El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 49: La elección

La llamada había durado cuatro minutos.

Valeria lo sabía porque había mirado el reloj de la pared de la recepción del hotel mientras marcaba. Las doce y diecinueve. Diego estaba en la habitación con Luca. Valeria había dicho que bajaba a pedir hielo para Luca, que tenía fiebre, que necesitaba algo.

Diego no había preguntado nada.

Eso también lo había aprendido de cuatro años con él: cuando le dabas una razón con el nombre de Luca en el centro, Diego no preguntaba. Porque discutir eso lo hacía verse mal incluso ante sí mismo.

Había caminado hasta el teléfono de la cabina junto a la conserjería. No el de su celular. No el que Diego podía revisar con la misma naturalidad con que revisaba su correo o la disposición de los cojines del sofá.

Ese teléfono no.

Había marcado el número de memoria. El que llevaba dos años doblado en el forro de su billetera y el mismo tiempo grabado detrás de los dientes como oración.

Sofía contestó al segundo timbre.

—Soy yo.

—Ya sé que eres tú. —Sin pausa. Como si hubiera estado esperando—. Cuánto tiempo, Val.

—Necesito que vengas a Guanajuato.

Un segundo de silencio.

—¿Cuándo?

—Mañana. Antes de las once.

—¿Puedes hablar?

—No.

—¿Estás bien?

Valeria miró el reloj. Las doce y veintiuno. Luca sin hielo. Diego contando minutos.

—Todavía no. —Una pausa—. Pero voy a estarlo.

Sofía no hizo más preguntas.

Eso también se lo agradecería después, cuando hubiera tiempo para agradecer.

Le dio el nombre del hotel. La calle. Le dijo que Diego tenía reunión con el notario a las diez de la mañana y que no sabía cuánto tiempo duraría. Que cuando viera su mensaje era porque ya podía venir.

—¿Y el niño?

—Viene conmigo.

Otro silencio. Este diferente. Más pesado.

—¿Y el mecánico?

Valeria cerró los ojos un segundo.

—No.

Esta vez el silencio de Sofía no preguntó nada. Entendió de inmediato, como siempre había entendido. Que esta no era una historia de elegir entre un hombre y otro. Que esa historia ya había pasado y había terminado de la peor manera. Que esto era otra cosa.

—Mañana antes de las once. —Sofía, firme—. Estaré.

Valeria colgó.

Caminó de regreso a los elevadores sin hielo para la fiebre que Luca no tenía.

A las nueve con cuarenta y cinco del día siguiente, Diego se anudó la corbata frente al espejo del baño y le dijo que el notario era puntual y que probablemente estarían de regreso antes del mediodía.

Valeria asintió desde la cama donde Luca veía caricaturas.

—¿Necesitan algo antes de que me vaya?

—Estamos bien.

Diego la miró un segundo. Esa pausa que él usaba a veces como si fuera una herramienta. Un milímetro más larga de lo necesario.

Luego tomó su saco del respaldo de la silla y salió.

La puerta se cerró.

Valeria contó hasta treinta.

Después se levantó.

—Luca, amor. Vamos a salir.

—¿A dónde?

—A dar una vuelta. ¿Quieres llevar el camión?

Él ya lo tenía en la mano. Siempre lo tenía.

No hizo preguntas. Tenía tres años y todavía existían mañanas en las que levantarse era suficiente motivo.

Valeria agarró la mochila que había preparado la noche anterior, mientras Diego dormía. No era grande. Había aprendido a no necesitar mucho. Documentos. El celular. Efectivo que había ido guardando en billetes chicos desde hace semanas, escondido entre las páginas de un libro de recetas que Diego nunca abriría.

La foto.

La puso al fondo, entre los documentos. La carta de su abuela también.

Tomó a Luca de la mano.

Mandó el mensaje a Sofía.

Llegué.

Sofía estaba estacionada en la calle lateral, a media cuadra del hotel, con el motor encendido y la ventana del copiloto ya abierta.

Dos años más y todavía con los lentes de marco grueso. Todavía con esa forma de sentarse al volante que era de alguien que sabe a dónde va.

Valeria abrió la puerta trasera primero. Ayudó a Luca a subir.

—¿Quién es? —preguntó él.

—Sofía, ¿no te acuerdas?

—¡Hola Luca! —Sofía lo miró por el retrovisor—. Soy Sofía. ¿Tienes hambre?

Luca apretó el camión.

—Sí.

—Perfecto. Yo también.

Valeria subió al asiento del copiloto. Cerró la puerta. El clic del seguro.

Sofía no preguntó nada todavía. Puso la primera y arrancó despacio, como alguien que no tiene prisa aunque la tiene, como alguien que sabe que correr en estos momentos llama más la atención que no hacerlo.

Salieron por las calles de bajada, pasando entre las paredes de colores. El arco del callejón al fondo, a la derecha. Valeria no lo miró. No podía. Sabía lo que había ahí: cenizas, piedra quemada, un letrero caído con su apellido.

No era el momento para eso.

Después.

Había tiempo después para todo lo que se había quedado sin decir en este pueblo.

Tomaron la salida hacia la carretera.

Guanajuato se fue achicando detrás del parabrisas trasero.

—¿A dónde? —preguntó Sofía, cuando ya sólo quedaba la autopista y el cielo abierto.

—A donde tú digas.

Un asentimiento. Nada más.

Valeria se recostó en el respaldo. Cerró los ojos dos segundos. Sólo dos.

Detrás de ella Luca tarareaba algo que no era ninguna canción. Ese sonido que hacían los niños cuando estaban suficientemente tranquilos como para inventar música.

Abrió los ojos.

La carretera era recta y larga y no se parecía a nada de lo que había dejado atrás.

Valeria no había elegido a Nicolás.

No había elegido a Diego.

Había elegido esto. La carretera. El asiento del copiloto. La voz de su hijo inventando música en el asiento trasero. El número memorizado que llevaba dos años esperando ser marcado de verdad.

Había elegido a Luca.

Sin apellido de hombre.

Sin nombre de hombre que la definiera.

Sólo ella. Sólo él. Y el camino que todavía no tenían nombre pero ya estaba siendo recorrido.




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