El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 55: Lo que queda en el fondo

El taller olía diferente ahora.

Ya no olía a grasa ni a metal ni a ese olor propio que tienen los lugares donde alguien trabaja de verdad con las manos. Olía a madera carbonizada y a agua estancada y a algo más que Nicolás no sabía nombrar.

A final.

Había vuelto tres veces en los últimos dos días. No para rescatar nada. No había nada que rescatar. Volvía porque no encontraba dónde estar si no era aquí. Porque este lugar había sido el único sitio en el mundo que era completamente suyo y ahora que no existía su cuerpo seguía buscándolo como se busca un diente que ya no está.

Se agachó en el centro de lo que había sido el taller.

Pasó los dedos por el piso quemado. Hollín. Carbón. Algo que la lluvia de los bomberos había convertido en una pasta oscura que ya se estaba secando.

El fuego había empezado por el fondo.

Eso lo sabía. Todo el barrio lo sabía. Lo que nadie le había explicado era el por qué del fondo. El fondo era el cuarto. Era donde él dormía. Era donde no había nada que pudiera incendiarse solo excepto la cama y la mesita y la vela que a veces dejaba prendida cuando se quedaba dormido leyendo.

Pero no había dejado ninguna vela esa noche.

Esa noche no había dormido ahí.

Esa noche había estado en el callejón detrás de la casa de la abuela de Valeria, mirándola irse con Diego, sintiéndose exactamente como lo que era: un hombre que lleva cuatro años parado en el mismo lugar esperando que el mundo cambie de dirección.

Así que alguien había entrado.

Eso era lo que sus manos decían cuando tocaban el piso del fondo. Eso era lo que el olor le decía, ese rastro débil que los bomberos no habían podido llevarse del todo. Algo que no era madera. Algo sintético. Algo que se trae desde afuera.

La señora Rosaura vivía frente a la ferretería de la esquina.

Setenta años. Viuda. La clase de mujer que conoce el nombre de todos los perros del barrio y puede decirte a qué hora llegó el camión de la basura cualquier día de los últimos quince años. El tipo de persona que en un pueblo chico vale más que cualquier cámara de seguridad.

Nicolás tocó su puerta sin saber exactamente qué iba a preguntarle.

Ella abrió antes de que terminara de tocar. Como si lo hubiera estado esperando.

—Nicolás. —Lo miró de arriba abajo con esa franqueza de las señoras mayores que ya no deben nada a la delicadeza—. Estás hecho un desastre, mijo.

—¿Vio algo esa noche, señora Rosaura?

Ella no fingió no entender.

—Pasa.

Adentro olía a pan y a novela de televisión y a ese aroma particular de las casas donde alguien lleva décadas viviendo solo pero con orden.

—Me despertó el olor. —Se sentó frente a él con la velocidad de quien ya tiene la historia lista—. Como a las dos y algo. Me levanté a ver. La ventana de mi cuarto da al callejón de atrás.

Nicolás se quedó quieto.

—¿Y?

—Y vi un coche. —Ella dobló las manos sobre la mesa—. Apagado. Sin luces. Estacionado en el callejón de atrás, donde nunca estaciona nadie porque apenas cabe un carro.

—¿Lo conocía?

—El coche no. —Una pausa—. Pero vi cuando salió el hombre.

El pecho de Nicolás se detuvo un segundo.

—¿Cómo era?

—Traje. Pelo gris. Ya entrado en años. —La señora Rosaura lo miraba con esos ojos de quien sabe que lo que va a decir cambia algo—. Y oí cuando habló al teléfono. Bajito pero se oía. Dijo “ya está”. Así nomás. Ya está. Y se fue.

Ya está.

Dos palabras que cabían en cualquier cosa.

Nicolás salió de la casa de la señora Rosaura con esas dos palabras moviéndose en el centro del pecho como una brasa que no termina de apagarse.

Traje. Pelo gris. Ya entrado en años.

Caminó tres cuadras sin dirección fija.

Pasó frente a la miscelánea de Don Abelardo, que lo llamó por su nombre y le preguntó cómo iba la cosa, con esa compasión áspera de la gente que no sabe cómo consolar pero necesita decir algo. Pasó frente al puesto de los jugos donde la mujer de trapo amarillo ya estaba cortando naranjas aunque todavía era temprano.

Pensó en Diego.

Diego con su coartada perfecta. Diego con su foto de Instagram de la cena con el equipo Monterroso. Diego con esa sonrisa de hombre que nunca necesita ensuciarse los zapatos porque tiene gente que lo hace por él.

Traje. Pelo gris.

No era Diego.

El estómago de Nicolás giró despacio hacia una dirección que no quería confirmar.

Ernesto Mendoza todavía estaba en Guanajuato.

Eso lo supo por el Chato Figueroa, que lo vio esa mañana desayunando solo en el café del Portal. Que le contó a la Bety del estanquillo. Que le contó a la señora Esperanza cuando fue a comprar pilas. Que se lo dijo a Nicolás cuando él pasó por la calle preguntando, sin preguntar directamente, si alguien sabía algo del padre de Valeria.

Los pueblos chicos tienen su propia red de información.

Y Nicolás sabía usarla.

Encontró al hombre en el hotel. Sentado en el lobby con un café frío y la cara de alguien que está esperando algo sin saber que lo que espera ya pasó.

Ernesto Mendoza lo vio acercarse.

No se movió.

—Reyes.

—Don Ernesto. —Nicolás se quedó de pie frente a él. No se sentó. Esa elección tenía peso y ambos lo sabían—. Necesito hablar con usted.

—No tenemos nada de qué hablar.

—El incendio de mi taller.

Algo pasó por la cara del viejo. Rápido. Casi invisible. Pero Nicolás llevaba la vida entera aprendiendo a leer los gestos que la gente intenta ocultar.

—Eso no tiene nada que ver conmigo.

—¿No?

—Es un accidente. Estos talleres viejos...

—Alguien entró por el callejón de atrás a las dos de la madrugada. —Nicolás habló despacio. Sin levantar la voz. Con esa calma que es más difícil de sostener que el grito—. Alguien con traje. Con pelo gris. Que al salir dijo “ya está” por teléfono.

El café frío en la mesa. La mano del viejo sobre la taza, quieta.




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