirse—. La cena. Me gustaría ir.

Diego sonrió. Y esta vez la sonrisa llegó a sus ojos.

—Perfecto. ¿Esta noche?

—Esta noche.




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