El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 27: El altar de mentiras

CUATRO AÑOS ATRÁS

El anillo llegó tres semanas después de la mudanza.

Valeria estaba en el sofá. Piernas dobladas bajo el cuerpo. Una manta sobre los hombros aunque el departamento estaba perfectamente climatizado. Leía un libro que había leído tres veces sin retener una sola palabra.

Diecinueve semanas reales de embarazo. Quince reconocidas oficialmente ante Diego. La curva de su vientre ya no podía esconderse bajo blusas holgadas. Era real. Innegable. Un secreto que pronto sería escándalo si no hacían algo.

Diego entró del trabajo a las siete. Traje impecable. Ni una arruga. Como si las once horas en la oficina no lo hubieran tocado.

—Hola. —La besó en la frente—. ¿Cómo estuvo tu día?

Aburrido. Vacío. Interminable.

—Tranquilo. Leí. Descansé.

—Bien. —Diego dejó el maletín junto a la puerta—. Eso es lo importante.

Se quitó el saco. Lo colgó con cuidado que rozaba lo obsesivo. Se arremangó la camisa. Dos dobleces perfectos. Iguales.

—Tengo algo para ti.

El estómago de Valeria se apretó. No sabía por qué. Solo que el tono de Diego sonaba... ensayado.

—¿Qué es?

Diego sacó una caja de terciopelo azul del bolsillo interior de su saco. Pequeña. Del tamaño exacto que Valeria temía.

Se arrodilló frente al sofá. El mundo se detuvo.

—Valeria. —Su voz era suave. Perfectamente modulada—. Estos tres meses han sido los mejores de mi vida. Me hiciste dar cuenta de que el éxito no significa nada sin alguien con quien compartirlo.

Valeria no podía respirar. Las palabras se le atoraban en la garganta. Esto estaba pasando. Realmente estaba pasando.

—Y ahora... —Diego puso la mano en su vientre—. Ahora vamos a ser padres. Y quiero hacerlo bien. Darte todo. Seguridad. Estabilidad. Un apellido que signifique algo.

Abrió la caja. El anillo brillaba bajo la luz de la lámpara. Un solitario de platino, perfecto. El tipo de anillo que toda mujer debería querer.

Valeria lo miró. Y lo único que vio fue una cadena.

—Cásate conmigo.

No fue pregunta. Fue declaración. Porque ambos sabían que no había otra respuesta posible.

Y Valeria pensó en Nicolás. En manos manchadas de grasa. En un taller que olía a gasolina y a verdad. En seis años de amarlo a escondidas. En una noche en el Callejón del Beso donde concibieron al bebé que ahora usaba como moneda de cambio.

Lo siento mucho.

El silencio se extendió. Dos segundos. Tres. Cuatro.

Diego esperaba. Rodilla en el piso. Sonrisa perfecta. Pero algo brillaba en sus ojos grises. Algo que decía: di que sí.

—Sí. —La palabra salió mecánica—. Me casaré contigo.

Diego sonrió. Genuino esta vez. O lo suficientemente bien actuado para parecerlo.

Le deslizó el anillo. Frío. Pesado.

La besó. Profundo. Posesivo. Como quien finalmente cierra un trato que llevaba meses negociando.

Cuando se separaron, Valeria miró su mano. El diamante reflejaba luz. Caro. Hermoso. Todo lo que nunca había querido.

—Vamos a ser tan felices. —Diego le agarró la cara entre las manos—. Los tres. Nuestra familia.

Familia. La palabra sonaba como sentencia.

Valeria asintió. Porque las palabras se le habían acabado. Porque ya no sabía cómo fingir que esto era lo que quería.

Diego se puso de pie. Sacó su teléfono.

—Tengo que llamar a tu padre. Darle las buenas noticias.

Buenas noticias. Como si acabaran de ganar la lotería. Como si su vida no se hubiera convertido en mentira con pies y manos.

Diego marcó. Puso el altavoz. Cinco timbres antes de que contestaran.

—Diego. —La voz de Ernesto Mendoza. Fría. Profesional—. ¿Qué necesitas?

—Don Ernesto. Tengo noticias. Valeria acaba de aceptar casarse conmigo.

Pausa. Demasiado larga. Como si su padre no estuviera sorprendido en absoluto.

—Felicidades. —Sin emoción. Sin calidez—. ¿Cuándo?

—Pronto. Antes de que el embarazo se note demasiado. Dos meses. O menos.

—Sensato. —Su padre tosió—. ¿Y ella está de acuerdo?

Diego miró a Valeria. Esperando confirmación.

—Sí. —Valeria forzó las palabras—. Estoy de acuerdo.

—Bien. —La voz de su padre se suavizó apenas un microsegundo—. Cuídala, Diego. Es mi única hija.

—Lo haré. Tiene mi palabra.

Colgaron.

Diego guardó el teléfono. Se sentó junto a Valeria. La jaló hacia él.

—Tu padre parece contento.

Contento. Esa no era la palabra que Valeria hubiera elegido. Satisfecho tal vez. Como quien ve un plan ejecutarse sin fallas.

—Sí. —Valeria tocó el anillo. Frío contra su piel—. ¿Dos meses?

—Es tiempo suficiente. —Diego besó su sien—. Puedo organizar algo pequeño. Íntimo. En el jardín del club. O si prefieres algo más grande...

—Pequeño. —Interrumpió antes de que él decidiera por ella—. Prefiero algo pequeño.

Porque una boda grande requería invitados. Y los invitados hacían preguntas. Y las preguntas llevaban a verdades que Valeria no podía permitir.

—Como quieras. —Diego acarició su cabello—. Lo que tú decidas.

Mentira. No decidía nada. Solo asentía a lo que él ya había planeado.

—¿Y el vestido? —preguntó Valeria. Porque tenía que preguntar algo. Tenía que actuar interesada.

—Te llevo a las mejores boutiques. Encontraremos algo perfecto. Algo que esconda... —Su mano en su vientre—. Esto. Por ahora.

Esconder. Como si el bebé fuera vergüenza. Como si necesitaran cubrir la evidencia de su “pecado”.

—Vestido imperio. —Diego continuó planeando—. O línea A. Algo elegante pero discreto.

Valeria asintió. Porque ya no tenía energía para objetar. Para fingir que su opinión importaba.

Diego sacó su laptop. La abrió sobre la mesa de centro. Empezó a buscar. Lugares. Vestidos. Flores.

—Peonías blancas. Te gustan las peonías.

Me regalaste peonías porque quisiste, no porque pregunté.




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