El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 29: Votos de sangre

TRES AÑOS Y SEIS MESES ATRÁS

El pasillo se extendía como condena.

Alfombra blanca. Pétalos de rosa esparcidos con simetría estudiada. Cincuenta pares de ojos girando hacia ella. Sonrisas de aprobación. Susurros de "qué hermosa" que se sentían como lápidas.

Valeria apretó el brazo de su padre. Las piernas le temblaban bajo el satén que caía en cascada desde su vientre de seis meses. El vestido era perfecto. Había costado lo que Nicolás ganaba en tres meses. Tal vez cuatro.

No pienses en él.

Pero era imposible. Porque mientras caminaba hacia el altar. Hacia Diego que esperaba con sonrisa de triunfo apenas disimulado. Hacia el sacerdote que los declararía marido y mujer.

Todo lo que veía era a Nicolás.

El taller. Nicolás bajo un auto. Solo las piernas visibles. Jeans desgastados. Botas manchadas. Ella parada en el umbral con el corazón acelerado y las manos sudadas. “¿Me vas a seguir mirando o vas a ayudarme?”. La voz de él. Ronca. Divertida. Real.

Valeria parpadeó. El recuerdo se disolvió.

Tres pasos más. El órgano tocaba la marcha nupcial. Una versión clásica. Elegante. Nada como la música de rock en español que Nicolás escuchaba en el taller mientras trabajaba.

La casa abandonada. Paredes descascaradas. Vírgenes sin ojos. Nicolás quitándole la blusa con manos que temblaban de deseo contenido. “¿Estás segura?” Siempre daba la opción de retroceder. “Más que segura”. Y se fundían contra el mural. Destruyéndose sin quererlo.

Cinco pasos más. Diego la miraba. Ojos grises fijos en ella con intensidad que rayaba en posesión. Ya no fingía nerviosismo de novio. Sólo certezas. Como quien finalmente recibe el paquete que ordenó hace meses.

El Callejón del Beso. Septiembre. Hace casi siete meses. La noche del festival. Nicolás jalándola hacia las sombras.”Aquí no…”. “Nadie nos ve”. Sus manos bajo su falda. La pared fría contra su espalda. Los escalones que nunca alcanzaron. El primero. El segundo. El tercero que prometía siete años de felicidad.

Siete años de mala suerte para quienes rompían la tradición.

Y ahora estaba aquí. Caminando hacia un altar. Embarazada del hombre que no estaba esperándola.

Siete pasos más.

La última pelea. El taller bajo la lluvia. Nicolás exigiéndole que eligiera públicamente. “Tu familia nunca me aceptará”... “entonces oblígalos”. “No puedo”. La cara de él. Rota. Resignada. “Algún día te casarás con alguien que ellos aprueben. Y yo seguiré aquí. Acordándome de cómo era tenerte”.

Había tenido razón. Como siempre.

Diez pasos más. Casi ahí.

El bebé pateó. Fuerte. Como protesta. Como si supiera que su padre verdadero estaba a más de trescientos kilómetros de distancia. Arreglando autos. Bebiendo para olvidar. Viviendo sin saber que había creado vida.

Nicolás sonriendo. Esos hoyuelos que aparecían sólo cuando la felicidad era genuina. “Te amo”. Dos palabras simples que él decía como religión. Como verdad innegable. “Yo también te amo”. Y lo decía en serio. Todavía lo decía en serio. Incluso ahora. Incluso aquí.

Su padre la entregó. Literalmente. Puso la mano de ella en la de Diego con gesto que parecía bendición pero era venta. Transferencia de propiedad. Mercancía cambiando de dueño.

Diego apretó su mano y sonrió. Perfecto. Ensayado.

Valeria lo miró. Vió su reflejo en esos ojos grises. Una mujer de blanco. Pálida. Hermosa de la forma que el miedo la vuelve frágil. Veintiséis años pero parecía cincuenta. Cansada. Rota. Vendida.

El sacerdote habló. Palabras sobre amor y compromiso y hasta que la muerte los separe. Valeria escuchaba sin oír. Como ruido de fondo. Como olas golpeando costa lejana.

Nicolás besándola después de hacer el amor. Suave. Como memorizando el sabor. “No quiero que esto termine”. “Entonces no lo termines”. Pero había terminado. Ella lo había terminado. Con su cobardía. Con su silencio. Con su huida en autobús que la alejó de todo lo real hacia esto. Hacia altar de mentiras.

—Valeria Mendoza. —La voz del juez la trajo de vuelta—. ¿Aceptas a Diego Vargas como tu esposo? ¿Prometes amarlo y respetarlo en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separe?

El silencio se extendió. Dos segundos. Tres.

Todo el salón esperaba. Cincuenta personas conteniendo el aliento.

Diego apretó su mano. Advertencia suave. Di que sí.

Valeria abrió la boca. Las palabras se atoraron. Porque decirlas significaba sellarlo. Hacerlo real. Convertir la mentira en sacramento.

Nicolás en el bar. Borracho. Golpeado. “¿Ahora sí me buscas? ¿Ahora sí existo?” Sangre bajo su nariz. Ojo hinchado. Roto por dentro y por fuera. Y ella ahí parada. Con el secreto quemándole la garganta. “Estoy embarazada. Es tuyo”. Pero las palabras nunca salieron. Y lo dejó ahí. En ese callejón. Sin saber. Sin despedirse.

—Sí. —La palabra salió. Firme. Clara. Mentira perfecta—. Acepto.

Algo brilló en los ojos de Diego. Triunfo. Satisfacción. Como jugador de ajedrez declarando jaque mate.

El sacerdote sonrió. Continuó con los votos de Diego. Palabras ensayadas sobre amarla y cuidarla. Promesas que sonaban bonitas pero olían a control.

Diego dijo “Sí, acepto” sin dudar. Por supuesto que no dudaba. Este era su plan desde el principio. Desde la llamada de su padre. Desde la "propuesta" que olía a trato comercial.

—Los declaro marido y mujer. —El sacerdote cerró su libro—. Puede besar a la novia.

Diego se acercó. Sus manos encontraron su cintura. Cuidadosas. Porque el bebé estaba ahí. Su “bebé”. La mentira que los unía.

La besó. Profundo. Posesivo. Como marcar territorio frente a testigos.

Los invitados aplaudieron. Flash de cámaras. Sonrisas. Felicitaciones.

Valeria cerró los ojos. Y mientras los labios de Diego se movían contra los suyos. Mientras el mundo celebraba su “felicidad”.

Veía a Nicolás.

Siempre Nicolás.




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