El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 50: Fiebre

La casa de Sofía tenía un aroma a madera y a comida casera.

No era grande. Una sala con muebles que no hacían juego pero que habían sido elegidos con cuidado. Plantas en la ventana. Dibujos de niño pegados con cinta en el refrigerador. El tipo de desorden que tienen las casas donde la gente realmente vive.

Renata estaba en la sala cuando llegaron.

La vecina que la había cuidado se despidió en la puerta con un “qué bueno que llegaron bien”, sin hacer preguntas, exactamente el tipo de vecina que Sofía había elegido tener.

Renata ni se inmutó con la despedida. Cuatro años, el mismo cabello oscuro de su madre y una muñeca de tela colgando de la mano. Miró a Luca con esa evaluación seria que tienen los niños cuando llega alguien nuevo.

Luca la miró de vuelta.

—Renata —dijo, como reconociendo algo—. Del jardín.

—Ya no vivo ahí —dijo ella.

—Yo tampoco —dijo él.

Y con eso quedó resuelto.

Renata se fue a su cuarto sin más explicaciones. Luca la siguió. Sofía y Valeria los oyeron desde el pasillo, la voz de Renata indicando en qué cajón estaban los juguetes, la voz de Luca preguntando si tenía camiones.

No tenía camiones. Pero tenía bloques.

Funcionó igual.

Luca se quedó dormido antes de que Sofía terminara de prepararle la cama.

No preguntó nada. No pidió que le leyeran un cuento. Solo apretó el camión contra el pecho y se fue, como se apagan los niños cuando el día fue demasiado largo para sus tres años.

Valeria lo cubrió. Le acomodó el rizo de la frente.

Se quedó mirándolo más tiempo del necesario.

—Ven. —Sofía desde la puerta. Suave. Sin apuro—. Te hice té.

Se sentaron en la mesa de la cocina con las manos alrededor de las tazas. Afuera reinaba ese silencio de pueblo chico que no es un silencio del todo. Un perro lejano. El viento en los árboles. Una moto pasando.

—¿Cuánto me vas a contar? —preguntó Sofía.

Directo. Sin rodeo. Eso era Sofía.

Valeria miró el té.

—Lo suficiente.

—¿Y lo demás?

—Lo demás todavía no.

Sofía asintió. Tomó un sorbo. Esperó.

Y Valeria habló.

Le contó del incendio. No todo. No lo que Diego había dicho con esa voz sin volumen que era peor que cualquier grito. Sólo que el taller de Nicolás había ardido y que Diego no había estado ahí esa noche pero que Diego siempre encontraba la forma de no estar donde las cosas pasan y de igual forma ser responsable de ellas.

Le contó de la carta de su abuela.

Eso sí, completo. La caja con el fondo falso. Las palabras en esa letra con la V al revés. Los familiares en Sigüenza, España. Primos de su abuela materna que no tenían ninguna relación con su padre. Gente que no lo conocía. Gente que no le debía nada a nadie de su apellido. Gente que podría recibirla sin condiciones.

—¿Los conoces? —preguntó Sofía.

—No. Solo sé que existen porque mi abuela me lo escribió antes de morir.

—¿Y les avisaste?

—Todavía no.

Sofía la miró por encima de los lentes.

—¿Y cuándo?

—No sé cuándo. —Valeria apretó la taza—. No sé cómo. Para salir del país con Luca necesito papeles que no tengo. Diego está registrado como su padre. Legalmente soy su esposa. Si intento salir de México con él me pueden detener en el aeropuerto.

El silencio que siguió no fue de Sofía sin respuesta. Fue de Sofía pensando.

—Tengo contactos. —Lo dijo despacio, midiendo—. De cuando vivía en la ciudad. Gente que sabe hacer cosas que no se hacen en ventanilla.

Valeria la miró.

—¿Qué tipo de cosas?

—El tipo que tú necesitas. —Sofía la sostuvo la mirada—. No te estoy diciendo que sea fácil ni barato. Te estoy diciendo que existe.

Valeria pensó en el efectivo de la mochila. En los billetes chicos guardados durante semanas entre las páginas de un libro de recetas. No era mucho. Pero era suyo. Sin la firma de Diego. Sin su nombre en ninguna cuenta.

—Déjame hacer una llamada —dijo Sofía—. Mañana.

—Sofía, si Diego ya descubrió que me fui...

—Mañana. —Firme pero sin urgencia—. Esta noche no puedes hacer nada. Esta noche duerme.

Valeria no durmió.

O durmió de esa manera que no descansa. Que te lleva a lugares que no elegiste y te deja ahí.

En el sueño, era de noche. El callejón.

No el callejón del día anterior, no el que olía a tarde y a piedra húmeda. Este era más oscuro. Las paredes más altas. El arco del fondo bloqueado por algo que Valeria no podía ver pero sentía.

Nicolás estaba en el suelo.

Boca arriba. Los ojos cerrados. Las manos abiertas a los lados como quien cayó sin tiempo de prepararse.

Valeria quería correr hacia él pero sus pies no encontraban el adoquín. Como si el piso no estuviera. Como si el callejón hubiera decidido no sostenerla.

—Nicolás.

Su voz no salió. O salió y el callejón se la tragó.

Él no se movió.

Tenía hollín en la ropa. En las manos. En la cara. El mismo hollín del taller que Valeria había olido a tres calles de distancia esa mañana, ese humo espeso que se mete en el pelo y no sale.

—Nicolás, ¡levántate!

Nada.

Y entonces Diego apareció a su lado. Sin que llegara. Sólo ahí, como siempre, sin origen, sin camino recorrido.

—Esto es lo que pasa —dijo Diego. Tranquilo. La voz de siempre—. Cuando las cuentas no dan.

Valeria se despertó con el corazón afuera del pecho.

La habitación de Sofía. La pared beige. El velador con una veladora apagada.

Luca.

Se levantó antes de terminar de procesar que estaba despierta. Fue al cuarto del fondo donde habían puesto la cama pequeña.

Lo encontró revuelto entre las cobijas.

Le puso la mano en la frente.

Y sintió el calor antes de que sus dedos aterrizaran del todo.

—Cuarenta y uno. —Sofía leyó el termómetro. El ceño fruncido—. Hay que bajársela.

Luca estaba rojo. Los ojos vidriosos de esa manera que tienen los niños con fiebre alta, brillantes y al mismo tiempo apagados.




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