CUATRO AÑOS ATRÁS
El restaurante japonés era exactamente lo que Valeria esperaba. Minimalista. Caro. Con un chef que manejaba los cuchillos frente a ellos con la solemnidad de un ritual.
Diego ordenó por los dos. Omakase. Dejarse en manos del chef. Confiar. Una entrega total que a Diego parecía darle un placer casi físico.
Valeria comió lo que le pusieron enfrente. Nigiris de un rosado pálido que se deshacían en la boca y arroz con el toque exacto de vinagre.
—Confía en el proceso —le dijo él, mientras el chef colocaba una pieza de toro frente a ella—. En este mundo, Valeria, lo más difícil es encontrar a alguien en quien puedas delegar tus decisiones. Yo puedo ser esa persona para ti.
Diego insistió en que probara el sake tibio. El vapor que subía de la pequeña taza de cerámica olía a arroz fermentado y a una advertencia que ella decidió ignorar.
—Solo un sorbo. Para la experiencia.
Valeria bebió. El líquido bajó caliente por su garganta. Su estómago protestó pero se mantuvo quieto. Apenas unas gotas. No podía arriesgar más. El bebé no podía exponerse al alcohol.
—¿Te gusta?
—Es... interesante.
Diego se rió. Una risa real. No calculada.
—Esa es la forma educada de decir que no te gusta.
Valeria sonrió a pesar de sí misma.
—No está mal. Solo... diferente.
—Todo es diferente aquí. —Diego se inclinó hacia adelante—. Pero diferente puede ser bueno. Puedes descubrir cosas que nunca supiste que te gustaban.
La forma en que lo dijo. La forma en que la miraba. Había doble sentido en cada palabra.
Valeria tomó otro bocado de sushi. Masticó despacio. Tragó.
—¿Siempre has vivido en Ciudad de México?
—Desde que terminé la carrera. Antes estaba en Monterrey. —Diego tomó un sorbo de sake—. Pero la ciudad... la ciudad te absorbe. Te hace adicto. El ritmo. Las oportunidades. La sensación de que puedes ser quien quieras.
—¿Y quién quieres ser?
La pregunta salió antes de que Valeria pudiera filtrarla.
Diego la estudió durante largo rato.
—Alguien que importa. Alguien que deja huella. —Hizo una pausa—. Alguien que no muere solo.
Las últimas palabras cayeron como piedras.
—¿Por qué morirías solo?
—Porque eso es lo que pasa cuando dedicas tu vida al trabajo. —Diego giró la copa de sake entre sus dedos—. Miras alrededor un día y te das cuenta de que no construiste nada excepto una carrera. Éxito sin nadie con quien compartirlo.
Valeria sintió algo ablandarse en su pecho. Por primera vez, Diego sonaba... humano. Vulnerable.
—¿No tienes familia?
—Mis padres están en Monterrey. Los veo en navidades. Tengo un hermano que apenas me habla. —Diego levantó la vista—. Y amigos... los amigos son clientes. O contactos. Nadie con quien puedas ser tú mismo.
—Suena solitario.
—Lo es. —Diego extendió la mano sobre la mesa. Rozó los dedos de ella—. Por eso me alegra que estés aquí.
El toque la quemó. No de pasión. De culpa.
Porque Diego estaba siendo honesto. Abriendo una parte de sí mismo. Y ella estaba ahí solo para usarlo.
—Yo también me alegro. —Mentira. Verdad. Algo intermedio—. Ha sido... bueno tener a alguien.
—¿También te sientes sola? —Diego entrelazó sus dedos con los de ella—. En la ciudad. Lejos de casa.
Todo el tiempo. Cada segundo de cada día.
—A veces.
—No tienes que estarlo. —Diego apretó su mano—. Estoy aquí. Y planeo seguir estándolo. Si tú quieres.
La pregunta implícita colgó entre ellos.
Valeria miró sus manos unidas. Los dedos de Diego eran largos. Elegantes. Limpios.
Nada como las manos de Nicolás. Ásperas. Manchadas. Reales.
Deja de comparar.
—Quiero. —Las palabras salieron más fácil de lo que pensó—. Quiero que estés aquí.
Diego sonrió. Se llevó su mano a los labios. La besó en el reverso. Despacio. Sus ojos nunca dejando los de ella.
—Bien.
Terminaron de cenar. Diego pagó. Salieron al frío de la noche.
El auto los esperaba. Pero esta vez Diego no abrió la puerta trasera.
—Te invito a la terraza de mi departamento, tiene una vista a la ciudad increíble. ¿Te gustaría? —preguntó—. Y también tengo una colección de vinilos que tal vez te interese.
No era sutil. Ambos sabían lo que significaba.
Valeria debía decir que sí. Ese era el plan. Acostarse con él. Preparar el escenario para la mentira del embarazo.
Pero su boca se secó. Su corazón aceleró. No de anticipación. De terror.
—Yo...
—Sin presiones. —Diego levantó las manos—. Solo... pasar tiempo juntos. Nada más. A menos que tú quieras algo más.
La salida perfecta. La forma perfecta de decir "vamos a tener sexo" sin decirlo.
Valeria respiró hondo.
—Me gustaría, sí.
El departamento de Diego estaba en Polanco. Por supuesto que estaba en Polanco.
Piso quince. Ventanas de piso a techo. Muebles minimalistas que costaban más que cualquier auto que arreglara Nicolás en Guanajuato. Arte en las paredes que probablemente era original.
Y la terraza. Dios, la terraza.
Se extendía como un jardín suspendido. Luces suaves. Plantas perfectamente arregladas. Vista a la ciudad que brillaba como un mar de luces.
—Es hermoso. —Valeria caminó hacia el borde. El viento le movió el cabello.
Diego apareció a su lado con dos copas de vino.
—Para ti.
Valeria miró la copa. Vino tinto. Rico. Caro.
No podía beberlo. El bebé. Pero tampoco podía explicar por qué.
—Gracias. —Tomó la copa. La sostuvo sin beber.
Diego se apoyó en la barandilla. La miraba de perfil.
—¿En qué piensas?
En Nicolás. Siempre en Nicolás.
—En que esto es muy diferente a Guanajuato.
—¿Lo extrañas?
—A veces. —Valeria giró la copa entre sus dedos—. Las calles empedradas. El aire que huele a buganvilias. La forma en que conoces a todos.
—Suena sofocante.
—A veces lo era. —Tomó un sorbo pequeñísimo. Solo mojar los labios—. Pero también... había algo reconfortante en eso. En ser conocida.
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Editado: 26.02.2026