El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 28: La sentencia

TRES AÑOS Y SEIS MESES ATRÁS

El vestido olía a nuevo. A tela cara y a mentiras bien planchadas.

Valeria estaba parada frente al espejo del salón nupcial. Viendo su reflejo fragmentado en tres paneles que mostraban versiones de sí misma que no reconocía. La mujer del centro. Las dos de los costados. Todas extrañas. Todas prisioneras del mismo vestido blanco.

Imperio. Esa era la palabra. Corte imperio para esconder lo que todos fingían no saber.

Seis meses de embarazo. Veinticuatro semanas. El vientre redondo bajo el satén que caía en cascada desde el busto hasta el piso. Elegante. Discreto. Perfecto para ocultar la evidencia.

Se tocó el estómago. La tela era gruesa. Suave. El tipo de suavidad que cuesta. Que compra silencio. Que esconde vergüenza.

—Estás hermosa.

La voz de la estilista. Mujer de cincuenta años con manos con aroma a laca y a profesionalismo pagado. No preguntaba. No juzgaba. Solo peinaba. Maquillaba. Transformaba.

Valeria no respondió. Solo miraba el espejo. Su cabello recogido en un moño bajo. Mechones sueltos enmarcando su cara. Maquillaje natural que tomó una hora conseguir. Pestañas que no eran suyas. Labios pintados de un rosa que Diego había elegido porque "combina con las flores".

Todo perfecto. Todo ensayado. Todo falso.

Sus manos temblaban. Las escondió entre los pliegues del vestido.

—¿Nerviosa? —La estilista sonrió. Complaciente—. Es normal. Todas las novias están nerviosas.

¿Nerviosa? No era la palabra correcta. Aterrada tal vez. Nauseabunda. Con ganas de arrancarse el vestido y correr. Correr hasta que sus pies sangraran. Hasta volver a Guanajuato. Hasta encontrar a Nicolás y decirle la verdad.

“Lo siento. Es tuyo. Siempre fue tuyo. Perdóname por ser cobarde”.

Pero no corrió. Solo asintió.

—Sí. Nerviosa.

La puerta se abrió. Su padre entró sin tocar. Traje gris oscuro. Corbata negra. Zapatos lustrados hasta brillar como espejos. La imagen del hombre exitoso que había vendido a su hija con sonrisa de preocupación paterna.

—¿Puedo hablar con ella? —preguntó a la estilista—. A solas.

La mujer asintió. Salió cerrando la puerta con un clic suave que sonó como un cerrojo.

Ernesto Mendoza estudió a su hija. De arriba abajo. Como quien inspecciona mercancía antes de entregarla.

—Te ves bien.

Su padre la evaluó como quien firma un contrato: "Te ves bien". Nada de "hermosa" ni "radiante". Solo la fría aprobación de un inventario.

—Gracias.

Su padre caminó hacia la ventana. Manos en los bolsillos. Mirando el jardín del club donde en dos horas se casaría. Donde cincuenta invitados esperarían para presenciar la mentira más elaborada que Valeria había construido.

—Diego está nervioso —dijo sin voltear—. Es su primer matrimonio. Primera vez que será padre. Es mucha responsabilidad.

Responsabilidad. La palabra correcta para describir al bebé que crecía dentro de ella. No “bendición” ni “milagro”. Responsabilidad. Carga. Consecuencia.

—Lo sé.

—¿Estás segura de esto? —Su padre finalmente la miró—. Una vez que salgas por esa puerta. Una vez que camines hacia ese altar. Ya no hay vuelta atrás.

Las palabras deberían haberla confortado. Una última oportunidad de escapar. Pero Valeria conocía a su padre. Conocía el tono. No era oferta. Era un ultimátum disfrazado de preocupación.

—Estoy segura.

Mentira. La más grande de todas. Pero ya había dicho tantas que una más no hacía diferencia.

Su padre asintió. Satisfecho.

—Bien. Diego es un buen hombre. Te dará estabilidad. Seguridad. Todo lo que ese... —Se detuvo. No dijo el nombre. Nunca decía el nombre—. Todo lo otro nunca podría darte.

Nicolás. La palabra flotaba no dicha pero presente. Como fantasma que no se podía exorcizar. Nicolás que todavía no sabía. Que nunca sabría. Que seguía su vida creyendo que Valeria simplemente se había ido.

Valeria apretó los puños. Las uñas clavándose en las palmas. El dolor ayudaba. Mantenía el llanto bajo control.

—Lo sé.

Un golpe suave en la puerta. Diego entró sin esperar permiso. Por supuesto. Este era su día. Su evento. Su novia esperando como regalo envuelto.

—Don Ernesto. —Extendió la mano—. ¿Puedo robarle a la novia?

Su padre estrechó la mano. Un apretón que duró dos segundos más de lo normal. Comunicación silenciosa entre hombres que habían negociado un trato.

—Es toda tuya.

Las palabras cayeron como una sentencia. Como escritura de propiedad. Como transferencia oficial de posesión. Es mala suerte ver a la novia antes del casamiento. Pero no es algo que a Valeria le inquiete. Ya estaba condenada.

Ernesto salió. Diego cerró la puerta. Se apoyó contra ella. Estudiando a Valeria con esos ojos grises que veían demasiado pero nunca lo suficiente.

—Estás perfecta.

Valeria miró su reflejo otra vez. El vestido blanco. El vientre escondido. La máscara de novia feliz que había tardado una hora en construir.

—Gracias.

Diego caminó hacia ella. Sus zapatos resonaban en el piso de madera. Pasos medidos. Controlados. Como todo lo que hacía.

Se detuvo detrás de ella. Sus manos encontraron sus hombros. Frías incluso a través del satén.

—En dos horas serás mi esposa.

No una pregunta. No una expresión de amor. Solo declaración de hecho. Como cerrar una adquisición.

—Lo sé.

Diego se inclinó. Le besó el cuello. Un toque que pretendía ser tierno pero se sentía como marcar territorio.

—Voy a hacerte tan feliz.

Las palabras deberían haberla reconfortado. Pero sólo intensificaron las náuseas. Porque Valeria sabía que la definición de felicidad de Diego involucraba control. Posesión. La ilusión de perfección mantenida con mano de hierro envuelta en guante de terciopelo.

—Tengo que volver. —Diego se enderezó—. Los invitados están llegando. Tu padre me necesita para saludarlos.

Claro. Porque esta boda era tanto sobre negocios como sobre amor. Tal vez más.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.