El Secreto del Callejón del Beso

Capítulo 67: El nombre equivocado

El frío en Sigüenza entraba por los marcos de las ventanas como si las paredes fueran papel.

No el frío que Valeria conocía. El de México tenía humedad, olía a tierra mojada, pesaba en los huesos de otra manera. Este era distinto. Limpio. Seco. El tipo de frío que no pide permiso y que al principio molesta y después, sin que uno lo decida, se vuelve parte del paisaje interior.

Valeria estaba sentada en el banco de madera junto a la chimenea con una taza de té que ya no humeaba. No la había tomado. Llevaba un rato así, con la taza entre las manos y los ojos en el fuego, en ese estado que no es pensar y no es descansar sino flotar en el espacio entre las dos cosas.

Remedios había dejado las brasas encendidas antes de irse al mercado que le recordaban que todavía era una criatura de sangre caliente.

Luca estaba en el suelo. El camión de metal sobre las losas. Lo empujaba despacio, de una mano a la otra, con esa concentración silenciosa que a veces le daba y que a Valeria siempre la desconcertaba un poco. Momentos en que su hijo dejaba de ser ruidoso y se volvía quieto de una manera que no era tristeza pero tampoco era felicidad. Simplemente estaba. Procesando algo que todavía no tenía palabras.

—Mami.

—¿Hmm?

—¿El piso de aquí es de piedra porque es viejo?

Valeria miró las losas.

—Sí. Muy viejo.

—¿Más viejo que la abuela?

—Más viejo que todo lo que conocemos.

Luca procesó eso con el ceño fruncido. Lo sopesó con la seriedad de un hombre pequeño que toma sus conclusiones en serio.

—El de la abuela también era de piedra —dijo.

El pecho de Valeria hizo algo involuntario.

—Sí.

—Pero diferente.

—Diferente, sí.

Luca empujó el camión hasta el borde de la losa más grande y lo detuvo ahí, en el filo, exactamente donde no caía.

—¿Cuándo volvemos?

La pregunta llegó sin preparación. Así llegaban siempre las de Luca. Sin señales. Sin ningún cambio de tono que permitiera prepararse.

Valeria bajó la taza.

—¿A dónde?

—A casa.

—Esta es nuestra casa ahora, amor.

—No. —Luca no lo dijo con rabia. Lo dijo como se dice una verdad que es tan evidente que no necesita volumen—. Esta es la casa de la tía.

Valeria no supo qué responder.

El fuego en la chimenea crepitó. Afuera, por encima de los tejados de piedra rojiza que Valeria ya podía distinguir uno a uno desde la ventana pequeña del cuarto, el cielo de noviembre estaba haciendo esa cosa que hacía siempre a las cuatro de la tarde: volverse de un gris metálico y denso, como si el día decidiera retirarse antes de tiempo.

En Guanajuato a esta hora todavía había luz.

—Sí —dijo finalmente—. Es la casa de Remedios. Pero ella nos dejó quedarnos.

—¿Para siempre?

—Por ahora.

—¿Y después?

—Después ya vemos, mi amor.

Luca aceptó eso con la resignación de quien ha escuchado esa respuesta suficientes veces como para saber que es el tipo de respuesta que no va a mejorar si se insiste.

El camión cruzó la losa.

Luca lo siguió con los ojos. Dejó que rodara solo hasta que se detuvo contra la pata de la silla.

Después levantó la vista.

—¿Y mi papá sabe dónde estamos?

Valeria sintió que el suelo de piedra se volvía más frío bajo sus pies aunque tenía calcetines puestos.

—No. —La misma respuesta que en Madrid. La misma que en el tren. La misma que llevaba repitiendo desde que habían aterrizado en Barajas con veintidós kilos y los aretes de su abuela—. Tu papá no sabe dónde estamos.

—¿Le vamos a avisar?

—Algún día.

—¿Cuándo?

—Cuando sea el momento correcto.

Luca arrugó la frente. Ese gesto suyo. Ese gesto exacto que Valeria había visto en otra cara durante seis años y que todavía, a veces, la desorientaba.

—¿Y cómo sabe uno cuándo es el momento correcto?

—Lo siente.

—¿Cómo se siente?

Valeria abrió la boca para responder algo vago. Algo que no fuera mentira pero que tampoco pesara demasiado. Una de esas respuestas de madre que son puentes entre la pregunta y el silencio.

Pero lo que salió fue otra cosa.

—Tiene manos grandes —dijo—. Y cuando arregla algo, lo arregla bien. No de cualquier manera. Con cuidado. —El fuego crepitó—. Le habla a los motores como si pudieran escucharlo. Como si supiera que todo lo que está roto tiene una lógica. Que solo hay que encontrar cuál es.

Luca la miraba.

Con esa atención total, sin parpadear, que solo los niños pequeños pueden sostener.

Valeria siguió hablando.

—Cuando hace frío, no lo dice. Pero lo nota uno en cómo se mueve. Despacio. Con más cuidado. Como si el frío también necesitara respeto. —Una pausa—. Y huele a aceite y a jabón. Siempre. Aunque se haya bañado. Porque el aceite no sale del todo de las manos de alguien que trabaja así.

Silencio.

El fuego.

El camión quieto contra la pata de la silla.

—Mami —dijo Luca.

—¿Hmm?

—Eso no es cómo es mi papá.

El suelo volvió a estar frío.

Valeria cerró la boca.

Se quedó inmóvil con la taza entre las manos, mirando a su hijo que la miraba a ella con los ojos que no eran de Diego Vargas, que nunca habían sido de Diego Vargas, que eran de otra persona completamente distinta y que ahora la miraban sin entender exactamente qué había pasado pero con la claridad de quien nota que algo no cierra.

—No. —Las palabras le costaron—. Tienes razón. Me confundí.

Luca esperó.

Valeria no agregó nada más.

Luca aceptó eso también. Agarró el camión.

—¿Puedo salir afuera?

—Hace mucho frío.

—Me pongo el abrigo.

—Está oscureciendo.

—A la puerta. Donde se ve la calle.

Valeria asintió. Sin voz.

Luca fue a buscar el abrigo al perchero de la entrada. Se lo puso solo, que era una conquista reciente y que todavía requería varios intentos con los botones. Valeria lo escuchó desde el banco, los ruidos pequeños de un niño aprendiéndose a armar.




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