El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 39: La noticia

UN MES ATRÁS

Los meses siguieron, pero algo había cambiado.

Valeria ya no era un zombie completo.

Había chispa. Pequeña. Casi invisible.

Pero estaba ahí.

El número escondido en su billetera. Intacto. Sin usar todavía.

Pero listo.

Esperando el momento correcto. La oportunidad. El escape.

No sabía cuándo vendría.

Pero sabía que vendría.

Porque Luca crecía. Y las preguntas crecían con él.

Y pronto la mentira sería insostenible.

Y cuando colapsara, Valeria necesitaría estar lista.

Para correr. Para salvarse. Para salvar a su hijo.

Del hombre que decía amarlo, pero sólo lo poseía.

Como poseía todo.

Hasta que un día llegó la noticia. Un martes de septiembre, Valeria estaba doblando ropa de Luca cuando el teléfono sonó.

Número de Guanajuato.

Su padre.

El estómago se le apretó.

Porque no hablaban. Porque desde que se fue sólo había habido silencio culpable entre ellos. Llamadas mecánicas en navidad. Felicitaciones de cumpleaños por mensaje.

Nada más.

—¿Bueno?

—Valeria. —La voz de su padre. Cansada. Rota—. Es tu abuela.

Pausa.

Y Valeria supo.

Antes de que las palabras salieran.

Antes de que la confirmación llegara.

Supo.

—Murió esta mañana. En su casa. Dormida.

El mundo se detuvo.

La abuela.

La única persona que vivía y la había querido sin condiciones. Sin juicios. Sin transacciones.

La que le había enseñado a hacer pan. A torcer masa. A encontrar belleza en lo simple.

La que había intentado detenerla cuando huyó.

“No te vayas, mija”.

Pero Valeria no había escuchado.

Y ahora era tarde.

—¿Valeria? ¿Estás ahí?

—Sí. —Voz quebrada—. Estoy aquí.

—El funeral es el viernes. —Su padre tosió. Sonaba viejo. Enfermo—. Y el notario dice que dejó testamento. Tienes que venir. La casa es tuya. Y otras cosas.

La casa.

La casa colonial donde su madre había crecido. Donde la abuela había vivido toda su vida. Donde Valeria había pasado veranos completos antes de que todo se rompiera.

Donde había sido feliz.

Antes de Nicolás. Antes de Diego. Antes de la mentira.

—Está bien. —Susurró—. Voy a ir.

—¿Con el niño?

—Sí. Con Luca.

—¿Y Diego?

Valeria miró hacia la sala.

Diego trabajando en su laptop. Sin levantar la vista. Controlando hasta en silencio.

—También viene Diego.

Por supuesto que vendría.

Porque Diego no la dejaba ir sola.

Nunca.

—Nos vemos el viernes entonces.

Colgó.

Valeria se quedó ahí. Sosteniendo el teléfono. Con la ropa de Luca esparcida en la cama.

Y lloró.

Por primera vez en meses.

Lloró por su abuela. Por su madre que había muerto cuando Valeria tenía quince. Por la niña que había sido antes de que todo se complicara.

Lloró hasta que no quedaron lágrimas.

Y entonces.

Pensó en Guanajuato.

En el regreso.

En Nicolás.

—¿Estás bien? —Preguntó Diego que levantó la vista de su laptop y la vió llorando, trayéndola de vuelta a la ciudad tras su viaje mental a Guanajuato.

—Mi abuela murió.

—¿Cuándo?

—Hoy. Esta mañana.

—Lo siento. —Se levantó. Le puso las manos en los hombros—. ¿Necesitas algo?

—Tengo que ir al funeral. El viernes. En Guanajuato.

Pausa.

—¿Guanajuato?

—Sí. Donde crecí.

Diego apretó sus hombros. Apenas. Lo suficiente para que doliera sin dejar marca.

—Por supuesto. Vamos todos. Eres mi esposa. Tu familia es mi familia. Y además... —Se inclinó. Susurró en su oído—. No voy a dejarte ir sola.

No era pregunta.

El mensaje era claro.

Control. Siempre control.

—Está bien.

Diego la besó en la cabeza.

—Reservo los boletos mañana. ¿Cuántos días necesitas?

—No sé. Tres. Cuatro.

—Hagamos una semana. —Decidió por ella. Como siempre—. Así puedes arreglar lo de la herencia. Ver la casa. Cerrar todo apropiadamente.

Una semana.

En Guanajuato.

Con Diego. Con Luca.

Y con Nicolás a metros de distancia.

El pánico trepó por su garganta.

Los días antes del viaje fueron borrosos.

Valeria empacaba en automático. Ropa de Luca. Ropa de ella. Cosas que Diego insistía que necesitaban.

Pero su mente estaba en otra parte.

En Guanajuato. En las calles empedradas. En el Callejón del Beso donde todo había empezado.

En Nicolás.

¿Cómo se vería ahora? ¿Seguiría en el taller? ¿Habría conocido a alguien más?

¿La odiaría cuando viera a Luca?

Porque la vería. Era inevitable. Guanajuato no era tan grande. Y con el funeral. Con la casa. Con una semana completa.

Se cruzarían.

Y cuando eso pasara, todo colapsaría.

La noche antes del viaje Valeria no durmió.

Pensó en el número escondido en su billetera.

Tequisquiapan, Querétaro.

Sofía.

No era tan lejos de Guanajuato. Dos horas. Tal vez tres.

Si escapaba...

Si encontraba el momento...

Pero Diego estaría ahí. Vigilando. Como siempre.

No habría oportunidad.

No todavía.

A menos que...

A menos que Guanajuato cambiara algo.

A menos que ver a Nicolás. Ver la casa. Recordar quién había sido.

Le diera el coraje que necesitaba.

El jueves salieron temprano.

Vuelo de las ocho. Diego había comprado primera clase. Porque hasta en duelo había que mantener apariencias.

Luca estaba emocionado.

—¿Vamos en avión? ¿De verdad?

—Sí, mi amor.

—¿Y voy a conocer dónde viviste?

—Sí.

—¿Y a tu familia?

Valeria pensó en su padre. En las tías que no había visto en cuatro años. En los primos que la juzgarían por haberse ido.

—Sí.

Luca sonrió. Hoyuelos profundos. Ojos oscuros brillando.

Y Valeria pensó.

En Nicolás viendo esa sonrisa.

En Nicolás reconociendo sus propios rasgos.




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