El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 56: Tarde

Dos horas de carretera.

El Tsuru olía a aceite viejo y a alguien que no era él. Un aromatizante de árbol verde colgado del retrovisor. Una botella de agua vacía en el asiento del copiloto. Una factura de gasolinera metida entre el tablero y el parabrisas con la letra apretada de alguien que no era Nicolás.

El dueño del carro se llamaba Roberto. Nicolás lo sabía porque tenía la credencial de circulación en la guantera. Roberto Fuentes. Treinta y dos años. Dirección de una calle de Guanajuato que Nicolás conocía.

Le devolvería el carro.

Cuando esto terminara.

Cuando supiera qué era “esto”.

La carretera a Querétaro tiene esa cosa que tienen las carreteras de México cuando vas solo y de noche: se vuelven una sola línea blanca que el faro parte en dos y el tiempo deja de medirse en horas y empieza a medirse en canciones de radio que nadie eligió y en kilómetros que el odómetro registra con indiferencia.

Nicolás no puso radio.

Manejó en silencio.

Pensó en el café frío de Don Ernesto.

En la mano del viejo sobre el vaso. En esa forma suya de sostener las cosas como si soltarlas fuera admitir algo. Qué clase de padre. Qué clase de hombre que cree que proteger y controlar son la misma acción. Que cree que pagar la vida de su hija es quererla.

Pensó en Valeria corriendo al taller aquella mañana con el saco del día anterior todavía puesto.

La había visto desde lejos antes de que ella lo viera a él. Corriendo. Con ese paso que no le conocía, roto, sin el equilibrio aprendido de cuatro años de mujer de hombre importante.

Corriendo como quien todavía le importa algo.

Eso era lo que Nicolás había guardado de ese día entre todo lo demás que ardió.

Que ella había corrido.

Tequisquiapan era exactamente lo que esperaba y lo que no esperaba.

Un pueblo de calles empedradas y fachadas de cantera rosa que el sol del atardecer volvía casi anaranjadas. Macetas en las ventanas. Perros durmiendo en las aceras. El olor a buñuelos desde alguna esquina que Nicolás no encontró pero que estaba ahí, instalado en el aire como promesa.

Calle Hidalgo.

La encontró sin preguntar. En los pueblos chicos las calles principales siempre llevan los mismos nombres.

El número 34 era una casa de dos pisos con la puerta azul marino y una bugambilia que se había trepado por la fachada hasta el segundo piso sin pedir permiso.

Bonito.

El tipo de lugar donde alguien viene a empezar de nuevo.

Nicolás estacionó el Tsuru. Se quedó sentado un momento con las manos todavía en el volante.

Dos horas en el carro. Diego le llevaba tres horas de ventaja.

Matemática simple.

Sabía lo que probablemente encontraría.

Igual golpeó.

La mujer que abrió la puerta tenía el cabello corto con mechas que habían sido más claras y ya estaban crecidas. Lentes de marco grueso. Una blusa holgada verde. Alta. Con esa postura de quien aprendió a ocupar espacio en algún punto de su vida y ya no lo negocia.

Lo miró.

No con miedo. Con esa evaluación rápida y sin disimulo de quien ya no tiene paciencia para filtros.

—¿Sí?

—Busco a Valeria Mendoza. —Nicolás hizo una pausa—. Vargas. Valeria Vargas.

La mujer no parpadeó.

—¿Quién eres tú?

—Nicolás Reyes.

Algo pasó por la cara de la mujer. Algo que no era sorpresa. Algo más parecido al reconocimiento. Como cuando confirmas algo que ya sabías pero necesitabas escuchar en voz de otro.

—No está. —Su voz era plana pero no fría—. Se fueron hace unas horas.

El pecho de Nicolás procesó eso en silencio.

—¿Con él?

No era pregunta. Tampoco ella lo trató como pregunta.

—Con él. —Confirmó. Y después, más bajo—. No sola. No porque quiso.

Nicolás apoyó una mano en el marco de la puerta. No para sostenerse. Para tener algo donde poner la fuerza que no tenía dónde ir.

—Valeria siempre fue más valiente cuando no había testigos —dijo finalmente.

Nicolás entendió.

No necesitaba más que eso.

—¿A dónde se los llevó?

—A Ciudad de México. Ahí viven. Su casa, su territorio, sus reglas. —Una pausa—. ¿Vas a pasar o te vas a quedar ahí?

Nicolás levantó la vista.

La mujer había dado un paso atrás. Sin dejar de mirarlo. Esa invitación que no era pregunta.

Entró.

La cocina olía a café recién hecho y a una niña pequeña, Renata, que dormía en el sillón de la sala abrazada a su muñeca de tela. Sofía —así dijo llamarse, Sofía Rentería, con esa forma directa de presentarse que no dejaba espacio para preguntas adicionales— puso dos tazas sobre la mesa sin preguntar si quería.

Se sentó frente a él.

Lo estudió.

Nicolás dejó que lo estudiara. No tenía nada que esconder que valiera la pena esconder.

—Tres años —dijo ella finalmente. No era acusación. Era cálculo—. Tres años desde que nació Luca.

—Sí.

—Y ella nunca te lo dijo.

—No.

Sofía rodeó su taza con las dos manos. Ese gesto de quien piensa mejor cuando tiene algo que sostener.

—Me contó lo suficiente. —Habló despacio—. No todo. Nunca todo. Pero lo suficiente para que yo armara el resto. El mecánico de Guanajuato. El hombre del que no podía hablar sin que la voz le cambiara. —Una pausa breve—. El niño que no se parece al abogado.

Nicolás no dijo nada.

—Tengo una hija. —Sofía miró hacia el sillón donde Renata dormía—. Cuando conocí a Valeria hace un año, lo que más me dolió no fue lo de Diego. Ya conocía hombres así. Me dolió lo de Luca. Un niño que va a crecer sin saber de dónde viene. —Levantó la vista—. Eso no es justo.

—No.

—¿Vas a ir a la Ciudad?

La pregunta llegó directa, sin preparación. Así hablaba esta mujer.

Nicolás pensó en lo que había dicho su madre hacía días, antes de que todo ardiera. Que reclamar no era suficiente. Que había que demostrar. Que llegar con las manos vacías y la rabia encima no era ser padre, era ser otro problema más en la vida de un niño que ya tenía demasiados.




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