El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 59: El regreso

Luca fue el que rompió el silencio.

Saltó de la acera y caminó directo hacia Nicolás con esa confianza sin filtro que tienen los niños de tres años, que todavía no aprendieron que los extraños dan miedo.

Se paró frente a él.

Lo miró de abajo hacia arriba.

Señaló sus botas.

—Tienes barro —dijo.

Nicolás bajó la vista. Era verdad.

—Sí.

—Yo también tuve barro hoy. —Luca lo informó con total seriedad—. Pero me lavaron.

Nicolás no supo qué responder.

Valeria tampoco.

Fue ella quien habló primero, aunque le costó.

—Entra. —No era una invitación. Era lo único que podía decir. Señaló hacia el zaguán de la casa heredada, cuya puerta seguía con la misma cerradura oxidada que llevaba tiempo abriendo con el hombro—. Por favor.

La casa olía a polvo y a ausencia.

Nicolás sintió que no había entrado nunca, aunque tantas veces se habían escabullido allí. Adentro era el territorio de su abuela y de todo lo que Valeria había sido antes de convertirse en lo que Diego Vargas necesitaba que fuera.

Luca entró corriendo.

Encontró una silla de madera y la usó de escalera. Subió. Bajó. Volvió a subir.

Valeria lo dejó.

Se quedó de pie en el centro de la sala. Las manos a los costados. El bolso todavía cruzado en el pecho, como escudo o como costumbre.

Nicolás cerró la puerta.

Se miraron.

—¿Cómo te fuiste? —preguntó él. Sin rodeos. Esa era la pregunta que lo había estado ocupando los últimos tres minutos.

Valeria soltó el aire despacio.

—Diego y mi padre se pelearon. —Hizo una pausa—. Llevan días así. Desde Tequisquiapan. El dinero del detective. Quién pagó de más. Quién tiene más autoridad sobre mí. —Una pausa amarga—. Como si yo fuera un objeto que ninguno de los dos sabe dónde guardar.

—¿Y?

—Y ayer en la noche los dos salieron a cenar. Solos. Para hablar. —Las palabras le salían en orden, sin emoción, como si las hubiera ensayado en el camino—. Diego me dijo que Carmela iba a quedarse con Luca y conmigo. La asistenta. Pero Carmela tiene setenta años y se durmió en el sillón a las nueve.

—Saliste caminando.

—Llamé un Uber a la terminal con el teléfono de Carmela. —Algo parecido a un orgullo pequeño y agotado cruzó su cara—. Diego bloqueó mis tarjetas. Pero no las de Carmela. Y de ahí un bus con mi dinero escondido.

Silencio.

Luca se cayó de la silla con un golpe sordo. Se levantó solo. Siguió adelante.

Ninguno de los dos se movió.

—Nicolás. —Su voz cambió. Más baja. Más difícil—. Necesito decirte algo y no sé cómo.

—Dilo.

—No sé si puedo pedirte esto.

—Dilo igual.

Valeria lo miró. Esos ojos color miel que él había aprendido a leer en seis años y que después había pasado cuatro más intentando olvidar.

—Necesito que me ayudes. No porque tengas obligación. No porque... —Se detuvo—. No porque lo nuestro haya sido algo. Sino porque Luca es tuyo y yo no puedo sola con lo que viene.

El tornillo entre las costillas de Nicolás giró media vuelta.

—Valeria.

—Déjame terminar. —Levantó la mano. Temblaba—. Sé lo que hice. Sé lo que te quité. No voy a pedirte que lo perdones ahora porque no tengo derecho a pedirte eso. Pero Diego no va a parar. Mi padre no va a parar. Tienen abogados y tienen dinero y tienen el acta de nacimiento. Y yo no tengo nada.

—Tienes la verdad.

Las palabras le salieron antes de pensarlas. Las mismas de su madre esa mañana. El mismo filo delgado.

Valeria lo miró como si eso doliera más que cualquier insulto.

—La verdad no me devuelve a mi hijo si un juez decide que Diego es su padre legal y yo me fui con él sin permiso.

Nicolás no respondió.

Porque era cierto.

—Entonces qué propones —dijo finalmente.

Valeria cruzó los brazos sobre el pecho. No por actitud. Por contención.

—Irse.

—¿A dónde?

Y entonces ella le contó lo de la carta.

No todo. Lo esencial. El cajón con el fondo falso. La letra de su abuela con la V al revés. El nombre de un pueblo en España. Sigüenza. Los Villanueva, la familia del abuelo materno, sin ningún vínculo con su padre, sin ninguna deuda con Diego. Gente que ya sabía que podría llegar. Gente que esperaba sin prisa porque su abuela se los había pedido antes de morirse.

Nicolás escuchó todo sin interrumpir.

Luca encontró un trapo de cocina y lo estaba usando como capa. Corría de una punta a la otra de la sala con los brazos extendidos. Ajeno. Libre de la forma en que solo pueden serlo los niños que todavía no saben que el mundo les debe una conversación muy larga.

—España —dijo Nicolás.

—España.

—Yo no tengo pasaporte.

—Eso tiene solución.

—Yo no tengo dinero para un vuelo.

—Eso también.

—Valeria. —Su voz bajó un tono—. Mi lugar está aquí.

El silencio que siguió fue diferente a los anteriores.

Ella no discutió. Sólo lo miró. Con esa expresión que no era súplica ni reproche. Que era simplemente el peso de los hechos puestos sobre la mesa.

Luca pasó corriendo entre los dos con el trapo ondeando.

—¡Soy un avión! —anunció.

Ninguno de los dos sonrió.

—Tu taller está destruido —dijo Valeria despacio—. Tu madre está bien aquí por su cuenta. Diego tiene contactos en el poder judicial de este estado. Si se entera de que estás aquí conmigo va a usar exactamente eso. —Una pausa—. No te estoy pidiendo que te quedes para siempre. Te estoy pidiendo que vengas hasta que Luca esté a salvo.

Nicolás miró al niño.

El trapo de cocina se había enredado en una silla y Luca peleaba contra él con seria determinación, murmurando algo que sonaba a instrucciones propias.

Sus ojos.

Sus hoyuelos.

Sus manos pequeñas que empujaban con la misma terquedad que él había tenido a esa edad, que seguía teniendo ahora.

Reclamar no es lo mismo que estar.

La voz de su madre. Nítida. Como si la tuviera a un metro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.