El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 62: La mentira necesaria

Llegó a Tequisquiapan con el tanque casi vacío y la mandíbula apretada de tanto morder el interior de la mejilla.

El auto de Don Hilario olía a aceite de motor y a Nicolás. A ese él que era una mezcla de cigarros y grasa limpia y algo más difícil de nombrar que Valeria había pasado cuatro años tratando de olvidar sin conseguirlo. Luca dormía en el asiento trasero con el camión de metal apretado contra el pecho, ajeno a todo, como son los niños cuando el sueño les gana.

Sofía abrió la puerta antes de que Valeria tocara.

Había luz adentro. El olor a café. Los geranios en la ventana.

La cara de Sofía no hizo preguntas. Hizo espacio.

—Entra.

Valeria entró. Dejó la mochila. Puso a Luca en el cuarto del fondo con la delicadeza automática de las madres que operan sin dormir. Lo cubrió. Le acomodó el rizo. Se quedó mirándolo tres segundos más de los necesarios.

Luego volvió a la cocina.

Sofía tenía dos tazas sobre la mesa y una expresión que era el equivalente humano de una puerta cerrada: firme, sólida, sin rendijas por donde se colara el dramatismo.

—Cuéntame.

Valeria se sentó. Dijo lo esencial. Nicolás detenido. La plaza. Las palabras que había gritado en público que no podía devolver. El auto que había tomado mientras Diego y su padre seguían discutiendo con los abogados sobre jurisdicción y cargos y el precio de los favores judiciales.

Sofía la escuchó sin interrumpir.

Cuando Valeria terminó, Sofía tomó un sorbo de café. Calculó algo que Valeria no podía ver.

—¿Tienes el pasaporte?

—Sí.

—¿Y el de Luca?

Valeria vaciló.

Ese era el problema. Ese había sido siempre el problema.

El pasaporte de Luca existía. Diego lo había tramitado dos años atrás, para un viaje a Miami que nunca habían hecho porque Diego encontró otra forma de controlarla sin necesidad de fronteras. Pero para salir del país con un menor cuyo padre legal seguía siendo un hombre vivo que no había firmado ningún permiso, el pasaporte solo no alcanzaba. Necesitaba un documento notarial. Una autorización. La firma de Diego Vargas en un papel que dijera que estaba de acuerdo.

Diego Vargas no iba a firmar nada.

—Necesito una autorización para viajar con él. —La voz de Valeria salió plana, sin adornos—. Sin la firma de Diego me detienen en el primer filtro migratorio.

Sofía asintió. Lento. Como quien confirma un diagnóstico que ya conocía.

—Tengo un contacto en la Ciudad. —Lo dijo sin rodeo, sin bajar la voz como si dijera algo vergonzoso—. De cuando vivía allá. Un notario que dejó de serlo por razones que no vienen al caso pero que conserva los sellos necesarios.

Valeria la miró.

—Sofía.

—Ya sé lo que vas a decir.

—Es falsificación.

—También es tu única salida. —Sofía la sostuvo la mirada—. Ya habrá tiempo para la filiación legal. Para que el nombre correcto quede en el papel correcto. Pero eso no puede pasar si sigues aquí. —Una pausa—. ¿Tienes el efectivo?

Lo tenía. Los billetes chicos guardados entre las páginas de un libro de recetas durante semanas. No era mucho. Era lo suficiente.

—¿Cuánto va a pedir?

—Déjamelo a mí.

Sofía hizo una llamada. No en esa mesa ni en esa cocina. Salió al patio trasero con los geranios y el silencio del pueblo y estuvo afuera veinte minutos. Valeria contó las baldosas del piso. Eran dieciséis. Las contó tres veces para estar segura.

Cuando Sofía volvió, traía una dirección anotada en un papel.

—Mañana por la mañana. Colonia Narvarte, Ciudad de México.

Valeria tomó el papel.

La dirección le ardió en los dedos como si tuviera temperatura.

Salieron de Tequisquiapan antes del amanecer.

Luca despertó en el auto con la cara arrugada de sueño y preguntó a dónde iban.

—De viaje —dijo Valeria.

—¿A dónde?

—Lejos.

Luca procesó eso con la pragmática de los tres años. Apretó el camión. Volvió a dormirse.

La carretera a la Ciudad estaba vacía a esa hora. Gris y quieta. Los cerros todavía oscuros contra un cielo que empezaba a decidir si iba a aclararse. Valeria manejó con las dos manos en el volante y la carta de su abuela doblada en el bolsillo interior del saco, contra las costillas, donde podía sentirla moverse con cada respiración.

Sigüenza. Tienen una casa grande. No le deben nada a nadie.

Primos que nunca había visto. Gente que no conocía el apellido de Diego. Que no le debía favores al padre de Valeria. Que podían recibirla sin condiciones porque el único vínculo que los unía era la sangre de una mujer que había muerto con secretos y había elegido dejarle uno como herencia.

La Ciudad apareció en el horizonte como siempre aparece: sin aviso, sin cortesía, demasiado grande para fingir que no existe.

El ex notario se llamaba Armando.

Tenía cincuenta y tantos años, una oficina en el segundo piso de un edificio que olía a papel húmedo y a décadas de trámites, y la mirada cansada de alguien que había visto de todo y ya no juzgaba nada.

Sofía había llamado. Él ya sabía lo que necesitaban.

No hizo preguntas. Eso era lo que valía el dinero: la ausencia de preguntas.

Valeria le pasó los documentos. El pasaporte de Luca. El suyo. Los datos que Armando le pidió con esa economía de palabras de los hombres que trabajan en los márgenes.

Luca estaba sentado en la única silla disponible, en el rincón, con el camión sobre las piernas. Miraba el techo con esa concentración de los niños que todavía encuentran interesante cualquier cosa.

Armando trabajó en silencio durante cuarenta minutos.

Valeria no se sentó. Se quedó parada junto a la ventana que daba a una calle de árboles altos y autos apretados. Vio pasar a una mujer con un perro. A un repartidor. A dos estudiantes con mochilas enormes. Gente que no sabía lo que estaba pasando a dos pisos de altura. Gente con vidas sin falsificaciones.

Pensó en Nicolás en alguna celda de Guanajuato.




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