El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 41: El collar de los recuerdos

PRESENTE

La caja era pequeña. De terciopelo negro. El tipo de estuche que prometía algo valioso, algo permanente.

Diego la deslizó sobre la mesa del desayuno como quien pone un alfil en posición de jaque al rey. Casual. Estudiado. La sonrisa bailándole en los labios mientras untaba mantequilla en el pan tostado.

—Para ti.

Valeria miró la caja. El terciopelo absorbía la luz del sol que entraba por la ventana del salón del hotel. Una mancha oscura sobre el mantel de lino blanco.

—¿Qué es?

—Ábrela.

No fue sugerencia. Fue orden envuelta en terciopelo, como la caja misma.

Luca jugaba con autos sobre la mesa. El sonido de las ruedas de metal contra las ranuras de la madera llenaba el silencio mientras Valeria extendía la mano. Sus dedos rozaron el terciopelo. Suave. Frío.

Abrió la caja despacio. El crujido de la bisagra sonó demasiado fuerte en el salón perfumado con café y pan recién horneado.

Y entonces lo vio.

El collar.

El aire se solidificó en sus pulmones. El corazón se le detuvo por un segundo completo antes de comenzar a galopar contra sus costillas como animal enjaulado.

Era una cadena delgada de oro viejo. Filigrana antigua con un dije en forma de corazón victoriano. Pequeño. Delicado. Con grabados tan finos que había que mirarlo de cerca para ver las rosas entrelazadas.

Lo conocía.

Cada milímetro. Cada imperfección en el metal desgastado. La forma exacta en que el corazón colgaba ligeramente ladeado porque el enganche estaba doblado.

Lo conocía porque había sido suyo.

Hacía ocho años.

OCHO AÑOS ATRÁS

Nicolás había llegado a su ventana pasada la medianoche. Trepando por el árbol de guayabos como un ladrón, aunque ella había dejado la ventana entreabierta como siempre cuando sabía que él vendría.

Dieciocho años. Ese verano en el que todo era posible. Años antes de que todo cambiara, de que el peso del mundo les cayera encima como techo desplomándose.

—Cierra los ojos. —Nicolás se sentó en el alféizar. Jeans rotos. Camiseta manchada. Olor a cigarrillo y a esa colonia barata que usaba y que Valeria amaba por razones que no podía explicar.

—¿Por qué?

—Porque te traje algo.

Valeria cerró los ojos. Sentada en su cama con su camisón de algodón. Descalza. El cabello suelto cayendo sobre sus hombros.

Escuchó el crujir de algo. Papel tal vez. Plástico.

Algo frío tocó su cuello. Metal contra piel. Las manos de Nicolás, ásperas de trabajar en el taller, abrochando el broche detrás de su nuca.

—Listo. Abre.

Valeria se levantó. Caminó al espejo sobre su cómoda. La luz de la luna entraba por la ventana. Suficiente para ver.

El collar brillaba contra su piel. Dorado. Antiguo. Hermoso de manera que las cosas baratas nunca son.

—Nicolás... —Se volteó. Él seguía en la ventana. Sonriendo con esos hoyuelos que le salían cuando estaba orgulloso de sí mismo—. ¿De dónde...?

—Había una joyería en el mercado. Ya sabes, la que vende cosas de segunda mano. Estaba en el aparador. Te vi mirándolo la semana pasada cuando pasamos. —Se encogió de hombros—. Pensé que te quedaría bien.

—No tenías dinero.

—Encontré la manera.

Valeria tocó el dije. El corazón victoriano con sus rosas grabadas. Sus dedos temblaban.

—¿Lo robaste? —preguntó sin mirarlo a los ojos. Porque sabía. Siempre sabía.

Nicolás se bajó de la ventana. Caminó hacia ella. La jaló contra su pecho. Olía a tabaco y sudor y a ese jabón barato que su madre compraba en el mercado.

—Lo que hice o no hice no importa. —Le besó la frente—. Lo que importa es que es tuyo. Para que siempre me recuerdes.

—Como si pudiera olvidarte.

—Prométemelo. —La tomó de la barbilla. La obligó a mirarlo—. Aunque pase lo que pase. Aunque nos separemos. Aunque todo se vaya al carajo. Este collar significa que una vez fuimos esto. Tú y yo. Reales.

—Dramático esta noche, ¿no?

Pero Nicolás no sonrió. Su expresión era seria. Casi desesperada.

—Promételo, Valeria.

—Lo prometo.

Él la besó. Profundo. Como quien se ahoga y encuentra aire. Como quien sabe que el tiempo es prestado.

Valeria nunca supo que Nicolás había visto el precio del collar. Quinientos pesos que no tenía. Que había esperado a que cerrara la joyería. Que había roto la cerradura trasera. Que había buscado en la oscuridad con una linterna prestada hasta encontrarlo.

Que casi lo habían atrapado. Que había corrido tres cuadras con el corazón golpeándole el pecho.

Que había valido la pena solo para ver cómo ella lo miraba ahora.

PRESENTE

—¿Te gusta?

La voz de Diego la arrancó del pasado como mano violenta.

Valeria parpadeó. El salón del hotel volvió a enfocarse. El sol. El café. Luca con sus autos.

Y Diego. Observándola con esos ojos grises que veían demasiado.

—Es... —Su voz salió rota—. Es hermoso.

—Lo vi en una tienda de antigüedades cerca del hotel. —Diego tomó un sorbo de café—. El dueño dijo que es de los años veinte. Victoriano. Auténtico. —Sonrió—. Pensé en ti.

Mentira. Cada palabra era mentira cuidadosamente construida.

Porque ese collar no había estado en ninguna tienda de antigüedades. Había estado en la casa heredada. En la caja de madera del escritorio del estudio donde guardaba todas las cosas de su abuela, que ella sintió que faltaba.

Diego había entrado a la casa antes de que ella lo hiciera. Lo había sacado. Se lo había llevado a escondidas.

Porque ese era el plan. Siempre había sido el plan.

Recordarle lo que había perdido. Recordarle quién tenía el control ahora.

—¿Cómo supiste mi talla? —Las palabras salieron automáticas. Estúpidas.

Diego inclinó la cabeza. Como un perro confundido.

—¿Talla? Es un collar. No tiene talla.

Valeria cerró la caja. El clic sonó como disparo en el silencio tenso.




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