CUATRO AÑOS ATRÁS
Las semanas se volvieron un borrón.
Días que sangraban hacia noches. Noches que amanecían en sábanas que no eran las suyas. Mañanas donde Valeria se despertaba junto a un hombre que conocía cada vez menos mientras él creía conocerla cada vez más.
Diego. Siempre Diego.
En la oficina a las nueve. Su café exactamente como le gustaba aunque nunca lo bebía completo. Las flores frescas cada lunes que Patricia arreglaba en el jarrón mientras sonreía como si supiera secretos que Valeria prefería no confirmar.
—El Licenciado tiene muy buen gusto —decía Patricia, acomodando las peonías—. Para las flores y para otras cosas.
El doble sentido flotaba en el aire. Valeria fingía no entenderlo.
Trabajaban. Realmente trabajaban. Valeria digitalizaba expedientes hasta que las letras se volvían jeroglíficos. Organizaba archivos con la precisión que Diego exigía de todo. Aprendía el ritmo de la oficina como quien aprende a respirar bajo el agua.
Y cada tarde, alrededor de las seis, Patricia se despedía.
—Que tengan buenas noches.
Nunca "Nos vemos mañana". Siempre "Que tengan".
Plural.
Como si supiera.
Como si todos supieran.
La primera vez en la oficina fue un jueves.
Valeria estaba terminando un reporte. Los números bailaban frente a sus ojos. Ocho semanas de embarazo y las náuseas llegaban en oleadas impredecibles. Había vomitado dos veces ese día. Una en el baño del piso quince. Otra en una gasolinera de camino al departamento de Diego la noche anterior.
Él creía que era estrés.
Ella no lo corregía.
—¿Todavía trabajando?
Diego apareció en el marco de su puerta. Sin saco. La corbata aflojada. Las mangas arremangadas mostrando antebrazos que Valeria ahora conocía con una intimidad que la enfermaba.
—Casi termino.
—Déjalo para mañana. —Caminó hacia ella. Se apoyó en su escritorio—. Te estás matando.
—Tú trabajas hasta más tarde.
—Yo no tengo tu rostro cansado. —Le rozó la mejilla con el reverso de los dedos—. Esas ojeras. ¿Estás durmiendo bien?
No. Soñaba con Nicolás cada noche. Se despertaba llorando y tenía que esconder la cara en la almohada para que Diego no escuchara.
—Sí. Sólo... adaptándome todavía.
Diego la estudió con esa mirada que veía demasiado. Luego sonrió. Esa sonrisa que había aprendido a reconocer. Había decisión debajo.
—Ven aquí.
No era una petición.
Valeria se puso de pie. Las piernas le temblaban. No sabía si era el embarazo o el miedo o algo peor.
Diego la jaló hacia él. La besó. Profundo. Posesivo. Sus manos bajando por su espalda hasta agarrar su cintura con firmeza que rayaba en dolor.
—Te he extrañado —murmuró contra su boca—. Todo el día viéndote sin poder tocarte. Es una tortura.
Valeria respondió porque eso era lo que se esperaba. Abrió la boca. Dejó que su lengua invadiera. Gimió cuando sus manos encontraron sus pechos, más sensibles ahora por el embarazo que Diego atribuía a deseo.
Él la levantó. La sentó en el escritorio. Papeles cayeron al piso. El mouse golpeó contra el teclado. La lámpara tembló.
—Aquí no... —Valeria trató de protestar.
—Patricia ya se fue. —Diego le desabrochó la blusa con dedos expertos—. El piso está vacío. Solo nosotros.
La besó otra vez. Más fuerte. Ahogando cualquier objeción.
Sus manos subieron por sus muslos. Encontraron el borde de su falda. La empujaron hacia arriba. El escritorio era frío contra la parte de atrás de sus piernas.
Valeria cerró los ojos.
Y mientras Diego la tocaba. Mientras le quitaba la ropa pieza por pieza. Mientras la recostaba sobre documentos legales que se arrugaban bajo su espalda desnuda.
Pensaba en Nicolás.
En el taller que olía a combustible y a honestidad.
En las manos ásperas que nunca habían sido gentiles por cálculo sino por amor.
En la forma en que Nicolás la miraba como si pudiera ver su alma.
Diego entró en ella con un gemido de satisfacción.
Valeria mantuvo los ojos cerrados. Porque si los abría. Si veía las paredes de la oficina. El escritorio de madera cara. La vista de la ciudad a través de ventanales que costaban más que todo el taller de Nicolás. Si veía todo eso, tendría que admitir dónde estaba.
Quién era.
En lo que se había convertido.
Después, Diego la ayudó a vestirse. Le abrochó la blusa con cuidado. Le alisó la falda. Le besó la frente con ternura que contrastaba cruel con la forma en que acababa de tomarla contra el escritorio.
—Eres increíble —susurró—. No sé qué hice para merecerte.
Nada, pensó Valeria. No hiciste nada. Mi padre me entregó como si fuera ganado y tú aceptaste el trato.
—Yo tampoco sé qué hice —dijo en cambio. Porque mentir se había vuelto reflejo.
Después de esa noche, el escritorio se convirtió en otro lugar donde fingían.
Miércoles. Valeria organizando contratos.
Diego: “Quédate un poco más”.
Viernes. Revisando facturas.
Diego: “Cierra la puerta”.
Martes. Archivando expedientes.
Diego: ni siquiera preguntaba. Solo la besaba hasta que ella olvidaba cómo decir no.
El escritorio. El sillón de cuero de su oficina. Una vez contra la ventana con la ciudad brillando quince pisos abajo como testigo de su vergüenza.
Y Valeria dejaba que pasara.
Porque cada vez que Diego terminaba dentro de ella, la mentira se volvía más sólida. Las semanas pasaban. Ocho semanas. Nueve. Diez.
Pronto sería tiempo de decirle.
Pronto la mentira se volvería bebé oficial.
Y Diego sería suyo.
O ella sería de Diego.
La distinción ya no importaba.
Dormía en el departamento de él cuatro noches de la semana.
Los jueves Valeria insistía en volver a su propio espacio. “Necesito lavar ropa. Necesito mis cosas”. Diego no discutía. Pero tampoco le gustaba.
—No me gusta que estés sola —decía—. Ese edificio no es seguro.
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Editado: 26.02.2026